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Diana y los sonidos del mundo

Gabriela  Lemus Ruiz

Diana y los sonidos del mundo

Los ruidos de las casas viejas son bastante peculiares. Incluso se podría presumir la presencia de otros habitantes, pero no; es imposible. En esa casa sólo está ella, sólo ella y las plantas, un gato huraño y todo el silencio rebosante.

Diana contempla la tranquilidad de su casa, absorta en las azucenas que están en pleno apogeo de floración. Tiene 24 años. Su juventud ha sido callada y solitaria. Diana es la típica chica de pueblo que prefiere los libros a los chicos, y la tranquilidad de su casa  a los paseos por la plaza los domingos.

Diana piensa en el humo espeso que se cuela en los ojos. Se recuesta en la hamaca y observa la jacaranda en el jardín, el sol tamizado entre las ramas y los pájaros revoloteando en la tina. Piensa que está triste, absurdamente triste. Cree que no se puede estar así cuando todo alrededor es tan hermoso. Después descubre que tal vez la nostalgia es sublime cuando se la ve escrita en los libros, pero en la vida real ese sentimiento no debería existir, no cuando es tan cruel sentir cómo aprieta los pulmones.

Diana camina por las calles. Le gusta ver el sol al atardecer desde una enorme piedra que está muy lejos de las casas, donde puede estar sola. Desde ahí contempla el humo y las olas. El mar, el enorme mar que siempre la hace sentirse tan pequeña. Las olas llevan hasta la orilla una energía de desesperación. El sol se convierte en cristales entre las olas, pedacitos dorados que ella quisiera tomar entre sus manos y sentir esa textura que sólo tienen los líquidos en sueños.

Diana fue a las tiendas y compró vestidos, compró zapatos y flores. A veces realmente está molesta consigo porque está harta de ser Diana y no ser, por ejemplo, Blanca, que tiene una bella sonrisa y todos gustan de platicar con ella. Llegó a casa y cocinó mucha comida, como si esperase una gran cantidad de invitados, ya que es su cumpleaños, tal vez alguien la visite, y sería muy descortés no tener nada para ofrecer después de que se han tomado la molestia de venir.

Las chicharras chillan tan fuerte, es tal el estruendo en el jardín, que ha pasado todo el día intentando descubrirlas entre los árboles para aplastarlas. Cree que necesita silencio para respirar. En el fondo está buscando ese silencio único que sólo existió al comienzo del mundo, antes  que el sonido materializara la creación.

Diana por fin se queda dormida. Al final hoy tampoco vino nadie a casa, pero tal vez mañana. Se despierta en mitad de la noche sobresaltada, abre los ojos, cree que si los fija en la oscuridad encontrará algo, no sabe qué, pero indudablemente, si se levanta de la cama y busca entre los pasillos de la casa, lo encontrará. No sabe qué está buscando, pero el corazón le late de prisa. Las noches son tan largas  que se olvida del tiempo.

Diana se sumerge en sus sueños de infancia; volando en un paraíso blanco, sola bailando entre el viento, lejos de las miradas de odio y de la sangre. Camina por la orilla de la playa, se aleja y ve cómo la marea va borrando sus pasos sobre la arena. Encuentra las ballenas y está hablando con el pececito de plata, como lo hacía antes.

Tiene tanto qué decir, quiere gritar todas las cosas que son falsas, quiere gritar en las teclas del viejo piano, porque sólo en él encuentra las verdades del principio del mundo.

Diana regresa a casa. Cree que tal vez alguien la esté esperando y camina de prisa muy alegre entre los granados, casi saludando a alguien que aún no ha visto, pero no hay nadie. La casa aún está sola, sólo ella; nadie más.

Sus recuerdos son sólo de esa casa, de la soledad de esa casa y ella, ella y un gato que no sabe cuándo ni cómo llegó.

Las personas del pueblo siempre la evaden, pero ella no sabe por qué. Intenta ser agradable y gentil, pero aún así la gente prefiere mantenerse alejada, y ella se atormenta pensando por qué las personas no la quieren.

Un día el teléfono sonó y Diana se preguntó de dónde vendría ese extraño ruido. No era ningún pájaro; por lo menos no uno que ella conociera. Tampoco era una puerta, ni el gato, ni nada. Esto era algo distinto y lo buscó sigilosamente por más de una hora. Después se sentó sobre una roca bajo la sombra de un granado y contempló por mucho tiempo sus manos, como si quisiera penetrar el músculo y observar las células que la componían.

De pronto recordó que ya antes había escuchado ese extraño sonido, cuando ella aún no estaba sola, cuando esa casa no estaba vacía.

Diana contempló nuevamente sus manos, sus dedos abrazados por una membrana carnosa y una bifurcación que separaba los dos primeros dedos del resto. Los contó muchas veces, hasta que todos desaparecieron. A dónde habrán ido, se preguntaba Diana, mientras el teléfono volvía a sonar.

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