jueves. 19.05.2022
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UN RATITO DE TENMEALLÁ

El sueño del celta

Jorge A. Vázquez Valdez

El sueño del celta

Si el lenguaje es dinámico por naturaleza otro tanto ocurre con la novela, la cual de vez en cuando se abre, interactúa y llega a fundirse con otras esferas del conocimiento. Botón de muestra de ello es la obra del peruano Mario Vargas Llosa, “El sueño del celta”, la cual tiene como centro de gravedad a Roger Casement, personaje que es moldeado en este libro desde la vena literaria y el fundamento histórico.

El argumento central puede resumirse en que Roger Casement, irlandés nacido en Dublín, consigue ser enviado en calidad de cónsul británico al Congo en 1903 para dar cuenta de las condiciones en que viven y trabajan los congoleños, particularmente las tribus del medio y alto Congo. Tras corroborar las vejaciones contra los habitantes de la región y la deplorable explotación colonial de recursos naturales y humanos por parte de la monarquía belga de Leopoldo II, Casement elabora un informe que tiene un fuerte impacto en diversos estratos de la sociedad inglesa. La fama que el informe le acarrea lo lleva a la Amazonía, donde al igual que en el Congo las condiciones de explotación en torno al caucho generan abusos excesivos contra los nativos de la región del Putumayo, cerca de la frontera entre Colombia y Perú. Casement elabora un nuevo informe en el que denuncia los abusos de la compañía peruana de capital británico, Peruvian Rubber Company. Sin embargo pese a la fama y reputación que estos informes le generan, las travesías de Casement por estos lugares lo alientan a cuestionar la sujeción de su propio país a Inglaterra, lo que lo llevará a entablar una alianza con los alemanes en el umbral de la Primera Guerra Mundial y a ser consignado por traición a la corona inglesa en su intento por buscar la independencia de Irlanda.

La estructura de la obra, segmentada en tres partes que comprenden al Congo, la Amazonía e Irlanda, se intercalan con el encarcelamiento y la espera de absolución o ejecución de Casement, lo que representa cuatro linderos separados por tiempo y espacio, pero unidos por dos vetas que Vargas Llosa explota al máximo: el progresivo cambio interno de Roger Casement, y la ignominiosa situación de colonialismo de estos lugares. Sobre el primer aspecto cabe hacer hincapié en que la centralidad de Casement le ha valido a Vargas Llosa la crítica de ser demasiado parcial a su personaje, lo que podría justificarse si se toman en cuenta las entrañables travesías que Sir Roger pasó en su vida real; incluso podría ser comprensible por el permanente estoicismo que da vida a las acciones de Casement, el cual atraviesa prácticamente toda su vida y genera empatía natural en un receptor que ve como telón de fondo los abusos y tortura que se ejercen contra los miembros de las tribus.

Sin embargo existen otros dos elementos que nutren dicha centralidad. El primero es la vocación de crónica de la obra, lo que conlleva un regreso permanente a Casement, ya sea sobre sus acciones o sentimientos en virtud de que es a través de él que se presentan las circunstancias en todos los territorios y el propio desarrollo de los personajes secundarios. El segundo es el notable trabajo periodístico que Vargas Llosa llevó a cabo en el Congo, la Amazonía, Irlanda, Inglaterra, Alemania, Bélgica, Estados Unidos y España para recabar información sobre el personaje y los lugares que visitó. Todos estos elementos abonan a la consideración de que la objetividad del autor pudo empañarse y presentar un Roger Casement idealizado, más cercano al símbolo que al humano, pero incluso frente a todo ello es un error considerar que Vargas Llosa “resbaló” y permitió que la subjetividad orientara su escritura. En realidad pese a la empatía que de manera natural se genera sobre Casement, el autor mantiene una posición de imparcialidad, y muestra de ello es la amplitud y honestidad con que se presentan los errores de juicio en los que Sir Roger incurre, tales como su tentativa de sumar adeptos a la brigada de prisioneros de guerra irlandeses de manera colectiva, lo que deviene en el repudio de sus propios compatriotas al intuirlo como un traidor; poner sobre advertencia a empleados de la Compañía de Julio C. Arana (responsables de las torturas de indígenas) de la impartición de justicia a la que se buscará someterlos, lo que facilita a varios escapar; olvidar en uno de sus bolsillos el código secreto que le dio el almirantazgo alemán para establecer contacto con el Káiser, lo que al ser aprehendido resulta una evidencia determinante para su condena. Otro aspecto esencial en este sentido es el nacionalismo en que incurre Casement, pues le vale no sólo el desprecio y persecución de la corona inglesa, sino la crítica de varios de sus amigos más entrañables, como Herbert Ward, a partir de lo cual el propio Casement dudó si incurrió o no en un fanatismo nacionalista. Al margen de este libro, sería la propia historia de Irlanda, concretamente con el arribo de Eamonn de Valera (oficial veterano del levantamiento de Semana Santa de 1916) al cargo de ministro del Estado Libre de Irlanda, lo que generaría la coyuntura para reivindicar el nacionalismo de Roger Casement.

El segundo aspecto, el del colonialismo que padecieron estos territorios, es un fiel retrato de los abusos, torturas, sobreexplotación, violaciones y asesinatos que se llevaron a cabo en nombre del progreso, el libre comercio y la fe, pero que tuvieron como interés máximo la explotación de caucho y la apropiación indiscriminada de mano de obra esclava. El relato de los hombres del Congo con manos amputadas a machetazos o con sus testículos aplastados con piedras enormes por los soldados de la Force Publique; las aldeas quemadas por no cumplir con las exorbitantes cuotas de caucho que la monarquía les imponía, y el oportunismo de miles de empresarios que se sirvieron de las riquezas del Congo no representan una exageración, sino apenas un acercamiento a las atrocidades que tuvieron lugar en estos sitios. No obstante, es importante señalar que a pesar de que es claro el control de condiciones políticas y económicas que los países dominantes ejercieron sobre sus colonias, El sueño del celta no cae en un maniqueísmo en la noción norte-sur -como sinónimo de explotadores y explotados-, lo cual es sin duda un acierto que legitima a la obra.

Ejemplo de ello es la red de corrupción y prebendas que se genera en la región de Perú donde el dominio de Julio C. Arana es prácticamente total, y el cual determina desde las penas que imparten los jueces hasta el desarrollo económico local. Es justo esta red de complicidades la que funge como correa de transmisión de los abusos e impunidad, y no son la corona inglesa o los mercenarios a su cargo los principales responsables de ello, sino buena parte de los habitantes del Perú, especialmente los que tienen intereses económicos y políticos en torno al negocio del caucho. La sensibilidad de Vargas Llosa pone de manifiesto estos relieves históricos, los cuales contribuyen a la verosimilitud de lo relatado, pero a la vez no se salen de los márgenes de las verdaderas dinámicas sociales que tuvieron lugar en este tiempo y espacio. Es justo en este sentido que El sueño del celta sirve para cavilar sobre el enorme entramado económico, político y cultural de cada región que Casement visita, pero también es buen punto de referencia –con la debida proporción de que se trata de una novela- para reflexionar sobre la actual sobreexplotación de recursos naturales en la Amazonía peruana por parte de empresas transnacionales; la realidad de miles de menores de edad del este de la República Democrática del Congo que ante su precaria realidad son orillados a trabajar en minas de coltán, cobre, estaño y cobalto, dilapidando a un mismo tiempo su niñez y la riqueza de su país, o sobre la indiscriminada transferencia de recursos desde diversas naciones periféricas hacia los países centrales, las cuales han conseguido transitar del esquema colonial a uno sostenido por marcos normativos a escala internacional para entablar relaciones comerciales “equitativas”, pero sin menoscabo de la explotación desmedida y la acumulación de ganancia a toda costa como premisa máxima.

Hoy, tras ser rescatados del olvido público y de un sepulcro sin tumba al que la corona inglesa los confinó, los restos de Roger Casement descansan en el panteón de los héroes de Irlanda, pero su legado de lucha contra los abusos del hombre sigue muy vigente, pues las desigualdades que el colonialismo generó en su momento siguen presentes en diversos territorios. El sueño del celta es un digno fragmento de dicho legado. 

jorgevazmx@hotmail.com

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