Es Lo Cotidiano

Bueno, qué maldito afán

Federico Urtaza

Bueno, qué maldito afán

A lo largo de varios artículos he estado desafiando la paciencia del lector hablándole del cine y sus alrededores; mientras lo hago, me dirijo también a mí mismo: te hablo para entenderme.

En esa manera de desvariar para ir al grano me digo y me respondo, porque a fin de cuentas, en el afirmar y el disentir está el motor para impulsar la conversación hacia el descubrimiento de dos o tres afirmaciones (o preguntas) que acaso nos aproximan a vislumbrar alguna verdad.

Mi tarea actual me lleva a promover el cine mexicano; ¿para qué alguien querría que otro haga eso?

En mi caso, me limitaría a responder que es resultado de una cadena causa/efecto, pues el puesto en el que he sido nombrado requiere que su ocupante cumpla con una ley que manda la promoción del cine mexicano. Hasta ahí estaríamos contentos, pero resulta que, dado a cavilar y buscarle el motivo a la causa, se me hizo poco satisfactorio el objeto, tanto de la ley como de mi compromiso.

Y, si a esas vamos, ¿por qué no dejar que quienes hacen cine se rasquen con sus propias uñas? Sería bueno, pero resultaría malo.

Hemos dicho que el público se ha visto pastoreado hacia el redil de los consumidores y se le ha desprovisto de la viveza de los creadores que deberían ser si el hecho cultural fuera visto como un proceso de comunicación.

En ese orden de cosas, de asumirnos como simples (ojo, no digo sencillos; reitero: simples) recipientes de bienes y servicios que por ser llamados culturales se quisiera menos cosificados, estaríamos dejando que otros decidan qué activa nuestras cabecitas y hace latir nuestros corazoncitos. Y, lo peor, con frecuencia así está y ha estado sucediendo desde hace tiempo.

Ver cine mexicano (o cualquier cine) es cuestión de elección personal, sin duda, pero nuestra elección se facilita por la bendita magia de la oferta y la demanda, cuyo círculo vicioso nos vuelve mulas de noria dándole vuelta a lo que hay y añorando lo que se nos escamotea.

Hace unos días hablaba con un proveedor de pantallas inflables y películas para exhibición, quien me dijo que nuestro empeño de exhibir cine mexicano en plazas y recintos culturales tendría un costo político. Y, miren ustedes, resulta que el fuerte de este individuo es promover la exhibición de películas de Disney. Saquen ustedes conclusiones.

¿Y dónde está la libertad de elección, el ejercicio de un derecho, lo que ustedes quieran, si el libre mercado --incluso el de las ideas y las artes- nos permite decidir unos cuántos lo que todos van a consumir, insisto, consumir?

Por lo pronto, ni yo ni nadie podemos obligar a un semejante para que vea cine mexicano, como tampoco dejarlo a la siniestra elección de no tener elección --sobre todo cuando sólo hay de dos sopas, y una ya se acabó.

Yo no quiero ser un simple consumidor. ¿Y usted?

Luego le seguimos, porque hasta para elegir creencias de cualquier índole hay que pensarle un poquito y no comulgar con ruedas de molino (¿qué tal la frase, dicha en un contexto en que ni quién recuerde qué es comulgar, y mucho menos qué es una rueda de molino?).

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