Es lo Cotidiano

EL DICCIONARIO BIOGRÁFICO DEL FRACASO LITERARIO (I)

Casimir Adamowitz-Kostrowicki

C. D. Rose (traducción de José Luis Justes Amador)

Casimir Adamowitz-Kostrowicki

Piensen, si quieren, en Kafka pidiendo a Max Brod y Dora Diamant que quemaran todos sus papeles cuando, al fin, sucumbiera a la tuberculosis que lo estuvo matando lentamente durante años. Piensen en Virgilio, debilitado por la fiebre e incapaz de terminar su Eneida, llegando al puerto de Brindisi y pidiendo que su obra se destruyese antes que quedar inacabada. Piensen en Lavinia Dickinson que no quemó los poemas de su hermana. Y ahora piensen en Casimir Adamowitz-Kostrowicki.

No pueden, por supuesto, porque a diferencia de Franz Kafka, de Publio Virigilio Maron y de Emily Dickinson, Casimir Adamowitz-Kostrowicki tuvo un amigo lo suficientemente fiel como para cumplir su última voluntad.

No podemos pensar en Adamowitz-Kostrowicki porque no sabemos nada de él, pero imaginamos lo que habría pasado si el mejor amigo de Kafka y su amante hubieran hecho lo que se esperaba de ellos, si los escribas de Virgilio no hubieran tenido al emperador Augusto para decirles lo que no tenían qué hacer, y si Lavinia no hubiera sido tan perspicaz a la hora de interpretar la voluntad de su hermana, y hubiera quemado los poemas además de las cartas que sí quemó.

Eso también es imposible de imaginar, ya que se nos pide que imaginemos lo que no fue, en lugar de lo que pudo haber sido. Imaginen un vacío. Imaginen la oscuridad. Imaginen un mundo literario –o, de hecho, cualquier mundo- que haya sido conformado por las oscuras fábulas de Kafka, por la épica romana de Virgilio y su invención poética. No lo podemos saber, por supuesto, pero es posible que la obra de Adamowitz-Kostrowicki pudiera haber sido una influencia semejante en el modo en el que interpretamos el mundo que nos rodea.

Casimir Adamowitz-Kostrowicki nació en París en 1880 de padre polaco y madre estadounidense. Inicialmente estudió química pero se distrajo pronto por las tecnologías emergentes del cine, la fotografía y la grabación del sonido. Estas búsquedas le llevaron a frecuentar ambientes más bohemios y al intento de grabar y retratar a algunos de los personajes que más admiraba: Picasso y Apollinaire, Rilke y Lou Andreas-Salomé, Ezra Pound, Wyndham Lewis y a un joven T. S. Eliot.

Inspirado por el ejemplo de ellos, Adamowitz-Kostrowicki comenzó a escribir y a mostrar su trabajo a muchos de sus retratados que respondieron con entusiasmo. Sin embargo, se negaba a permitir que se publicara nada, diciendo que su mejor obra todavía estaba por completarse. En 1914 se presentó como voluntario para un pelotón de artillería francés y dejó una maleta conteniendo todos sus escritos a su amigo más íntimo, Eric Levallois. Adamowitz-Kostrowicki advirtió con firmeza a su amigo de que en caso de no regresar, Levallois debía destruir todo lo que había en la maleta, incluida su magna opus, la primera gran novela moderna, L’homme avec les mains fleuries. De ella, se dice que era una obra que hubiera ensombrecido a En busca del tiempo perdido, haría que El hombre sin atributos fuera tan aburrido como su título, dejaría pequeño al Ulises en cuanto a amplitud y mirada, y lograría que Al faro resultara pequeña y provinciana.

Para 1918 Levallois no había tenido noticias de su amigo y, desolado, preparó una pequeña higuera en la calle frente a su casa de Montmartre. Los viandantes pensaron que estaba celebrando el fin de la guerra.

Lo que Levallois no sabía es que Adamowitz-Kostrowicki no había perecido en el frente sino que había sido herido por una descarga de metralla y que, de hecho, había regresado a París esa misma semana y buscó visitar a su amigo cuando un caballo, asustado por los fuegos artificiales que eran parte de las festividades, se encabritó y lo coceo de muerte.

Por eso piensen de nuevo en Kafka y en Virgilio y en Dickinson y piensen en cómo no podemos saber lo que se ha perdido, no sólo del desafortunado Adamowitz-Kostrowicki, sino de las docenas o cientos o miles cuya obra desapareció bajo el fuego o la inundación, por una muerte temprana, por pérdida, por robo o por la pira del censor. ¿Qué se ha esfumado que pudiera habernos hecho a todos mejores?

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José Luis Justes Amador (Zaragoza, España, 1969). Poeta y traductor. Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Zaragoza y tiene un postgrado en poesía inglesa por la Universidad de Cambridge. Ganador del Premio Salvador Gallardo Dávalos en dos ocasiones, su libro más reciente es De Nadie (Ediciones de Pasto Verde). Colabora habitualmente con La Jornada Aguascalientes y Ultramarinos. Ha publicado en revistas como la Tempestad, Hermanocerdo o Letras Libres.

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