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01:18h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Sueños de pan dulce

María Elisa Aranda Blackaller

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Anoche soñé con usted.  Se veía tan guapo, tan alegre y lleno de energía, tan como es usted.  Soñé que me traía desayuno un domingo de verano.  Era pan dulce, delicioso, esponjoso y calentito.  Soñé que me susurraba al oído una cosa que no sé si me atrevo a decirle.  No quiero que se sienta incómodo conmigo después de esto.  ¿Me da licencia de contarle?  Es que fue un sueño hermoso.  Me susurraba que me quería y que tenía un plan para no tener qué separarnos, algo que me contaría más adelante.  Había algún compromiso con amigos y parientes, debíamos apurarnos para llegar temprano.  Así que yo esperaba con ansias el momento de escuchar sobre su plan.  No me preguntaba nada, como que no hubiera opción para mí más que estar juntos.  Como que supiera, en ese sueño, que lo que siento por usted es tan fuerte como para no titubear.

Soñé que me arropaba en la cama antes de dormir.  Soñé que dormía conmigo, abrazándome la noche entera.  Que despertaba y sentía su aliento en mi nuca y sus brazos alrededor mío.  Las sábanas blancas se convertían en cientos y después miles de banderas blancas que invadían el mundo.  Se terminaban las guerras y los militares podían dormir abrazando a su mujer, protegiéndola de sus pesadillas.  Ya no era necesario ser fuertes y enfriar los corazones para soportar batallas y muertes y pérdidas y soledades. 

Si mi sueño hubiera durado más noches, habría soñado con la patria como un escenario hermoso y no una cruel amante rival.  Habría sepultado cualquier riesgo de que muriera lejos de mi cariño.  Pero no es cierto que la vida es sueño.  La vida hace que los soñadores seamos despreciados por los realistas, y la realidad es guerra.  Este mundo no está hecho para sensiblerías como las que una siente cuando está sola, y piensa en un abrazo que no se acabe, y lo desea con todas sus fuerzas.  Una debe soltar y soñar con otras cosas.  Quizá con la paz, y luchar por ella, y morir en el intento.  Porque un abrazo es egoísta, a menos que se abrace a la patria.  El deseo de ver a un militar cada mañana y cada noche, o por lo menos cada semana, cada mes, otra vez más por lo menos, es egoísta y antipatriótico.  Eso me vuelve desdeñable por avara y por injusta. 

Pues sí, señor, ojalá yo fuera patria y no mujer.  Así no tendría qué soñar con usted como la noche de ayer y la madrugada de hoy.  Así no sería usted el principio y fin de mis días.  No habría qué pensar en usted todo el día y luego huir cada noche hacia el sitio donde el cansancio permite a mi inconsciente hacerse de ese abrazo suyo que me ha sido arrebatado de las posibilidades.  Todo porque no soy patria y no tengo autoridad para exigirle que se quede conmigo.  

Desde donde está, ¿pensará en mí de tanto en tanto?  Quizá ni tiempo quede entre disparos y bombas.  Quizá sólo fui la hija de la casera del hostal donde pasó alguno que otro verano y nunca me miró como otra cosa.  Pero lo vi escuchándome con atención y buscándome con avidez para caminar juntos por la playa.  Lo vi sonriéndome, mirando fijamente mis ojos.  

Se siente el invierno en los huesos y su partida en la sangre.  ¡Ojalá fuera patria para tampoco tener qué sentir!  Aunque si fuera patria, lo tendría a usted, y no sentir sería un desperdicio funesto.  

No lo sé señor, estoy diciendo incoherencias y eso no cabe en un telegrama.  Así que en el telegrama sólo escribiré sobre sus cosas, están bien guardadas y me encargaré toda mi vida de que nadie irrumpa en ellas. 

“Belongings OK. Wish you victory.” 

Sus pertenencias están bien, señor.  A su corazón no le faltará cariño ni a su alma rezos.  Deseo que tenga una vida larga y próspera, que gane la guerra y nada duela mientras llega ese día.  Aquí estaré para soñar con usted y, aunque sea en esos sueños, darle el cariño y la fuerza que no tengo otra forma de hacerle llegar. 

Soñé que usted me quería, señor.  Fue el sueño más maravilloso de mi vida.  A veces me gustaría ser patria y a veces me conformo sólo con la posibilidad de no tener qué despertar de mi próximo sueño junto a usted.

***

María Elisa Aranda Blackaller (León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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