Es Lo Cotidiano

Big Smoke [IV y última]

Emily Hahn (Traducción de Carmina Warden)

Big Smoke [IV y última]

Nunca había oído hablar de la clínica de Bobby. Anduvimos en el coche por un largo camino, entre las tiendas y chozas que rodean el pueblo. casi creía que cruzaríamos las líneas japonesas, pero pronto lo encontramos: un edificio tan grande como la mayoría de las casas clasemedieras de Shanghái, y sólo un poco menos modesta. Encima de la entrada colgaba una sucia bandera blanca cruzada en rojo. Bobby estaba en la puerta, mostrando dientes blancos a través de una sonrisa de alivio; sus gafas brillaban en el sol de la mañana. Claramente, no había estado seguro de que yo aparecería y me preguntó cómo lo había tomado Heh-ven.

«Quiere que lo cures también, algún día», le dije. «Cuando quiera. Entra. La enfermera se encargará de tu maleta.»

Lo seguí hasta una oficina de paredes muy delgadas, con archiveros, un pesado escritorio y una silla en la que me dijo que me sentara. Me dio una píldora y un delgado vaso de agua. Miré alrededor con curiosidad. Había cajas de cartón apiladas en contra de las paredes, y un gabinete. Un parche de luz solar iluminaba el piso y el cuarto estaba muy caluroso. El sudor caía por el rostro de Bobby. Aunque los fumadores tenemos poco sentido del olfato, pude distinguir un rastro de desinfectante. Pregunté qué tipo de casos trataban en el hospital y Bobby me dijo que un poco de todo. Estaba ausente, me hablaba mientras paseaba de un lado a otro, esperando que la píldora me hiciera efecto.

Le dije: «No sé por qué necesitas una píldora. El estudiante de medicina sólo usaba una bombilla».

«Oh, podría hacerlo, también, pero toma más tiempo», replicó. «En un futuro, quiero curar grupos de adictos de una sola vez, hipnotizándolos. ¿Cuánto crees que me tomaría si los pongo uno a uno, a mirar una luz? No, los barbitúricos son más rápidos. ¿Ya sientes sueño?»

«No. ¿Por qué grupos de adictos?»

Se explicó. Había muchos para un solo hombre, a menos que usara esos métodos. De hecho, mi caso se usaba con ese fin. Si funcionaba -e iba a funcionar, me aseguró- quería que yo ejerciera toda mi influencia para persuadir a las autoridades a que lo contratasen como una especie de Gran Curador Nacional de la Epidemia de Adicción al Opio. Me habló con ardor y lleno de esperanza en estos planes, hasta que, a través de un vidrio brillante, vi un salón de clases lleno de chinos vestidos de blanco, acomodados en filas, todos idénticos, con sus rostros dirigidos hacia Bobby, que en un estrado muy alto. Él decía... decía...

«¿Me permitirías, mientras estés bajo hipnosis, hacer un poco de psicoanálisis también?» Me lo decía de verdad, a mí, no a los chinos.

«Me revolví y forcé mi lengua a responder. «Sí, si me prometes contarme todo después. ¿Me lo prometes?»

«Sí sí». Otra vez se paseaba de un lado a otro y dijo con impaciencia, por encima del hombro: «Ahora te sientes somnolienta. Dormirás. En unos minutos...»

Pasaron unos cuantos minutos, como sea, antes de sentirme completamente despierta y sentarme para decir, triunfante, «tu píldora no funcionó.»

Bobby seguía caminando, se frotaba las manos diciendo una y otra vez, como para sí mismo,

«muy interesante, mu-uy interesante». De pronto, el cuarto se oscureció de nuevo. Yo dije, «esto no funcionó y ahora me siento decepcionada». Todos estos preparativos echados a la basura. Bobby se detuvo abruptamente enfrente de mí.

«¿Sabes qué hora es?», preguntó. Hace mucho tiempo, recordé vagamente, Heh-ven había hecho la misma pregunta. Pero Bobby se respondió solo. «Son las cinco de la tarde y has estado en esto desde las diez de la mañana».

«¿Pero qué ha pasado?», me froté la frente.

«Casi todo el tiempo has estado hablando. Yo fui a comer».

Estaba pasmada, pero Bobby no me dio tiempo a discutir lo raro de la situación. Me miró fijamente y preguntó: «¿tienes ganas de fumar?»

Negué con mi cabeza. Era cierto que la imagen de la bandejita y la lámpara no estaban ya en mi mente. De hecho, su pregunta me sorprendió. ¿Por qué querría fumar?

«¿No tienes ganas, no piensas en eso?», insistió y de nuevo negué con la cabeza.

Bobby dijo «muy bien, ahora irás a la cama y comerás algo, si quieres. He dado órdenes para que mañana no recibas visitas. Eso será lo mejor por un rato, pero vendré en la noche a revisarte».

Empecé a levantarme pero un estornudo me detuvo. «Me he resfriado», afirmé. «Oh, Bobby, el análisis. ¿Qué encontraste?»

«Eres muy interesante», dijo entusiasmado. «Aquí está la enfermera Wong que cuidará de ti». Salió del cuarto.

La enfermera Wong me acompañó por el pasillo, tan calmosa como un remolcador transportando a un transatlántico a su embarcadero. Me enseñó una habitación en el primer piso, con un catre, de paredes blanqueadas y con una ventana francesa mirando hacia un jardín salvaje, descuidado. El edredón estaba caliente y manchado con óxido. La enfermera Wong ya había desempacado mi ropa y la había colgado en unos clavos en la pared. Claro, pensé medio dormida luego de meterme a la cama, los chinos no cuelgan su ropa, la doblan en cajas... Más tarde, tenía en el pecho una bandeja con la cena. No tuve ganas de comer el arroz cubierto con algo café, y luego de un rato se lo llevaron. Bobby tuvo que haber venido esa noche, pero no lo recuerdo. No tenía razón para haberme sentido tan somnolienta, me dije cuando desperté en la madrugada. Pero ya no tenía sueño. Me sentía incómoda, pero no sabía dónde lo sentía. ¿En la garganta? ¿En los brazos? ¿En el estómago? Por ahí iba. El único lugar que había mejorado era la conciencia. Me sentía muy culpable por todo lo que pasaba en el mundo, pero no era agónico. Era soportable. Aun así, me alegré de que saliera el sol. Jan había expresado una vez muy bien el efecto del opio, me acordé: le dolía una pierna y después de fumar una o dos pipas, dijo «el dolor sigue ahí, pero ya no duele». Bueno, me dije, eso es lo que está pasando. El dolor siempre ha estado ahí y ahora duele otra vez. Eso es todo. Es soportable. Es soportable.

Una cosa ayudó mucho. Nunca, en toda la peor semana, tuve la idea de que me sentiría mucho mejor si tan sólo fumara una pipa. Ahí fue donde la hipnosis entró, me di cuenta. Saberlo, como sea, no arruinó el efecto. Funcionó. No estaba encerrada en mi cuarto y no había ningún guardia en la puerta principal. Si hubiese querido, pude haberme vestido e ido a mi casa o a la casa de Heh-ven, pero no lo quise. Estaba inquieta, bostezaba, estornudaba, mis ojos lloraban y mi reloj simplemente se resistía a correr, pero nunca intenté escapar del hospital.

Por un tiempo, cuando Bobby venía y yo intentaba hablar, mi voz temblaba y sollozaba. «Son los nervios, no puedo con las palabras», lloraba, pero él insistía en que me veía bien. Agregó que se dio cuenta de que yo realmente quería dejar de fumar, porque había revisado mis cosas cuando estuve bajo hipnosis y no había encontrado comprimidos de opio. La noche siguiente, tuve calambres. Los calambres son bien conocidos en el síndrome de abstinencia. Pueden aparecer en cualquier lugar, pero la mayoría los siente en los brazos. Yo los tuve en las piernas, hasta las caderas. A las cuatro de la mañana me di cuenta de que esto era porque había tenido que usar aparatos ortopédicos cuando era bebé. Yo no podía recordarlos, pero mis piernas sí. Entonces, como si hubiera complacido a los dioses con esta declaración, pude dormir al menos una hora. Probablemente fue la peor noche de todas.

Bobby dejó que algunos amigos me visitaran después de eso. Podíamos salir al jardín descuidado y caminar un poco, bajar unos escalones temblorosos hasta el lago donde los patos nadaban, y beber el té debajo de un árbol. Me ayudaban a pasar el rato, lo cual era muy bueno, porque sin distracciones el tiempo se arrastraba horriblemente. «El aburrimiento mortal del fumador que se ha curado», escribió Cocteau. Lo más vívido de todo eran mis sentimientos por la cama. Noche tras noche, tenía que echarme ahí, sin dormir, hasta que llegué a detestarla con un amargo odio personal. Odiaba el mismo olor del colchón. No se suponía que fuera realmente malo, ya que era capoc y nada más, pero por primera vez en años mi nariz estaba trabajando y cualquier esencia habría tenido un efecto desagradable en mis nervios, otra vez sensitivos. Para mí, el colchón apestaba y estaba lleno de bolas duras, además. Conocía cada dureza. Decidí liquidar esa cama tan pronto fuera mi propia ama. Una mañana, le pregunté a Bobby cuánto costaría reemplazarla.

«Oh, no sé. Veinte dólares, supongo. ¿Por qué?», preguntó.

«Quiero comprarla, cuando haya terminado con esto, y quemarla en el jardín. La odio».

«Si todavía quieres hacerlo para entonces, claro que puedes», dijo con solemnidad. «Heh-ven llamó hoy». Se detuvo, mirándome con una expresión cautelosa. «No es la primera vez que intenta contactarte», añadió, «pero no te lo había dicho. Ahora creo que puedo confiar en ti si lo ves. Vendrá esta tarde. De hecho, aquí está».

«Bien». Debí haber sonado indiferente porque así me sentía. Casi había olvidado a Heh-ven. Cuando entró, sin embargo, recordé lo bien que lo conocía y cuántas horas habíamos pasado juntos, fumando. Sus ojos se veían nublados, observé, y sus dientes estaban sucios.

Dijo: «Voy a sacarte».

Bobby contestó rápidamente «solo de paseo, recuerda» y lo miró con dureza.

Heh-ven se rió y levantó su mano, asegurando: «Tienes la certeza de que la voy a devolver. No quiero a tu paciente, doctor».

«No van a fumar», dijo Bobby, «y no la vas a llevar adónde sea que ella pueda fumar. ¿Entendido?»

«Perfectamente», respondió Heh-ven. Caminamos por la puerta principal, que yo no había cruzado en una semana, entramos en su coche y nos fuimos. Fue fiel a su promesa. Fuimos a un salón de té, nos sentamos, nos miramos uno al otro y me dijo: «Luces muy bien. ¿Cómo estás?»

«Estoy muy bien», afirmé, «pero Cocteau decía la verdad, ya sabes, sobre el aburrimiento. Sin embargo, estoy contenta de haberlo hecho». Me sentía más cómoda, aunque Heh-ven aún parecía un extraño.

«Lo intenté, mientras estabas ahí», admitió, «y no pude. No duré más de treinta y seis horas. Sobre todo extrañé la lámpara. La lámpara es genial».

«Bueno, eso es fácil», le respondí. «Solo enciéndela y échate a un lado». Nos reímos. Fue la primera vez que podía hacer una broma sobre el opio. Luego, me llevó al hospital. Sus ojos estaban húmedos al despedirnos, porque ya necesitaba su bandejita. Me sentí una engreída.

La tarde que me dieron de alta oficialmente, tres días antes de ir a Chongqing, Bobby se despidió: «Bueno, adiós. Eres libre. Ahora estás muy bien. Puedes ir a dónde quieras. No quiero ningún pago, pero recuerda, si tienes la oportunidad de convencer a alguien de arriba, diles que mi método es efectivo. ¿Lo harás, verdad? Me gustaría tener ese puesto».

Prometí y le agradecí; nos dimos la mano. Mi equipaje estaba listo y un coche me esperaba, pero dudé. «Hay una cosa más», le dije. «El psicoanálisis, ¿recuerdas? Te lo he preguntado más de una vez, pero nunca me has dicho qué encontraste ese día».

Todo lo que Bobby dijo fue: «Ah, sí. Muy interesante».

Y lo mejor de todo: me olvidé de quemar el colchón.

Fin.

 

 

***

Emily Hahn (St. Louis, Missouri, 1905-Manhattan, Nueva York 1997) fue una escritora y periodista norteamericana. A pesar de haber escrito 54 libros y más de 200 artículos e historias cortas, permanece desconocida por el gran público. Sus crónicas de viajes a Asia y África están consideradas como piezas maestras de la literatura. Adelantada a su tiempo, fue feminista, orientalista, musa y experimentó con varias drogas como el opio, al que se hizo temporalmente adicta en su estancia en China, donde fue corresponsal para The New Yorker en 1935.

Su texto Big Smoke no había sido traducido al castellano hasta ahora, por lo que nos enorgullece presentarlo en Tachas por primera vez. Apareció originalmente en The New Yorker y fue recopilado después en el libro Times and Places (Thomas Y. Cromwell Company, Nueva York, 1970.)

***

Carmina Warden Arriozola prefiere describirse con un verso de Rothenberg: «o let us never die plumed horn plumed plumed horn plumed horn / plumed horn to bury us & to be plumed & be plumed horn.»

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