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17:21h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Novela por entregas, I/VI

¡Yo ho ho, la botella de ron!

Bernardo Monroy

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Everybody, soon or late, sits down to a banquet of consequences.

Robert Louis Stevenson

Tierra

Durante el transcurso de la mañana, un muchacho murió empalado en una estalagmita cuando intentaba saltar el acantilado. No le prestamos mucha atención, pues nada nuevo era para nosotros. Seguimos caminando hasta llegar al bosque de hongos gigantes.

Nos sentamos a descansar bajo una seta del tamaño de un árbol de diez metros, y uno de mis compañeros creyó que podía tratarse de un champiñón… le dio un mordisco.

En menos de una hora estaba muerto. Con fastidio, dejamos su cadáver y continuamos la expedición.

Aquel era un día de clases como cualquier otro. De cuatro, solamente quedábamos vivos Bastien y yo.

Afortunadamente para Bastien y para mí, habíamos leído Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne, como parte de nuestras clases teóricas, de modo que sabíamos cómo recorrer la zona y, lo más importante: cómo salir. Llevábamos un barómetro para sobrevivir en el centro de la Tierra.

Nos quedamos un tiempo en el bosque de hongos, lugar que hubiera sido la delicia de cualquier micólogo; pero, sin duda, ninguno lo conocería salvo por las palabras de Julio Verne y las ilustraciones de Édouard Riou. Yo había memorizado varios fragmentos del libro, y recordé cuando el autor describe el bosque que ahora explorábamos: Aquéllos eran hongos blancos, de treinta a cuarenta pies de altura, con un sombrero de este mismo diámetro. Había millares de ellos y, no pudiendo la luz atravesar su espesa contextura, reinaba debajo de sus cúpulas, yuxtapuestas cual los redondos techos de una ciudad africana, la oscuridad más completa.

Le dije a Bastien que siguiéramos nuestro camino. Había mucho por recorrer en el centro de la Tierra. Mi compañero era demasiado callado. Tan sóolo una vez dijo una frase desde que hicimos equipo cuando entramos a la escuela Macumazahn para viajeros extraordinarios. Estaba acostumbrado a su silencio. Bastien era muy delgado y usaba una máscara blanca, pues su rostro estaba horriblemente quemado. Cuando lo vi, no pude evitar una mueca de asco y le pregunté qué clase de infame ser lo había herido.

-Mi propia madre. Me abandonó en un orfanato después de un encuentro amoroso con un hombre que se hacía llamar El Fantasma de la Ópera. Él se enamoró de Cristina Dae, pero antes de ella hubo muchas mujerzuelas. Una de ellas fue la mujer que arrojó a mi rostro una cazuela de sopa hirviendo.

No volví a preguntar. Con Bastien, aprendí que a veces el silencio es el mejor discurso.

Después de descansar seguimos recorriendo el bosque de hongos gigantes, tomando en cuenta que algunos eran venenosos. Al terminar las descomunales setas vimos diferentes plantas, que Verne describía como licopodios de cien pies de elevación, sigilarias gigantescas, helechos arborescentes, del tamaño de los abetos de las altas latitudes, lepidodendrones de tallo cilíndrico bifurcado.

Días después llegamos a una gruta gigantesca. Tan inmensa que no podíamos ver el techo, y tan ancha que cabía todo un oceano. Era el mar subterráneo. Esa noche acampamos a la orilla, contemplando el alucinante escenario que mezclaba gruta, mar, playa, y minerales, que nos permitían tener luz en todo momento. Me quité los zapatos y remojé los pies. Comencé a recitar mis monólogos. Con un compañero que prácticamente nunca hablaba, todo lo que yo podía decir eran monólogos:

-Apenas está empezando nuestra educación como viajeros extraordinarios y ya estoy agotado. No sé por qué no elegí una más sencilla, como científico, abogado o hasta limpiachimeneas. Opté por la más peligrosa, tanto que durante los estudios es totalmente común que en alguna asignatura perdamos la vida.

>>Me llamo Ulises y al igual que tú, soy hijo no deseado de un hombre malvado y odiado: el Coronel Relumbrón, quien dirigió un grupo de famosos delincuentes mexicanos conocidos como Los Dorados o los Bandidos de Río Frío. Así como tú naciste con la habilidad nata de ocultarte entre las sombras, yo soy hábil para robar y escabullirme, como toda una rata antropomorfa. Fui hijo de una rica viuda que después de haber tenido una aventura amorosa con el coronel Relumbrón se mudó de Río Frío a Guanajuato. Afortunadamente, mi madre siempre odió el pensamiento conservador y no le importaba que  fuera un hijo ilegítimo. Solía invitar a su hacienda a gente como los hermanos Flores Magón o Práxedis Guerrero, donde organizaba fiestas con mezcal, tequila y hasta whisky traído de Europa. Me pagó institutrices que me enseñaron los clásicos de la novela de aventuras, y le dije que quería convertirme en un Viajero Extraordinario como los personajes de monsieur Verne. Existía una escuela de nombre Macumazahn, que no se ubicaba en ningún lugar, pero que estaba en todos los lugares posibles del mundo: la tierra, el mar y el aire. La escuela no admitía a niños adinerados, sino sólo a quienes sintieran el llamado a la aventura, que tuvieran el interés de aprender, de explorar cada rincón inexplorado.

>>Cuando descubrí quiénes eran los profesores, me quedé anonadado: El director era Allan Quatermain, famoso por viajar a las minas del rey Salomón; el maestro de esgrima, Edmond Dantes, conocido como El Conde de Montecristo; los profesores de geología, Otto Lindenbrock y su sobrino Axel, quienes en ese momento nos asesoraban en nuestro viaje al centro de la Tierra; durante toda mi vida juré que se trataba de personajes de novelas, que eran producto de mentes frondosas de imaginación como Ridder Haggard, Julio Verne, Alexandre Dumas… pero eran de carne y hueso como yo. Cuando se los hice saber, Quatermain me dijo que cómo estaba  yo seguro de no ser también personaje de algún cuento sobre personajes literarios. Preferí callar.

>>-La academia Macumazahn se llamaba así en honor a su fundador, Allan Quatermain. Después de vivir incontables aventuras en África, entre las que destacó su viaje a las minas del Rey Salomón, consiguió toda clase de tesoros para que él y su hijo Henry vivieran con soltura, pero tenía más de lo que hubiera podido gastar en mil vidas, de modo que se alió con otros poderosos empresarios: el señor Phileas Fogg, famoso por haber dado la vuelta al mundo en ochenta días, y el hacendado mexicano don Diego de la Vega quien, pese a su imagen de hombre pedante y despreocupado, era muy hábil en el manejo de la espada y montando un hermoso corcel de nombre Tornado. Tanto Don Diego como Mr. Fogg tenían dos criados: Jean Passepartout, y Bernardo, quienes en ocasiones nos servían de comer o nos llevaban ropa limpia… lujos inusuales en una escuela donde la finalidad era aprender a convertirse en aventureros y sobrevivir. El nombre, Macumazahn, significaba en algún dialecto africano el que vigila por las noches.

>>Lo principal en esta institución es sentir el llamado de la aventura, es tener la inquietud de conocer y de nunca tener límites. Saber que en cada rincón del mundo hay una equis del mapa del tesoro, y cada una de ellas debe ser excavada. El mundo es un mapa del tesoro y siempre estamos en el barco. Todos somos piratas, me dijo quien sería tutor mío y de Bastien. Era un hombre alto, de cabello rubio y largo, cuya edad rondaría alrededor de los cuarenta y tantos. Su obsesión por aquella alegoría de piratas no era gratuita: era nada menos que Jim Hawkins, quien de niño viajó junto con Trelawney, Livesley y John Silver a La isla del tesoro. Pero me pidió que lo llamara Profesor Hawkins o, de lo contrario me rompería las piernas y me dejaría en una isla desierta, pues Jim era un tratamiento que sólo les permitía a su madre y amigos. Le hice caso. El Profesor Hawkins dio un trago a una botella de ron que guardaba en una petaca. Siempre lo hacía. A cualquier hora, en cualquier momento. No tenía reparo alguno en reconocer que era alcohólico, y que se había vuelto así desde que regresó de la Isla del Tesoro, por culpa de escuchar la canción que siempre cantaban los piratas: Quince hombres van por el cofre del muerto. ¡Yo ho ho, la botella de ron! ¡La botella y el diablo se llevaron el resto! ¡Yo ho ho, la botella de ron! Esa canción, titulada “El cofre del muerto”, fue escrita por Robert Louis Stevenson y posteriormente convertida en el poema “Derelict” de Young E. Allison. Quizá la canción del mar más famosa jamás compuesta y sin duda, la justificación perfecta por parte del profesor Hawkins para embriagarse, pues los alcohólicos buscarán siempre cualquier excusa.

>>Pese a ser un adicto al ron, Hawkins era excelente profesor. Sabía exigirnos a mí y a Bastien, sabía motivarnos y orientarnos en el momento indicado. Nos preparó leyendo y releyendo los clásicos de la novela de aventuras, advirtiéndonos que todo lo que Verne describía en sus novelas lo viviríamos en realidad… y tuvo toda la razón. Si no se quedase dormido cuando se acababa la botella de ron, y si no arrastrara palabras después del décimo trago, habría sido un maestro inigualable.

>>Los primeros días en la academia Macumazahn los dedicamos a la preparación teórica. Leer, aprender geología, matemáticas, geografía, historia y otras ciencias. Estudiábamos en un campamento en la selva, cuyo encargado era un hombre de cabello corto, complexión delgada y aspecto aburrido. Tenía el típico aspecto del inglés colonialista que te mataba del aburrimiento. Mi sorpresa fue mayúscula cuando el profesor Hawkins me dijo de quién se trataba:

>>Ese  estúpido es Mowgli, el de El libro de la selva. Pero según él maduró, creció y se convirtió en una persona civilizada. Ahora se hace llamar Nathoo… pero para todos será siempre una rana, un niño criado por animales en la selva de la India.

>>-Ya escuché lo que estás diciendo de mi persona, James –dijo Nathoo-. Te encanta hacerme quedar en ridículo con otros estudiantes. Pero no te preocupes: también yo les digo que tú eres un alcohólico decadente. Que nunca superaste que John Silver te abandonara, porque a él lo veías como a un padre. ¿Siempre seré Mowgli? Pues, aunque te duela aceptarlo, he cambiado. Me civilicé. Tú siempre serás ese niño idiota escondido en el fondo de un barril, siempre serás el paje de los piratas con su botella de ron.

>>Hawkins se encogió de hombros, esbozó una sonrisa cínica y le dio un trago a la botella.

Terminé de hablar cuando la voz de un hombre, con marcadísimo acento alemán, me interrumpió. A nuestras espaldas se encontraba el profesor Otto Lindenbrock, un hombre de largas patillas y bastante alto. A su lado se encontraba otro de menor estatura, vestido como cazador. Sostenía un rifle Martini-Henry, sin duda su arma favorita, que lo había convertido en el mejor francotirador del mundo. Existía otro gran francotirador de nombre Sebastian Moran, mano derecha de un delincuente conocido como James Moriarty, que alardeaba de ser mejor que Quatermain, pero él le demostró que era mejor… disparándole.****

-Por esta vez, terminamos la expedición al centro de la Tierra –dijo el profesor Lindenbrock-. Saldremos a la superficie para la siguiente expedición al Mundo Perdido, con el profesor Challenger. No hará falta adentrarse en el océano subterráneo… créanme que muy pronto tendrán más mar del que podrán ver y tragar. Su profesor, James, los espera en la superficie.

***

Escuchar el rugido de un Tyrannosurus rex es algo que no deseo para los tímpanos de nadie.

Las asignaturas a cumplir en la escuela eran cuatro: Tierra, Mar, Aire y Espacio Exterior, cada una de ellas más difícil que la anterior. La segunda parte de la Tierra incluía un viaje al Mundo Perdido, el único rincón en el mundo donde todavía habitaban dinosaurios, ubicado en una meseta sudamericana, descubierto por el profesor George Edward Challenger, en su viaje narrado por el periodista Ed Malone.

Una de las advertencias que nos hacían al ingresar a la academia era que la institución no se hacía responsable por la muerte de los alumnos.

Eso me quedó claro cuando vi al tiranosaurio delante de nosotros.

Bastien y yo lo neutralizamos usando nuestras espadas. Es fácil aprender los movimientos básicos de esgrima cuando tu maestro ha sido el mismísimo conde de Montecristo. Enterramos cada una en las patas del dinosaurio; aunque no se desplomó, sí pareció dolerle como si a un ser humano lo hubieran picado avispas. Corrimos hasta escondernos del monstruo, que no dejó de rugir. Bastien saltó hacia los árboles y yo me escabullí por entre las plantas. El calor sudamericano era infernal y nos hacía sudar cubetas enteras… era eso o posiblemente el temor de convertirnos en un bocado del más temible depredador que había pisado el mundo en toda su historia, no lo sé. Lo que sí sabía es que queríamos sobrevivir.

Corrimos a lo largo de varios kilómetros hasta llegar a la meta: un fuerte donde se encontraban el profesor Challenger, nuestro tutor James Hawkins y el director Quatermain. Nos recibieron con un displicente asentimiento de cabeza.

-No lo hicieron mal –dijo Challenger, condescendiente. Era un hombre robusto, velludo, la contraparte de Sherlock Holmes, cuyo cronista también Arthur Conan Doyle-. Diría que fue un desempeño académico mediocre… aunque no tan malo como los tres compañeros que murieron devorados por aquella parvada de pterodáctilos.

-Sí, los alumnos de Mowgli –dijo Hawkins, soltando una estridente carcajada que no hizo reír ni a Challenger ni a Quatermain-. Perdón, Nathoo o como se llame. De tal maestro tal alumno.

-Debo decir que me siento orgulloso de ustedes –interrumpió Quatermain-. Pero no canten victoria tan pronto: como dijo mi cronista, Rider Haggard: What I seek I find, what I find I keep. Esto sólo es el principio. Han enfrentado hongos gigantes, han descendido a las entrañas de la Tierra y esquivado un dinosaurio… pero esto no es ni la mitad de lo que falta.

Tragué saliva.

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