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14:34h. Domingo, 19 de Mayo de 2019

Disfrutes cotidianos

Sing Street: La adolescencia como secuencia de momentos

Fernando Cuevas de la Garza

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Los años ochenta, década perdida en diversos ámbitos como el económico y el social en ciertas regiones, al menos en términos culturales tuvo su gracia: si bien musicalmente ha quedado por debajo de otras, según los críticos, no dejan de volver una y otra vez sus influjos, ya sea en forma directa o a través de grupos nuevos que “suenan” como ochenteros. Además, no habría de perderse de vista que no sólo la industria discográfica del mainstream fue la que existió, sino que desde los márgenes y la independencia se produjeron discos de profunda trascendencia que cimentaron la explosión genérica en los noventa.

Los que vivimos en plenitud de facultades (por decirlo de alguna manera) aquellos años, recordamos la construcción de significados que implicó el descubrimiento de sonidos diversos, desde los que predominaban en el naciente MTV (en tiempos remotos cuando era un canal de videos musicales), hasta las joyas del más allá que alguien traía de los “states”, conseguía en el Chopo o en alguna tienda como Hip 70 y Zorba, volviéndose héroe inmediato sólo por un día.

Todo un proceso de crecimiento emocional entre teclados arrebatados, peinados y vestuarios en la frontera de la ridiculez y maquillaje que hermanaba a todos sin distinción de raza, preferencia sexual o tendencia musical. Sin plataforma virtual alguna para bajar canciones (noción que ni nos imaginábamos), escasa información musical y con puros viniles o cassettes reproduciéndose en hermosos, nítidos y estorbosos aparatos de sonido, transcurría el tiempo que parecía detenerse ante el descubrimiento de un nuevo grupo, listo para ser imitado a la menor provocación.

Enamorar a la chica formando una banda

Dirigida y escrita con pleno conocimiento de causa y un toque autorreferencial por John Carney, Sing Street; éste es tu momento (Irlanda-RU-EU, 2016) es una mirada de un cierto sector de la juventud irlandesa en el ecuador de la década de los ochenta, que navega entre el idealismo y el realismo: limitaciones económicas, familias en dificultades, escuelas tradicionales y una expectativa social puesta en salir de ahí para ir a ese difuso paraíso conocido como Londres, donde se supone que los sueños artísticos pueden cristalizarse en contratos concretos.

Ambientada en Dublín mientras The Boomtown Rats  y U2, originarios de esta ciudad, sacaban In the Long Grass (1984) y The Unforgettable Fire (1984) respectivamente (aunque ninguno se menciona en el film), la historia se centra en un joven quinceañero (Ferdia Walsh-Peelo, en acelerado proceso de transformación) cuyos padres atraviesan una crisis económica y matrimonial (Maria Doyle Kennedy y Aidan Gillen), al tiempo que tanto su hermana como su hermano (Jack Reynor) sobrellevan esta crisis a través de los estudios o la evasión, según el caso.

Dada la situación, se ve obligado a entrar a una nueva escuela de curas donde tiene que lidiar con algún compañero violento, víctima a su vez de violencia familiar, las medidas disciplinarias absurdas que de pronto aparecen en los centros educativos (esos zapatos negros) y a un proceso de adaptación que le permite conocer a un compañero, ya entendiendo las ventajas de ser invisible y con quien espontáneamente empieza a formar un grupo de rock para atraer a la chica inalcanzable y desenfadada que observa la escuela desde la barrera (Lucy Boynton).

Reclutamiento en las casas y un anuncio en la escuela rinden frutos pronto: un hábil multiinstrumentista, robusta base rítmica y unos teclados con sabor extranjero, listos para hacer de las suyas. La banda muy pronto asimila la funky fanfarronería de Duran Duran, la feliz tristeza de The Cure o las gruesas líneas de bajo bailable de Hall & Oates, levantando de su asiento hasta a la hermana, entre influencias de The Jam y Joe Jackson, entendiendo que el rock es riesgo, como bien lo señala el hermano mayor.

Antes de cualquier asunto, buscar un nombre, componer una canción y grabar un video en el que aparezca, justamente, la enigmática aspirante a modelo. La edición asume los ritmos diversos de la música, acelerando o deteniéndose lo necesario para la construcción del arco dramático, potenciado por la recreación de la época: el desarrollo de la banda y la forma en la que se van generando las canciones sostiene un argumento enfocado en el protagonista y su naciente vínculo amoroso, quizá obviando demasiado la atención en los demás miembros del grupo.

Siguiendo en su terreno temático y estilístico sembrado y abonado ya en Érase una vez… Una canción de amor (Once, 2007) y Empezar otra vez (Begin Again, 2013), Carney articula de un modo personal las emociones a través de las experiencias del primer amor, la forma de manifestarse a través de la música y sobre la ruptura familiar: ahí está la secuencia en el concierto donde la imaginación recrea una audiencia perfectamente representativa de un mundo ideal, que por lo menos se asoma en una pista de baile poblada por seres reales en situaciones imaginariamente deseadas.

El tono romántico se entremezcla con un certero retrato de la adolescencia, llena de aspiraciones y temores; momentos de duda frente al novio rival que escucha a Genesis (en la etapa liderada por Phil Collins) con todo y postura alivianada, coche y barba, por si hiciera falta, al tiempo que va asimilando las influencias de su hermano, cargado de frustración pero con una sabiduría vital bien puesta al servicio del desarrollo de las expectativas propias, expandidas en el joven dispuesto a tomar la embarcación rumbo a horizontes indefinidos y electrizantes.

Se advierte esta contradicción que implica el hecho de ser estudiante y joven al mismo tiempo, con los intereses puestos afuera de las paredes áulicas (esos exámenes) y centrados más bien en algún proyecto relevante o en un interés vital, como se planteaba el propio director en Viviendo al límite (2001), con todo y la exploración sobre el suicidio juvenil y la eterna búsqueda del sentido de la vida. La inserción de canciones originales junto con las de los grupos referidos se convierten en la narrativa propia del relato, evocativo y divertido, que regala sonrisas entre melancólicas y reconfortantes.

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