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01:15h. Miércoles, 18 de Octubre de 2017

Carta a la muerte de mi abuelo

Leo Siqueiros

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Usted murió un día que Dios se equivocó. Murió sin saber que se iba. Nosotros sin saber que nos despedíamos. El último beso y el luego nos vemos, fue su elegía. Y todavía el mundo sigue sin creer su partida, sin creer que ya no escuchará su voz de pozo viejo resonando, rezongando, dentro de su casa como un eco que no muere y se repite una y otra y otra y otra vez. Murió sin su bastón, compañero fiel, que ahora no sabe qué hacer sin su mano.

Su muerte es el rayo que no cesa, que penetra bajo la piel hasta llegar a la memoria para clavarse como alfiler. Un escalofrío que sigo sin entender. Esa es su muerte: nuestro sufrimiento porque usted murió sin saber que se iba. Sin saber que era su última cena y su última queja.

Y yo recordaré al primer muerto de mi casa. Aquel hombre que fue un árbol, una torre, un baluarte. Aquel hombre que mandaba con su voz de pozo viejo, siempre moviéndose como un mar contenido. Aquel hombre que reía y sonreía como si no existiera la tristeza, los rencores, el enojo. Aquel hombre que quería mantenerse en el mundo con su teléfono y su Tablet, picándole aquí, picándole allá y llamando por equivocación a media familia. Yo recordaré al primer muerto de mi casa porque murió un día que Dios se equivocó al picarle a su teléfono y lo llamó. Porque será el rayo que no cesa de caer en el mismo lugar. Por siempre. Porque nunca creeré que realmente se ha ido.

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Leo Siqueiros (1989) Aguascalientes, Ags. Estudió Letras hispánicas en la UAA. Ganó el V Concurso Nacional de Narrativa Elena Poniatowska (2013) y el I Premio Interuniversitario de Creación Literaria Felipe San José González (2016). Fue miembro fundador de la Revista de Estudios Lingüísticos y Literarios Marmórea y ha aparecido en varias antologías de cuento estatales y regionales.

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