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02:03h. Lunes, 26 de Junio de 2017

DISFRUTES COTIDIANOS

Ella Fitzgerald: La voz del hogar

Fernando Cuevas de la Garza

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

A la memoria de mi padre, a 4 años de su partida

 

 

Fue de las primeras cantantes a las que identifiqué con claridad, dado que su voz se escuchaba constantemente en la casa. Tuve esa fortuna pedagógica, entre otras, para ir construyendo mi siempre en proceso educación musical y, por ende, sentimental. La placidez expresada con gentileza en cada una de sus interpretaciones, la fuerza combinada con la naturalidad de su luminoso canto y la plasticidad de sus vocalizaciones, convirtiendo cada pieza en una delicia para las orejas y el ánimo, bien pueden formar parte de un contexto cálido, celebratorio y enriquecedor para construir aquello que llamamos gusto musical.

Era de las intérpretes favoritas de mi padre y recuerdo que el primer disco compacto que compramos, después de escucharla una y otra vez en vinil, fue el de Ella & Louis (1956), en cuya portada aparecen ambos muy bien sentaditos como esperando las indicaciones de Oscar Peterson y su cuarteto o su turno en alguna reunión casera: Armstrong luciendo esos calcetines blancos arremangados y Fitzgerald con ese vestido de cuello azul que engrandecía su presencia. La feliz asociación produjo el también muy disfrutable Ella & Louise Again (1957) y el clásico Porgy & Bess (1959).

Supe después que junto con la divina Sarah Vaughn y la atormentada Billie Holliday, conformó la conocida tripleta de las divas del jazz que elevó la interpretación femenina del género a niveles que todavía hoy resultan un referente no sé si inalcanzable, pero seguro ineludible. En efecto, al escucharlas y verlas cantar, pude entender el concepto de divismo, reforzado por las actrices del cine clásico de Hollywood que empezaba a ubicar y que hoy parece una noción en pleno proceso de reformulación. Estamos celebrando el centenario del nacimiento de Ella Fitzgerald (Newport News, Virginia, 25/04/1917 - Beverly Hills, California, 15/06/1996).

De los inicios

Infancia difícil: mudanzas tempranas, abandono del padre, dificultades con el padrastro y muerte de la madre cuando tenía 14 años; dejó la escuela, tuvo problemas con la ley y sobrevivió en la calle bailando y cantando por propinas.[1] Tras ganar el concurso del Apollo Theatre en Harlem a los 17, empezó a trabajar con Chick Webb y después con su banda a mediados de los años treinta, durante los cuales grabó varios sencillos. La efusividad de su voz se acoplaba con soltura a las estructuras del pop y del swing, géneros predominantes en aquellos años: pero desde entonces se advertía que el rango de Ella podría expandirse por diversos territorios.

La década de los cuarenta significó justamente la amplitud de los registros sonoros cercanos al bebop y la incorporación de otras formas vocales como el famoso scat, en el que la voz se convierte en un instrumento más, abriendo la puerta a la capacidad de improvisación y a la construcción de contagiantes fraseos. En esta etapa, la figura de Norman Granz resultó esencial para canalizar sus talentos y consolidarla como la gran cantante que fue, acompañándola durante buena parte de su carrera. Tras otro cúmulo de sencillos, Ella & Ray (1948) y Souvenir Album (1950) abrieron la etapa de consolidación que continuó con Songs in a Mellow Mood (1954), Sweet and Hot (1955), The First Lady of Song (1955) y For Sentimental Reasons (1955), entre otros.

CANCIONEROS Y ASOCIACIONES

Una de sus grandes aportaciones a la música popular fueron sus versiones de cancioneros clásicos de compositores estadounidenses, en particular la obra Ella Fitzgerald Sings the George and Ira Gershwin Song Book (1959),[2] acaso su grabación más importante y trascendente, sobre todo por ese tono entre amable e intenso que al escucharla te hacía sentir, irremediablemente, como en casa, además de regodearse y darle nueva vida a las obras maestras de estos compositores esenciales del siglo XX. Anteriormente había grabado Ella Sings Gershwing (1950), especie de anticipo a esta obra cumbre.

Otras grabaciones imprescindibles en esta vertiente fueron Ella´s at Duke Place, ejemplo “de una fuerza sutil pero enérgica que es atemporal” (Larkin, 2004)[3] y Ella Fitzgerald Sings the Cole Porter Song Book (1956), considerada como parte de la Core Collection que todo aficionado debe tener según Cook y Morton (2004).[4] Además, grabó versiones notables a partir de las composiciones de Rodgers & Hart (1956), Duke Ellington (1957), Irving Berlin (1958), George and Ira Gershwin (1959), Harold Arlen (1961), Jerome Kern (1963) y Johnny Mercer (1964).

Años después revisitó el bossa nova vía las canciones de su figura tutelar en Ella Abraça Jobim: Sings the Antonio Carlos Jobim Songbook (1981) y a manera de despedida nos regaló dos volúmenes de The Harold Arden Songbook (1990) por completo enclavado en el jazz, como para volver a pisar hondo en este territorio, quizá en el mejor se desenvolvía. En plan abarcador, ahí está The Complete Ella Fitzgerald Song Books (1993), deliciosa caja de 16 discos que trasciende su sentido recopilatorio para convertirse en un arte-objeto con vida propia que no sólo se escucha, sino que también se palpa, olfatea, observa: disfrute completo.

Junto con sus discos en vivo, en los que se daba vuelo inundando los recintos con su capacidad de improvisación, paulatinamente desarrollada a lo largo de los años, grabó con múltiples colegas de renombre como los legendarios Count Basie (Ella and Basie! 1963; A Classy Pair, 1979) y Oscar Peterson (Ella & Oscar, 1974); con el virtuoso guitarrista Joe Pass (Take Love Easy, 1973; Fitzgerald and Pass… Again, 1976; Speak Love, 1983; Easy Living, 1986) y André Previn (Nice Work If You Can Get It, 1983). Su voz quedó estampada en las prestigiosas disqueras Decca y Verve, en sus inicios, y Capitol, Reprise, Atlantic, Columbia y Pablo en los años posteriores.

Ya pasadas sus setenta primaveras, se animó a grabar All That Jazz (1990) como una manera testamentaria y acaso de confirmación y recordatorio de principios, por si quedara duda, de que el mundo se mueve a través de la síncopa.

[Ir a la portada de Tachas 209]

 

 

[1] Ward and Burns (2000). Jazz. A History of American Music. USA: Black Swan, Knopf.

[2] Incluido en The Penguin Jazz Guide (2011) y en 1001 Albums You Most Hear Before You Died (2015).

[3] Larkin, P. (2010). All What Jazz. Escritos sobre Jazz. Barcelona: Paidós.

[4] Cook, R. & Morton, B. (2004). The Penguin Guide to Jazz. London: Penguin Books.