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06:20h. Martes, 16 de Octubre de 2018

Disfrutes Cotidianos

De cómics, videojuegos y mundos devastados

Fernando Cuevas

Avengers, imagen promocional de la película
Avengers, imagen promocional de la película

Un par de películas claramente enclavadas en la omnipresente, heterogénea y polisémica cultura pop -despreciada por algunos en automático y valorada por otros a niveles de fanatismo- que se enfocan al cine como espectáculo visual y de entretenimiento –atrapar al espectador en el tiempo, que no es asunto menor-, aprovechando tramas usuales, personajes que aparecen en todas partes, fetiches aspiracionales y artefactos idiosincráticos bien conocidos, sobre los que se tejen argumentos sencillos casi digeridos de alguien-busca-algo-mientras-unos-le-ayudan-y-otros-lo-tratan-de-impedir, que distinguen con nitidez la importancia de la acción como vehículo básico de desarrollo narrativo.

Ahí está el cine como industria que alcanza a un gran número de espectadores partiendo del principio de saturación como forma y fondo. Aunque después de todo, como bien aprovechó el adolescente Hombre Araña, saber de cultura pop puede en un momento dado resolver un problema que en principio no se veía ni por dónde, sobre todo frente a un rival imponente; o ya entrados en gastos, podemos destinar algunos días para vivir en la realidad tangible, saludar físicamente a quienes nos rodean, sostener alguna conversación cara a cara y olvidarnos por un momento, solo uno, de nuestro avatar, de las recompensas virtuales, la cantidad de seguidores, los nuevos amigos de nombres impronunciables y los tan ansiados “me gusta”.

Un oasis en el desierto de la realidad

Ready Player One: comienza el juego (EU, 2018) es una multirreferencial muestra de virtuosismo visual enfocada a la aventura cibernética, siempre en contraste con una realidad grisácea, en la que solo se puede aspirar a llegar ileso a casa. Un huraño genio de la virtualidad (Mark Rylance), con ayuda de su socio (Simon Pegg), dejó como legado un juego cuya recompensa para el ganador consiste en quedarse con la fortuna del diseñador, entre la que se incluye la que incluye el mundo virtual mismo, conocido como Oasis, mucho más interesante, retador y colorido, en apariencia, que la realidad tangible donde, eso sí, es el único lugar donde se puede conseguir un buen bistec, siguiendo el chiste alleniano.

Basada en la novela de Ernest Cline, fungiendo como guionista y asumiendo diversos cambios (ni modo de decirle algo a Spielberg), la cinta se ubica en el 2045, donde un joven solitario (Tye Sheridan) dedica gran parte de su tiempo a intentar ganar el concurso, para lo que tendrá que encontrar las tres llaves necesarias que plantea el reto; tras conocer a una joven (Olivia Cooke) y junto con otros amigos, formarán un quinteto de personajes para lograr tal hazaña (High Five), apoyados por un extraño mayordomo; a la par, se enfrentarán en el camino a varios obstáculos, entre los cuales se encuentra un villano empresarial (Ben Mendelsohn) y sus secuaces, bordando la caricatura con la suficiente gracia que el caso amerita, sin tomarse demasiado en serio.

Steven Spielberg regresa a su faceta lúdica de fantasía adolescente, tras realizar las muy consistentes cintas históricas Lincoln (2012), Puente de espías (2015) y The Post (2017), con la inclusión por ahí de la muy disfrutable El buen amigo gigante (2016), como para refrendar su amor por el cine –ahí están todos los homenajes- y su gusto por el divertimento aderezado por mensajes sencillos, acaso obvios, que entrelazan su alma geek y su enorme talento como cineasta: la realidad es mejor pero no por eso dejaremos de visitar la virtualidad, o sea, organicemos la semana para estar aquí y allá. El despliegue de imágenes es apabullante, así como las estrategias de edición y la estética de vértigo que se entrelaza con escenografías de luminosa digitalización.

Destruir para conservar

El universo cinematográfico de Marvel ha sabido mantener un cierto nivel de consistencia: si bien ninguna de sus películas supera a Batman: el caballero de la noche (Nolan, 2008), se han desarrollado en un margen de calidad suficiente para los propósitos planteados, particularmente de taquilla. Habían carecido, en general, de un villano memorable y por momentos parecían caer en fórmulas bien barnizadas por logradas puestas en escena, atractivos efectos visuales e interacciones simpaticonas entre los diferentes superhéroes. Después de las logradas Thor: Ragnarok (Waititi, 2017), con su fluido humor como signo distintivo, y Pantera negra (Coogler, 2018), moviéndose con agilidad felina en la absoluta corrección política, el reto se antojaba mayúsculo, considerando además que su antecesora no había funcionado.

La fuerza de Avengers: Infinty War (EU, 2018), dirigida a la segura por los hermanos Russo pero de evidente manufactura corporativa, recae en el notablemente caracterizado Thanos (Josh Brolin), un villano de tintes trágicos que cuenta con la ventaja de tener un motivo bien planteado (a diferencia de otros que nada más eran del tipo “ñaca ñaca ñaca, quiero dominar o tragarme el universo”), si bien no se consigue explicar porqué asume la tarea de sustentabilidad cósmica que busca desarrollar, como si se tratara de una misión impuesta quién sabe de dónde o de quién. Y para ser imparcial, sus ataques no se enfocan a personas según sexo, raza, religión, planeta o posición económica: se rigen por el azar justiciero, pero excluyéndolo, por supuesto. Ahí está clarito el peligro de sentirse un iluminado o pensarse como el único capaz de resolver los problemas.

La edición y la puesta en escena, además de unos potenciados efectos especiales, cumplen con creces para acompañar una estructura argumental sencilla que se alimenta de ciertos momentos de drama y humor, para volver a dar paso a la acción bajo cualquier pretexto. Algunos personajes clave de la constelación Marvel quedan diluidos al nivel de limitarse a resolver bomberazos –y ni eso-, mientras que otros encuentran en sus interacciones buenos momentos de comedia, si bien se desperdicia y apenas se sugiere la potencial batalla de egos entre Iron Man y Dr. Strange, contrastándola con la candidez adolescente de Spider-Man, en tanto se aprovechan con amplitud los espacios de los Guardianes de la Galaxia y Thor, rivalizando de manera muy humana, como Banner tratando de sacar al Hulk que todos llevamos dentro.

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