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13:29h. Martes, 21 de Agosto de 2018

UNA CELEBRACIÓN POR DOUGLAS ADAMS Y LA GUÍA DEL AUTOESTOPISTA GALÁCTICO

¡Cuidado con los vogones!

Esteban Cisneros

DouglasAdams
DouglasAdams

El 25 de mayo se celebra, a nivel mundial, el #DíaDeLaToalla, en honor a Douglas Adams y su impresionante saga de La guía del autoestopista galáctico. El inglés, famoso en el mundo por su finísimo y corrosivo sentido del hum0r, su profundidad filosófica (debida, precisamente, al punto anterior) y sus geniales personajes, lo merece hoy más que nunca. En una época de saturación mediática, lánguida seriedad, limitada intelectualidad y memes, Adams es un antídoto muy eficaz.

La guía, como los buenos libros, como las buenas sagas, trasciende la página para trasladarse a todos los aspectos de la vida. Odiado por académicos de ceja alzada e ignorado y omitido por los entusiastas de ocasión de las películas de superhéroes, Douglas Adams es un portal interdimensional abierto, disponible con solo dedicarse un rato a conocerlo.

Por eso es que el #DíaDeLaToalla importa: los froods que han leído la Guía entienden que hay que tomarse todo muy poco en serio (aunque sea a veces) y hacer el ridículo, reírse de todo (pero, primero que nada, de uno mismo; si no, no vale), soñar despierto constantemente (todo el día, si se puede) y observar el mundo con ojos nuevos – porque al final es una roquita perdida en la inmensidad e un universo incomprensible y, todo indica, más que voluble. Y todas nuestras peleas pedorras en Facebook por imponer nuestro imbécil punto de vista sobre [inserte tema de actualidad aquí] ni siquiera generan una onda lo mínimo de importante como para contar en las estadísticas de entropía cósmica.

Por otro lado, las buenas vibraciones (por ponerlo en términos de Brian Wilson) sí que cuentan. Veámoslo así: la risa no saca úlceras. Así que porta una toalla a donde vayas porque, quién sabe, como van las cosas (sólo abre un periódico) es posible que la necesites para salir de todo este embrollo haciendo autoestop galáctico.

Aconsejo entonces, por un lado, recurrir a la Guía de inmediato para saber cómo lidiar con la vida moderna con un poco de ligereza y, en consecuencia, de fortaleza. Por si fuese poco, entre sus páginas se encuentra la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás (spoiler pero no spoiler al mismo tiempo: ¡es 42!) y, en términos más prácticos, es una tremenda guía de sabiduría y supervivencia.

En serio.

Les pondré un ejemplo concreto hoy: la detección de vogones. ¿Qué no sabías que están entre nosotros, infiltrados, desde hace mucho (mucho) tiempo? Está claro: es porque no habías leído la Guía.

Los vogones, según los describe Adams desde el libro uno, son miembros de una de las razas más desagradables de la galaxia. No son necesariamente malvados en sí (lo que no quiere decir que puedan serlo), pero son malhumorados, burocráticos y monstruosos. Su mentalidad está deformada, tienen poca disposición para pensar por sí mismos y no hacen algo de manera individual (todo implica un papeleo); tienen tanto atractivo sexual como un accidente de auto y, para rematar, escriben la tercera peor poesía del Universo.

Paso mucho tiempo despierto. Mucho de él, en la calle; el otro, frente a distintas pantallas – condición de hombre del siglo XXI, supongo. Y, más allá de la alucinación (que no descarto), veo vogones por todos lados. La guía me ha abierto los ojos. Pero desmiéntanme si no. Aquí algunas manifestaciones vogonas que he notado:

Poetas. La poesía vogona sólo es ligeramente “mejor” que la de los Azgoths de Kria, que causa hemorragias internas a quien la escucha en recitaciones. Esto porque, claro, nadie se atrevería a adquirir un poemario azgothriano, al menos nadie en su sano juicio. Y, aunque sigo vivo y coleando, sí he sentido el ardor de unas entrañas a punto de estallar al escuchar a algunos poetas que recitan con una convicción febril unos versos que, sin duda, deben ser vogones. Algunos de esos poetas, debo admitirlo, también tienen toda la pinta de vogones, pero son hábiles para engañarnos. Han caído en mis manos algunos poemarios recientemente que, si no son vogones, entonces no sé qué carajos sean. Los vogones, por cierto, no tienen ni idea de lo espantosos que resultan sus versos, así que no dudo ni poco que nuestros centros culturales, editoriales independientes (o no tanto) y blogs hayan sido invadidos por “líricos” extraterrestres que creen que hacen arte. ¡Ojo! Es por su salud, lector. No queremos que sus vísceras exploten.

Memes e Internet. Un vogón se siente mejor en una oficina, en donde pasa sus días simulando que hace algo, extendiendo procesos para justificar su existencia, replicando lenguajes para no salir de su zona cómoda. Un vogón no arriesga y, si lo hace, lo hace poniéndose lo menos en peligro posible. Aunque se ríe, un vogón no tiene sentido del humor porque se toma demasiado en serio (con todo y opiniones, por ínfimas que sean, pues también son replicadas), carece de una amplia gama de referencias (no solo culturales, también lingüísticas y hasta de carácter) y busca la aceptación inmediata de otros vogones, no vaya a ser que pierda el confort de su medianía. ¿Y qué invención, artefacto, ente es perfecto para que un vogón se suelte el pelo sin soltárselo, se ría sin comprometerse y se enrede en una narrativa fija y segura? El meme de Internet. No negaremos que alguno divertido hay pero, por lo general, veo a una legión de vogones detrás de este aburrido e invasivo fenómeno del lenguaje. Los humanos siempre caen, claro, pero es que tenemos mucho en común con ellos. Más de lo que queremos. Más de lo que podemos admitir.

Destrucción de lugares bonitos para construir ejes viales. O cosas por el estilo. Los vogones destruyen planetas enteros con el objetivo de construir distribuidores viales intergalácticos (la Tierra, entre ellos; esta roca en la que vivimos es una computadora de segunda generación). O edificios de oficinas, monumentos inútiles, carriles para autos, fábricas extractoras. Todo con tal de mantener su estilo huevón de vida. Y, además, se amparan en papeles y trámites legales para hacerlo; intentar revertir estas acciones es meterse en un laberinto leguleyo tan imbécil como irritante y desgastante. Y, cuando acordaste, ya pasaron sobre tu casa con sus máquinas para construir un nuevo centro comercial, ya destruyeron el parque para tus perros y niños para hacer un call-center para resolver (con burocracia) los problemas que su mismo sistema (burocrático) ocasiona y ya contaminaron un río para producir químicos que descontaminan otros ríos.

Esa costumbre de xoder a los demás. Los vogones son de tan pocas, pocas luces que no conciben que tú puedas ser feliz y ellos no tanto; que tú puedas disfrutar de un libro como la Guía y cargar tu toalla por la calle y bailar en una fiesta y ellos no. Pero es porque no lo entienden. Porque sale de su esquema de pensamiento, cuadrado y limitado. Son los seres menos curiosos de la galaxia. Y, por lo tanto, los más prejuiciosos. Los que se aferran a una idea segura (por incorrecta que sea). Los que prefieren que los salven y echan la culpa de todo a alguien más, total que siempre lo habrá. Los que disfrazan su ineptitud de irreverencia. Los que no tienen ni idea de qué significa irreverencia. Los que se dedican a xoder a los demás sólo porque sí. Los que están tan aburridos de su existencia que descargan su mierda en donde sea, no vaya a ser que no notemos que por ahí andan. Ay, vogones, tómense el día. O todos los días. Tienen nuestro permiso.

La política. Existe una teoría que dice que los vogones fundaron el PRI. Y, luego, muchos de ellos, por aburrimiento o tibia ambición, migraron a otras entidades políticas. Dicen, no me consta, que también respaldaron a Trump y tramaron el Brexit. Después de todo, su corazón burocrático se siente como en casa en estos ambientes enrarecidos. Los vogones, por consecuencia, tienden a la corrupción, al alargamiento de plazos, al aplatanamiento oficinesco, a la trancita sistemática, al parasitismo institucional. Con esto no disculpo a los humanos que han aprovechado todo este sistema para hacer de las suyas en pequeño o en grande, que tal vez excedan en número a los vogones. Y, además, ¡es año de elecciones! Pero, dese cuenta, lector, que el vogón aunque se vista de joven-emprendedor-con-ansia-de-progreso, vogón se queda.

Seguro el lector, tras sumergirse en la Guía (y ni siquiera debe ser el libro: hay serie de radio, de televisión y película) detectará más manifestaciones vogonas en nuestro día a día. Si es así, ilústreme por favor: no quiero convertirme a su causa. Jamás. No garantizo que suceda, pero haré todo lo posible para que no sea así.

Pase lo que pase, suerte allá afuera. Dos últimos consejos, permítanme ser repetitivo: nunca salga de casa sin la Guía y sin una toalla. Porque nunca sabe uno cuándo va a necesitarlas.

C/S.

 

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Esteban Cisneros
(León, Guanajuato) es panza verde, músico de tres acordes, lector, escritor, dandi entre basura. Cuanto sabe lo aprendió entre surcos de vinilo y vermú y los Beatles. Está convencido de que la felicidad son los 37 minutos que dura el primer disco de Dexys Midnight Runners. Procura llevar una toalla a todos lados por si hay que hacer autoestop intergaláctico.

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