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22:00h. Martes, 25 de Junio de 2019

Veinticinco años

José David Ibarra Torres

La detención de Mario Aburto
La detención de Mario Aburto

Con mucha dificultad pudo llegar a tiempo. La gente que se arremolinaba para pasar impedía el rápido acceso a la concentración. Era una de las colonias más pobres del país y todos querían pedirle algo.

Habló, sereno, de sus sueños para cambiar el futuro, de tener la dicha de un presente para los niños, y se asemejó entonces a quien imaginó y cantó alguna vez sobre sus ideales, de que no hubiera infierno para nadie, de vivir sin tener que matar al otro por una posesión, de encontrar la forma de coexistir y respetar a los demás.

Sus gritos fueron en contra de los opresores, y sentía miedo pero al mismo tiempo coraje por todo lo que había pasado sin solución.

Las palmas lo animaron y su sangre bullía de emoción en su pecho.

El cambio ocurrió al bajar del templete.

Fue apretujado por una marea de cuerpos que lo sofocaba, aunque se esforzaba por sonreír. De cualquier modo, no se acostumbraba a tanto contacto, aun cuando él quería estar con ellos y hacer a un lado cualquier formalismo.

Una punzada le recorrió desde la nuca hasta los pies; ya le había pasado en otras ocasiones -pero nunca de forma tan intensa- desde su niñez: casi adivinaba cuando estaba en peligro.

Pero no podía correr; aunque le abrían el paso algunos ayudantes, avanzaba poco a poco, con desesperación. Una música estridente cerraba toda posibilidad de comunicación con quienes querían llegar hasta él a pesar de todo.

Sintió en la sien derecha el metal frío que le empujó la cabeza, y de reojo alcanzó a ver una pistola.

Encogió el cuerpo por instinto y tuvo el reflejo de huir, pero una bala fue más rápida que su naturaleza y le atravesó el cráneo sin remedio.

Su ser primitivo vio por última vez a la multitud, que lo miraba con horror.

Un dolor infinito le ahogó el alma, porque ya no podría ver a su familia. No podría aspirar más el perfume de su esposa, ni besarla, ni quererla, ni fundirse en su ser, ni tener entre sus brazos a sus hijos y verlos crecer. Pobrecitos de ellos.

Ni llorar, ni reír.

Ni sentirse vivo.

Un segundo antes de caer escuchó -como entre sueños- otra detonación, pero no comprendió nada ya. La garganta se le cerró con un líquido espeso, y entró de lleno en un plano distante, en donde todo había cambiado.

Una luz intensa invadió todo su cuerpo por dentro.

Quedó inerte, tan humano, tan indefenso, y tan abandonado como nunca se había visto.

Los demás sintieron un poco de su misma tristeza y desesperación. Pero quedaron sólo sumidos en una indignación creciente: ¿Quién fue, por qué?

Las lágrimas se diluyeron en el dolor de la nostalgia, y el recuerdo marcó las palabras finales, que habrían de mantener una imagen viva y un sentimiento de cualquier forma. Una frase en la tumba quedó presente desde hace 25 años: “Veo un México con hambre y sed de justicia. Descanse en paz, Luis Donaldo Colosio Murrieta”.

Ya nada iba a ser igual.

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