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Amenazas infantiles

Chema Rosas

 

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Amenazas infantiles
Amenazas infantiles

Como muchas de las mejores historias, esta comienza en ese escaparate antropológico y fuente de experiencias surrealistas que algunos llaman fila del supermercado. Aún no era mi turno, pero ya estaba la banda libre para que comenzara a acomodar los víveres y estar tan preparado que la cajera no supiera qué hacer con el “¿le puedo comenzar a marcar?” que seguramente tenía preparado para mí. Como dicta el protocolo, coloqué el triángulo separador para indicar que a partir de ahí comenzaba mi cuenta y procedí a acomodar meticulosamente los productos por tipo y peso — sólo un loco pondría las bolsas de papas fritas antes que las latas de atún.

En eso estaba cuando una mujer joven se colocó en la fila detrás de mí. En su carrito, donde tradicionalmente uno lleva lo que va a comprar había (además de bebidas con lactobacilos, frutas y salchichas) un pequeño de aproximadamente tres años. El párvulo venía de pie en violación flagrante de las normas de seguridad, pero al no ser yo su progenitor, tutor legal o miembro de las fuerzas especiales para investigar crímenes de supermercado decidí hacerme de la vista gorda y continuar con la faena. O esa era mi intención.

En un sorprendente despliegue de agilidad y fuerza, el niño salió de su carrito y ahora estaba parado sobre el mío. Para ser exactos, estaba parado sobre el pan de caja que pensaba comprar. Alarmado me dirigí a la madre del destructor de mis futuros emparedados. Ella estaba concentrada en algo interesantísimo en su celular y en fingir que no se daba cuenta de lo que pasaba. Le insistí con un “disculpe…” en un volumen suficientemente alto para que no pudiera pretender no haber escuchado. La chica me volteó a ver y luego al producto de sus entrañas. Entonces ocurrió lo peor.

Pensé que le diría algo al niño y se desharía en disculpas, se ofrecería a conseguir otro pan de caja y yo, por supuesto, me negaría cortésmente, pero agradecería su gesto. En lugar de eso me volteó a ver como si le acabara de pedir el dinero de la tanda, cargó al escuincle y lo colocó de nuevo en su carrito de origen. Me sorprendió su poca consideración. Sin embargo, decidí hacer a un lado mis comentarios junto con el pan aplastado y seguí acomodando la despensa. El hombre que estaba frente a mí ya estaba firmando su cuenta así que tenía que darme prisa.

Estaba terminando de colocar mis cosas cuando el pequeño acróbata del infierno subió medio cuerpo a la banda sin fin y ahora practicaba experimentos newtonianos con mis manzanas y otros vegetales. Decidí que cualquier interacción con la madre rendiría pocos frutos, así que intenté probar suerte y dirigirme directo al delincuente juvenil en ciernes.

— ¡Hola! —le dije con voz firme a la cual le intenté imprimir un toque de autoridad. —Oye, esas son mis cosas y las golpeando, además no deberías estar ahí… ¿te ayudo a regresar a tu carrito?

Como respuesta, ese decepcionante futuro de México agarró uno de mis refrescos y empezó a lamer la taparrosca.

La madre estaba de nuevo esforzándose por ser un personaje incidental en la tira cómica que se estaba desarrollando frente a ella. Yo por otro lado puse toda mi fuerza de voluntad en frenar mis impulsos y evitar así convertirme en protagonista de la nota roja. Le pedí directamente a la progenitora de Satán que hiciera algo al respecto. De nuevo me vio como si yo fuera quien le impidió tomar ácido fólico durante el embarazo, cargó al niño y lo puso de nuevo en su carrito. Como consecuencia ocurrió lo que la señora quería evitar desde el principio y que todos sabíamos que ocurriría: El niño comenzó a berrear y se desquitó con las cosas dentro de su carrito. Ahora que le era imposible concentrarse en el celular, la madre se resignó e intentó controlar la situación

—¡Ya te dije que te estuvieras quieto, deja de molestar al señor o le voy a decir que te lleve! — como respuesta el pequeño aumentó los decibeles de su alarido y yo me apresuré a salir de ahí antes de que en efecto cumpliera la amenaza.

El drama continuó mientras mis víveres sobrevivientes pasaban por la caja y siguió mientras le daba la propina al cerillo. Los gritos desesperados del infante se escuchaban al meter las bolsas en la cajuela del auto y podría jurar que lo oí cuando ya estaba entrando a mi casa, a varios kilómetros del supermercado. Casi me sentí mal por la señora y todos a su alrededor. No tengo idea de cómo habrá terminado el berrinche o si al día de hoy, el engendro sigue pataleando porque no lo dejaron seguir vandalizando mis cosas. Lo que me quedó claro es que, aunque el niño ya estaba llorando, lo que verdaderamente lo dejó inconsolable fue la amenaza de que me lo iba a llevar.

Lo que a mí me dejó inconsolable fue que me usaran para amenazar a un niño. Tales tácticas están basadas en utilizar el terror como refuerzo negativo que logre modificar la conducta indeseada por una que no incomode al adulto. Los padres poco creativos y apegados a la tradición suelen advertir a los niños que si no se portan bien se los llevará la policía, serán entregados a los gitanos, al robachicos, al hombre del costal o peor, que los llevarán al dentista o le dirán al doctor que les ponga inyecciones…. Pero esa señora sólo me señaló y el niño sintió que su mundo caía a pedazos. Me pregunto qué habré hecho para causar esa impresión y estar a la par de los clásicos. Sería útil la próxima vez que esté en la fila y otro retoño se meta con mis cosas.

notengomeil@gmail.com

 

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

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