Domingo. 17.11.2019
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¡ASÍ QUÉ CHISTE!

Néstor Pompeyo Granja J.

 

Charles Chaplin, “Modern Times”
Charles Chaplin, “Modern Times”
¡ASÍ QUÉ CHISTE!

“Hasta los dioses aman las bromas”

 -Platón

— Ni estuvo tan violenta…

— ¡Claro que sí!

— Están más violentas las de Hostal, por ejemplo. Ésta es más bien incómoda.

— (…)

 

Tal fue el diálogo que tuvimos S y yo al terminar la función de Joker. S: Que no estuvo tan violenta. Yo: Que sí. Y pese al desacuerdo, comprendí el punto de mi acompañante. Nos hemos habituado a las violencias que tienen forma visible, comprobable. Las que existen porque se observan. Pero seguimos sin saber qué hacer ante las violencias veladas, las que permanecen ocultas, detrás de estructuras cuyos modos de operar hemos aceptado como normales. Por eso Joker ha generado incomodidad. Por eso ha provocado miedo, turbación e impacto a pesar de que el gore y la crueldad física estén relativamente dosificados en pantalla: porque nos ha restregado en la cara las infinitas posibilidades de ser víctimas reales, en un sistema donde el acto violento se ha convertido en el estilo de vida por excelencia, pero no se le nombra ni se le reconoce como tal. Y el problema es que no estamos acostumbrados a que se nos confronte con la brutalidad de lo incuestionable. En ese sentido, no deja de resultarme curioso que en plena era de la denuncia social, las protestas y la exigencia de derechos, sea una película (¿de ficción?) la que esté logrando que veamos a los ojos de la desalmada Medusa. Acaso términos como “social”, “política”, “económica”, “de clase”, entre otros, nos parezcan improbables para adjetivar teóricamente el concepto de violencia. Pero cuando un personaje de la talla del Guasón, con todo y su nivel de penetración cultural, se vuelve objeto de injuria y encarnación potencial del espectador, entonces, y sólo entonces, comprendemos y sí: nos petrificamos.

 

Lo verdaderamente aterrador en Joker es su inmisericordia para evidenciar la patología sistémica que nos ha engullido. Nos ha demostrado que tenemos razones, y muchas, para estar encabronados. Ha tomado numerosos tópicos de la salud mental y ha mostrado su origen multifactorial a distintos niveles. Arthur Fleck es sólo la cara visible del monstruo, pero la verdadera Maldad permanece difusa y al acecho, perfectamente extendida en todas las capas del tejido sociocultural. Por eso el Guasón ríe (¿llora?) en espasmos incontrolables: porque la risa es un efectivo mecanismo de defensa ante la amenaza, pero sobre todo, ante aquello que tiene, en efecto, el poder de destruir.

 

Y justamente por eso, porque la ferocidad viene de arriba, la broma más desalmada en toda la película es ejecutada con aterradora naturalidad por la élite de Gotham (o de cualquier otra ciudad, da igual): ellos ríen con entusiasmo genuino, con cinismo, al disfrutar el clásico de Charles Chaplin, “Modern Times”. Se ríen de Fleck y todo lo que él representa. Se ríen de usted y se ríen de mí. Se ríen en un genial recurso metadiscursivo que nos dice que sí: que el fenómeno de la violencia está vigente. Es más: es atemporal. Y en cada momento histórico donde la broma ha sido gastada, el objeto de burla siempre ha sido el mismo. ¿Necesito decir de quién se trata? ¡Pero claro que no! ¡Así qué chiste!

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