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ENSAYO

Un repaso por tres revistas literarias

Jorge Omar Muñoz

Tachas 361
Tachas 361
Un repaso por tres revistas literarias

Es curioso lo sorpresiva que suele ser la literatura. Se pueden escuchar frases, repetirlas una y otra vez a lo largo de nuestra vida y ni siquiera nos podríamos percatar que lo dicho lleva más tiempo entre las voces de las personas que de lo que podríamos imaginar. Me bastó ayudar a bajar un pastel del auto de una mujer para que mi acto se midiera con una estrofa:

Juventud divino tesoro
Ya te vas para no volver
Cuando quiero llorar no lloro
Y a veces lloro sin querer…

Los versos forman parte del poema: “Canción de otoño en primavera” y fue escrito por Rubén Darío. Me asombró su capacidad de memorización, sobre todo una vez que la vi recitar sin error varios poemas de Amado Nervo.  Fui entendiendo que la Memorización, la recitación y el gusto por el estilo modernista parecían ser su sello distintivo. No pude evitar pensar que su generación, una que se había formado en las escuelas mexicanas de mediados del siglo XX, aportó a sus gustos.  La declamación, la memorización y los concursos literarios bajo referentes modernistas formaban parte del repertorio de actividades que pudo haber vivido la mujer durante su niñez, no obstante, existe un elemento extra: su adhesión al grupo literario Oasis. Los fundadores de aquel grupo representan los últimos ecos de un estallido literario que comenzó a finales del siglo XIX con Manuel Gutiérrez Nájera y José Martí, que consolidó Rubén Darío con su libro Azul… y culminó en 1921 con la muerte de Ramón López Velarde. Apegados a los cánones de la historia literaria en México, la generación de Oasis puede verse como un grupo de escritores imbuidos en un estilo poético trasnochado. La historia literaria es más compleja y exige atender al detalle para comprender sus múltiples aristas. Oasis fue un grupo artístico y literario que surgió en León en 1949. Sus antecedentes recaen en otra agrupación artística llamada La trapa, y esta, a su vez, encuentra sus orígenes en las revistas Alma Joven y Revista Blanca. Los poetas que publican en ambas revistas son ávidos lectores de la poesía de Manuel José Othón, Manuel Gutiérrez Nájera o Manuel Acuña. Sus lecturas gradualmente van congregándose en torno a una realidad cuyo comportamiento era evaluado por la fe católica, donde la nostalgia por su niñez y el aprecio por la naturaleza era equiparable a la intensidad de un amor no correspondido. Estos elementos van comprimiéndose hasta que sus poemas corresponden a su gusto por la escritura.

El presente artículo tiene como objetivo mostrar un breve panorama que justifique el entorno histórico y la formación educativa de algunos poetas que publicaron en la Revista Blanca y Alma joven. Para construir el texto se tomó en cuenta la formación seminarista de los poetas de principios del siglo XX. Esto se presenta como una constante que se puede ejemplificar con algunos personajes como Ramón López Velarde, que estudió en el seminario de Aguascalientes, o Salvador Díaz Mirón, cuyos estudios los llevó a cabo en el seminario de Xalapa, Veracruz.  Por lo tanto, el texto sólo considera a aquellos que estudiaron en los seminarios del Divino Salvador de Purísima del Rincón (Hoy Purísima de Bustos) y el Seminario Conciliar de León. También se pretende revelar parte del contenido de los impresos, así como un cuadro que muestre los nombres de todos los escritores que colaboraron en los impresos.

Los ecos del cisne

Las primeras dos décadas del siglo XX significaron para la poesía Modernista un punto de inflexión donde el movimiento comenzó a resentir sus últimos días. El Futurismo en Italia o el Dadaísmo en Zúrich se arraigaron en el ámbito literario de una Europa que generó pocos adeptos al estilo nacido en Hispanoamérica. Con la muerte de Rubén Darío en 1916 se pierde uno de los mayores difusores del estilo en el viejo continente. Pese a todo, los escritores mexicanos siguieron usando el movimiento como el basamento ideal para erigir sus versos. Los escritores románticos, parnasianos y simbolistas continuaron siendo para los poetas jóvenes un ejemplo de escritura. La capital mexicana es el epicentro de las ambiciones literarias, todo aquel que pretenda obtener renombre en el mundo de las letras debía acudir ahí. El centralismo, fruto de las aspiraciones de modernidad de la época, relegó a la provincia a un segundo plano.  La división entre ambas regiones puede verse desde las discrepancias que ambas tenían en los rubros políticos, económicos y educativos. Es en este último que podemos ver con más notoriedad a las ideologías que incrementaron la división: el catolicismo y el liberalismo.

El problema fue un lastre que se arrastró desde la muerte de Maximiliano de Habsburgo. Aquellos que lograron la victoria en el Cerro de las Campanas no entendieron que para colocar un sistema de corte liberal en el país había que aprender a sustituir al antiguo, es decir, la iglesia. Una vez muerto el austriaco, el clero entendió que la lucha armada ya no era una opción. Implementaron un proyecto llamado: “Reforma eclesiástica o de restauración católica”. Esto consistió en:

[…] una reorganización territorial y administrativa tendiente a acrecentar el control de los obispos sobre el clero y a fortalecer la estructura parroquial. Creó arzobispados, obispados y parroquias; abrió seminarios y reformó los planes de estudio para mejorar la calidad académica.[1]

El plan venía respaldado desde Roma con las encíclicas Etsi Nos y Rerum Novarum (Creadas en 1882 y 1891 respectivamente). La primera encíclica consistía en generar redactores apegados al pensamiento clerical con la finalidad de contraatacar las ideas liberales. La segunda combatía directamente la economía liberal de la época, contrarrestándola mediante el uso de asociaciones o mutualismos que vieran por los intereses económicos de un grupo en vez de un individuo. Con Porfirio Díaz en el poder, ninguna de estas medidas encontró impedimento para ser ejecutadas. Los planes se lograron gracias al poco alcance que tenían las reformas liberales para ser implementadas en todo el país. La iglesia tenía la infraestructura suficiente para cubrir los huecos que el estado no podía rellenar en materia escolar, atención a menesterosos y enfermos.  Se llegó a un acuerdo: la iglesia recuperaría sus propiedades perdidas por las Leyes de Reforma a cambio de que se mantuviera al margen de la política y, de vez en cuando, desconociera levantamientos populares.[2] El gobierno de Díaz concentró su capacidad educativa en la capital, mientras que la iglesia se mantuvo en la provincia.

Entre el León y la Virgen

Para finales del siglo XIX hubo en todo el territorio mexicano 26 seminarios y 12 preparatorias[3]. Los pueblos guanajuatenses de León, San Francisco del Rincón y Purísima de Bustos no estaban exentos de la educación religiosa. Con la instauración de la diócesis en 1863, el obispo José María Diez de Sollano y Dávalos erigió al año siguiente, en la ciudad de León, el seminario conciliar. Nueve años después, en la ciudad de Purísima del Rincón, surgiría el Colegio del Divino Salvador bajo la dirección del Padre José Guadalupe Fernández Palacios.

Ambas instituciones gozaban de un plan de estudios idéntico, pues las dos obedecían los dictámenes que surgían de la diócesis: Idiomas, filosofía y facultad mayor. Cada área contaba con sus respectivas materias, por ejemplo, en idiomas se enseñaba a los alumnos español, inglés, latín, italiano, griego y otomí; en filosofía matemáticas, física, cronología y cosmografía; y en facultad mayor, teología, dogmática, moral, religión y santa escritura [4].

Las habilidades de redacción no solamente se pulían en clase, los seminarios buscaban que su estudiantado tuviera un espacio donde mostrar sus escritos al público. De 1901 a 1903 se editaron tres revistas de corte literario exclusivos para el alumnado. Las primeras surgieron en el seminario de León y llevaron por nombre Eco literario y La bandera guadalupana. La última surgió en el Colegio del Divino Salvador y tuvo por nombre El Aguinaldo. Si bien los artículos formaban parte del contenido de las impresiones, también se le otorgó un amplio espacio a la poesía. De hecho, durante las mismas fechas en que se crearon los impresos, publicaron una colección de poemas religiosos.

Los estudios iban acompañados de la disciplina propia de quienes dirigían los recintos. Había que asistir a misa o participar en oraciones durante determinadas horas del día. En Purísima el comportamiento de los estudiantes era observado por los clérigos en los momentos de recreación. Cualquier inasistencia o falta a los valores salatorianos eran anotados en un diario para una futura reprimenda[5].

La religiosidad ya estaba arraigada en la población incluso antes de la llegada de un seminario o una diócesis [6]. Participar en ceremonias religiosas como la asistencia a misa o escuchar los sermones del sacerdote fueron influyendo en el desarrollo de sus actividades diarias o en su comportamiento frente a los demás. Carlos Monsiváis, concibe a la provincia de principios de siglo XX con estas características:

  • El catolicismo, la fe de los ancestros, que, además de la relación con la trascendencia, produce la gran estética de las iglesias la liturgia y el amor a los símbolos.
  • La identificación de lo nacional con el ordenamiento rígido y el cumplimiento forzado de las costumbres (Sociales y religiosas). También lo nacional es simultáneamente la severidad y el relajo, la noche de la fiesta y la mañana del arrepentimiento.
  • La fe como la gran herencia familiar, que es también la correa de transmisión del dogma.
  • La intolerancia expresada como defensa de las esencias nacionales, la moral y las buenas costumbres.[7]

La familia, la religión y el trabajo era el ritmo de vida común entre los habitantes leoneses[8]. El antiguo cronista de León, Timoteo Lozano, resume la vida de un ciudadano leonés de la época:

En el apacible transcurrir de las horas provincianas, los laboriosos leoneses distraían sus ocios que no eran muchos, en la forma que les era posible tanto llegaba la época de las anuales diversiones […]. Volvían a sus hogares en busca de una cena frugal, frijoles refritos, queso, y un oloroso jarro de atole; comentando entre sopa y trago lo ocurrido en el taller. Las noticias de “El pueblo católico”, el último desaguisado de los valentones de oficio, o las imprescindibles consejas de aparecidos que “enchinaban” el cuerpo al irse a la cama, luego de apagar la mesa de cebo “larga” o “torcida” […] quedando la recamara hundida en la sombra apenas disipada por el parpadeo de la lamparita de aceite bajo el cromo de la virgen o del Cristo de faz dolorida y sangrante.[9]

La vida sencilla de un habitante de provincia se ceñía a la aún vigente oración: “Si Dios me da licencia”. Tomemos en cuenta que para 1910, el 99% de la población mexicana estaba bautizada y practicaba el catolicismo[10].  No es extraño entender que para la época la diversión debía agendarse y conllevaba un límite de tiempo, pues todo exceso era medido bajo los estándares del dogma católico. La moralidad no veía con malos ojos las fiestas más allá del momento establecido (que normalmente eran las fiestas de algún patrono de parroquia o relacionadas con la navidad) siempre y cuando fueran discretas. Las tertulias eran reuniones que se hacían a puerta cerrada donde la familia y los amigos tocaban instrumentos musicales, bailaban, cantaban o recitaban poemas.

En esta vida el único consuelo
Es acordarse de las horas bellas

De 1900 a 1910 el periódico era el principal medio informativo. En San Francisco del Rincón se fundaron diez periódicos durante esa década[11]. De estos diez periódicos, cuatro tuvieron un espacio para divulgar poemas y cinco fueron hechos por poetas. De entre los vates, tres estudiaron en el Colegio del Divino Salvador y publicaron sus poemas en las Revistas Alma Joven y Revista Blanca. Entre ellos estaban:  Victoriano Rodríguez, José Muñoz Ferro, Francisco y Julio Orozco Muñoz.

La revista Alma Joven apareció por primera vez en junio de 1906. Contó con tres editores: Rafael Lozano, Francisco Orozco Muñoz y Vicente J. González1. Las publicaciones eran quincenales y se generaron nueve números. El segundo impreso fue la Revista Blanca. Contó con la participación de dos editores: Vicente Villasana y Carlos Padilla.  Surgió el primero de junio de 1909, su tiraje fue mensual y contó con doce números. En 1910, La revista Alma Joven cambió el lugar de publicación, ya no fue editada en León como las otras revistas, sino en Lagos de Moreno.  Este impreso tuvo como director a Vicente Villasana y logró su primer número en abril de 1910. Sólo contó con tres números.

El contenido de las revistas era exclusivamente literario. Abundan las formas poéticas como el verso libre, el soneto, dísticos y cuartetos. En cuanto al ritmo interno de los poemas (es decir, el contenido temático o las imágenes que producen una serie de versos), suelen a ludir al amor romántico, a la naturaleza, a Dios, a la futilidad de la vida o las ansias de morir. Sus temas van acordes al estilo Modernista. Para entender su poesía hay que observar a sus referentes.

El modernismo debe verse como un estilo ecléctico. Para un poeta que quería encontrar su identidad como escritor tenía que identificarla entre las letras de corte romántico, parnasiano, simbolista, incluso en las obras literarias del siglo de oro español.  Tomando como referentes las menciones en las revistas o lo que permanece archivado de las bibliotecas de Julio Orozco Muñoz y José de Jesús González, puede verse un panorama sobre cuáles eran sus escritores preferidos. Se destacan: Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Manuel Acuña, Sor Juana Inés de la Cruz, Guillermo Prieto, Víctor Hugo, Goethe, Lamartine, José Santos Chocano, Juan de Dios Peza, José Zorrilla, Lope de Vega, Amado Nervo, Baudelaire, Schiller y Fray Luis de León. Para dar más notoriedad a estos referentes basta con comparar el poema “In umbra” de José A. Guerra, publicado en el Núm. 4 de la revista Alma Joven de 1906, con el poema de Manuel Gutiérrez Nájera “Para entonces”:

Comparación poemas Jorge Omar García

La nostalgia por la muerte, implícita en ambos poemas, es alimentada por el pesimismo imperante de la época. El pensamiento individual va gradualmente relegándose a un segundo término, las incipientes democracias van adecuando su lenguaje hacía una política de masas, el liberalismo se consolida como el ritmo que acompasa a las naciones occidentales y poco a poco va abriéndose paso en oriente. Se empieza a imponer lo objetivo en detrimento de los subjetivo. El artista bifurca sus andamiajes por el mundo: puede optar por relatar la realidad tal como es (Realismo y Naturalismo) o ensimismarse en sus pensamientos (simbolismo). Para aquellos que optan por lo segundo, el pensamiento, el silencio y la escritura no difieren de la muerte, pues es ante todas que el individuo debe entregarse en soledad. Manuel Gutiérrez Nájera es víctima de sus circunstancias: atrapado en un trabajo de periodista que le exige disciplina las 24 horas, su labor como escritor se profesionaliza, sin embargo, sus dotes literarios funcionan para subsistir y no para un mero goce estético. El poeta moderno, que Nájera auguró, adopta la línea “El arte por el arte” para concebir sus versos. En los poemas mencionados aparecen palabras que exigen un diccionario para su comprensión. “Aleve” y “áureas” son solo unas cuantas evidencias que dan testimonio que la comprensión de un verso era para sólo unos cuantos elegidos y no para el vulgo. Basta saber que durante el porfiriato sólo 20% de la población tenía la capacidad de leer y escribir[12].

Mantenerse en diálogo con otros escritores era fundamental para que un poeta diera a conocer su obra. Las cartas y las revistas literarias eran los medios idóneos. La revista Azul (1894-1896), uno de los principales escaparates del Modernismo en el país, agrupó a toda una multitud de escritores de diferentes latitudes de la nación y más allá del territorio mexicano. Poetas como Rubén Darío o José Santos Chocano publicaron sus poemas ahí.   La revista Alma Joven no gozaba de estas participaciones, pero su intención era relacionar y dar a conocer, como su nombre lo dice, escritores jóvenes.  Ninguno de los poetas oriundos de San Francisco del Rincón que publicaron en la revista superaban los treinta años de edad.  Es menester aclarar que los impresos no eran exclusivos de escritores nacidos en los municipios guanajuatenses, en ella participaron escritores de Jalisco, Zacatecas, Querétaro, Durango y Michoacán. A continuación, mostraré una tabla con los nombres de todas las personalidades que formaron parte de la revista. Junto a los nombres se incluirá el número de publicaciones que realizaron y el sitio donde los publicaron.

Los nombres están colocados justo como aparecen en las revistas; Hernández, Efrén, es el padre de Efrén Hernández, el creador del cuento Tachas.

Tabla Jorge Omar

Con estas revistas se presentan los primeros atisbos del grupo artístico La trapa. La organización toma los conceptos del mutualismo, sin embargo, a diferencia de otro órgano de tipo mutualista como lo era el Circulo Leonés (radicado en la misma ciudad de León), cuyos intereses giraban en torno a la protección económica de sus agregados, La trapa buscó únicamente la difusión artística.  Aquí son miembros fundadores: José de Jesús González, Julio Orozco Muñoz, Vicente González del Castillo y José Ruiz Miranda. Posteriormente se integraría el obispo leonés Emeterio Valverde y Téllez. Con él, el grupo se torna uno de los principales difusores de la cultura y las artes durante la segunda década del siglo XX. Los miembros de La trapa se tornarían a largo plazo los maestros de las futuras generaciones. Esta relación va labrando un culto al pasado que se refleja en los libros que publican los poetas. En 1949, Julio Orozco Muñoz publicaría el libro biográfico “Victoriano Rodríguez poeta y periodista francorrinconense”. Pascual Aceves Barajas, miembro del grupo literario Oasis, realizaría un libro similar con el nombre de “Victoriano Rodríguez poeta de las muchedumbres”.  Los dos son libros con un mismo tema y ambos se diferencian uno del otro por el estilo en que sus autores redactaron el libro. El pasado no es un monumento inamovible que sólo existe para su mera contemplación o para su lectura. La historia es un fenómeno vivo, que ejerce su influencia mediante la memoria y resignifica nuestro presente a partir de nuestros sentidos. Un aroma, un comentario, o en este caso, un poema es suficiente para que la vida deje de girar en torno a la desgracia. ¿El pasado fue mejor? Probablemente no. Lo que queda es saber qué hacer con el tiempo de aquellos que ya fueron, entender que la historia es precisamente eso: el tiempo de aquellas personas. Apreciar el pasado es otra forma de otredad. Berta Hernández es el nombre de la mujer que recitó los versos de Rubén Darío y es sobrina de Efrén Hernández. Si el “verbo” llegó a ser la carne, aquí el “verso” la hizo historia.




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[1] Camacho Mercado, E. (2013). Restauración católica y cultura escrita en una parroquia rural de la arquidiócesis de Guadalajara (Totatiche, 1906-1927). En VVAA: Catolicismo y sociedad. Nueve miradas. Siglos XVII-XXI. México. Miguel Ángel Porrúa, P.123.

[2]Kuntz Ficker, S., y Speckman Guerra, E. (2019). Nueva Historia General de México. Ciudad de México. Colegio de México, P.196.

[3] Canal 22. (productor).(2019).Vida nada te debo Amado Nervo. [Youtube]. De: http://youtu.be/dQaxiAhBhFM

[4] Ojeda, J, J. (1998). El antiguo seminario. León. S/E.

[5] La educación salatoriana consistía en la práctica del sacramento, la lectura y la predicación mencionadas en las sagradas escrituras. Esto iba acorde a la filosofía que le había sido enseñada al padre Fernández durante sus estudios en el Oratorio de San Felipe Neri. Vázquez Espíndola, J, E. (2005). Colegio del Divino Salvador. Morelia, Michoacán. Universidad de León/ Seminario de Cultura mexicana, p. 83.

[6] Testimonios del propio padre Fernández mencionan que las familias de Purísima no veían con buenos ojos la asistencia de sus hijos a la escuela, pues había niños que sólo asistían un mes y no se emitían motivos de su ausencia. Ibid, p.47

[7]Monsiváis, C. (2008). Escribir, por ejemplo. Ciudad de México. Fondo de Cultura Económica, P.38-39.

[8] Gómez Vargas, H. (2004). La ciudad y la furia. León: Universidad iberoamericana, P.49.

[9] Lozano Martínez, T. (febrero del 2006). Los primeros cines. Estampas leonesas. (9). P 32.

[10]Ibid, p.527.

[11] Los diez periódicos fueron: La Aurora Boreal (1903), El Aguinaldo (1903), El industrial (1904), El correo del interior (1905), El clarín (1905), La provincia (1907), El iris (1907), El centenario (1907), El gallito (1908) y Actualidades (1910).

[12] Cervantes, F, I. (2019). Las obras en sus libros: la materialidad de la literatura en México. En VVAA: Historia de las literaturas en México. Ciudad de México. UNAM, p. 22.

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