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CUENTO

Tres gatos muertos / Gilda Manso

Tachas 372
Tachas 372
Tres gatos muertos / Gilda Manso


Aunque no podía explicarlo de una manera clara, Verónica sabía que si una cosa sucede una vez, se trata de un hecho aislado; si sucede dos veces, ya es tendencia. Y los gatos muertos eran tres.

Habían aparecido en el medio de la calle, frente a la casa de rejas blancas, la que estaba al lado del almacén del barrio. Uno el martes, otro el miércoles, otro el jueves, con la innegable rigidez de la muerte. Los autos los esquivaban como podían, hasta que Verónica reprimía el asco y la pena y los corría hacia la zanja, mirando de reojo la casa de rejas blancas, porque Verónica no creía en las casualidades.

En esa casa pasaba algo raro, Verónica lo percibía. Demasiado silencio siempre, demasiada quietud. Todos en la cuadra sabían que la casa estaba habitada por una pareja con dos hijos pequeños, y nadie sabía nada más.

—¿Y qué se supone que vas a hacer, Verónica? ¿Tocarles el timbre y preguntarles por los gatos muertos? Ni se te ocurra, ¿me escuchaste?

El padre de Verónica habló claro y Verónica, niña obediente, le ofreció un dócil sí, papá, y luego salió a la vereda, cruzó la calle y no tocó el timbre de la casa extraña sino que se trepó a las rejas y saltó al interior con la impunidad que creía que le otorgaba el tener doce años, en busca de las respuestas al misterio de los gatos muertos. Y adentro no halló gatos muertos ni vivos, pero encontró a los hijos de los dueños de la casa atados a la cama, quemados, cortados, y mudos de espanto. Y encontró un teléfono y llamó a su padre, y le dijo que llame a la policía antes de que los padres de los nenes volvieran del trabajo.

Y mientras la policía y los canales de televisión se ocupaban del caso del día, Verónica vio cómo el almacenero, escondido tras el escudo del tumulto, le agregaba un polvillo innecesario y por lo tanto sospechoso a un plato de leche que, instantes después, le ofrecería a un gato que esperaba con relamida ansiedad. Entonces Verónica se resignó a ser heroína no como hecho aislado sino como tendencia, y llamó a un policía que estaba cerca suyo, y le dijo que el almacenero era un asesino de gatos, y que lo que sucede tres veces sucede cuatro, y que los gatos muertos eran tres.





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Gilda Manso. Periodista y escritora argentina (Buenos Aires, 1983). Se desempeñó como redactora, correctora y cronista en diversos medios gráficos. Ha publicado el libro de cuentos Primitivo ramo de orquídeas (Editorial Libros en Red, 2008). Además, su cuento “Sombras chinescas” integra la antología Ronda de cuentos, de Editorial Dunken. Este cuento fue publicado en Letralia. Tierra de Letras.

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