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VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE LA VIDA COTIDIANA EN EL ANTROPOCENO

Viñetas etnográficas sobre la vida cotidiana en el Antropoceno • Como un pajarito • Maricruz Romero Ugalde

Maricruz Romero Ugalde

Maricruz Romero Ugalde - Como un pajarito
Maricruz Romero Ugalde - Como un pajarito
Viñetas etnográficas sobre la vida cotidiana en el Antropoceno • Como un pajarito • Maricruz Romero Ugalde

Para María Cruz Ugalde de Zúñiga

¿A sus 91 años cuál es su mayor logro en la vida? Le preguntó la joven estudiante de Antropología Social de la Universidad de Guanajuato, en época de pandemia, siempre conservando la sana distancia y con su cubrebocas.  Ella, sin miramiento contestó: “estar viva y hacer lo que me dé la gana”.

La respuesta sorprendió a la chica. La mujer había pasado de un semblante sereno a la seguridad y claridad que pareció rejuvenecerla en un instante. Con una respuesta tan determinante, parecía que se había acabado la conversación. La señora había sido elegida por su perfil: migrante del campo a la ciudad, en edad para ejercer su voto en la década de los 50´s, independiente, con seguridad social y con lucidez para participar en el proyecto sobre los cambios en la percepción del derecho ciudadano de votar. Cabe recordar que, en 1953, México aprobó el derecho de las mujeres a votar y por primera vez lo ejercieron en 1955.[1]

Mary, como le gusta que le digan, migró de Michoacán a la Ciudad de México a la edad de 16 años. Fue la primera mujer de la familia que rompió con la tradición de casarse o ser robada para tener hijos y cuidar del marido. Se salvó, por muy poco. Ella cuenta que ya trabajaba como taquillera en uno de los cines del pueblo, el que pertenecía al expresidente municipal, que había modernizado Zacapu al invertir lo ganado en Estados Unidos en instalar un aserradero, el primer hotel con alberca y el cine, además de —ya en su ejercicio como líder del Ayuntamiento– haber instalado la Deportiva, infraestructura que competía con el Club para los trabajadores de Celanese Mexicana. Había muerto su padre unos meses antes, cuando llegó su tía para invitarla a ayudarla en su negocio en la Ciudad de México; era 1946. Aceptó. Mucho tiempo después se enteraría que esa noche, había por lo menos tres interesados en robársela al término del festival del día de las madres. En la gran ciudad, sus primas la “educaron” para ser mujer moderna, cambiar de peinado, usar medias, cortarse el cabello, entre muchas cosas más. Estudió para modista y así obtuvo su segundo empleo. Confeccionaba lencería fina que se vendía en las colonias Condesa y Roma. Después conoció a quien sería su esposo, juntos procrearon 3 hijos, se divorció, tuvo su negocio independiente y gracias a eso, ahora es una pensionada del Seguro Social.

En 1950 no hubo sustitución de importaciones para un gran conjunto de bienes, debido a que las industrias nacionales ya satisfacían 95% del mercado nacional de productos como textiles, alimentos, bebidas y tabaco (clasificados como industrias básicas), calzado y jabón (clasificados como bienes de consumo) y hule, alcohol y vidrio (clasificados como bienes intermedios).[2]

Mary Cruz, como le llamó siempre su mamá, al ver el titubeo de la estudiante, que se había quedado pensando en todo lo que había tenido que decidir antes de estar ahí, en campo, continuo: “Bueno…el mayor logro en mi vida… que a mis hijos les haya gustado la escuela, yo sólo estudié hasta el tercer año de primaria”. Se quedó pensativa como “ida”, como le dijeron en otra entrevista a la estudiante allá con la gente del Mexquital. La “ida” sucedía cuando las personas ya mayores iban a consultar con los ancestros y luego regresaban. El zumbido de un colibrí en la maceta de la “Corona de Cristo” color morado las volvió al momento, y Cruz continuó: “Sí estudié. Allá en El Fresno, abajo estaba Irancuataro. Ahí, me acuerdo, me aprendí el poema para el festival, ya tenía uso de razón, como 7 años, pero no podía pasar a recitarlo, éramos muy pobres, no traía ni uniforme ni zapatos. En cambio, la hija del doctor parecía muñequita, siempre la llevaba a la escuela su papá en el único carro del pueblo. Ese lunes también. La maestra decidió vestirme con la ropa de la niña, su blusa, falda, zapatos… y que salgo frente a todos. Lo dije fluidito como río, y luego una cascada de aplausos. Fue lindo. Creo que era un poco inquieta. Mis padres parecían judíos errantes desde que se casaron… yo nada más me acuerdo que nos mudamos varias veces de rancho, siempre de noche, cargando el petate y lo poco que teníamos”. La chuparrosa —como le llaman al colibrí en Michoacán- seguía rondando las macetas del patio donde Doña Cruz aceptó dar la entrevista… “para agarrar un poquito de sol, con esta porquería de bicho, ya ni salir puede uno, menos viajar, o platicar seguido”, dijo. Esta vez, se posaba en la bugambilia, o camelina como se refiere a ella la señora Mary, quien con su característica sonrisa comenta: “Esa camelina fucsia me recordó el corral de atrás de la última casa en la que vivió mi mamá en Zacapu. Ahora todo es fácil, mi madre sí que sufrió. La casaron, se casó; yo no, me enamoré, él estaba casado, se separó… pero esa es otra historia, estábamos con mi mamá. Se casó con un primo lejano, le llevaba 38 años, de plano, ella era una niña. Una vez me contó que después de casados la encerraba por los celos. Ella nació en la Exhacienda del Vicario, allá por Apaseo El Grande. A él, a papá Abraham, lo mandó traer de Pátzcuaro para que se casara con alguna de las seis muchachas. Era el tiempo de la Revolución Mexicana y no había quien las cuidara, sólo él, y pues eran muchas, y todas casaderas. Así llegó Víctor Manuel, hijo único, hombre blanco de ojos verdes aceituna, quien en su juventud había trabajado como caballerango de Porfirio Díaz. Cuentan que en ese tiempo vestía elegante ataviado de joyas, sin embargo, después de la Revolución lo perdió todo. Respondió al llamado de Papá Abraham y eligió a Lupe, mi mamá. Estuvieron un tiempo en Apaseo y luego empezó su andar: cuando alguien lo reconocía, al día siguiente por la noche se iban a otro lugar. Yo sólo me acuerdo de Caurio, El Fresno y Zacapu. Soy la décima de 12 hijos, todos nacidos en diferentes sitios. Mi hermano más querido nació en Silao; los primeros con historia triste. Felipe, el primogénito, murió a los 14 años. Otros tres: José, Pilar y Dominga, fueron “angelitos”; fallecieron siendo bebés”.

Embelesada, la joven estudiante recordó la exposición del Museo de Arte e Historia de Guanajuato donde se había expuesto la obra de Rutilio Patiño, sus fotografías de “Angelitos”. El autor nacido en 1890 en Jaral del Progreso mostraba el amor, el respeto y el cuidado que las familias expresaban en las escenas registradas de sus “angelitos” a fines del siglo XIX.

Con un aplauso, Cruz llamó la atención de la chica. ¿Cuál era tu pregunta? Lo fresco del lugar empezaba a cambiar, ahora en modo bochornoso. Revisó su tablet donde llevaba la guía de preguntas, checó que la pequeña grabadora estuviera registrando y contestó: ¿Cuál es su mayor logro en su vida? “Eso ya te dije” refunfuñó. Perturbada, volvió a leer sus notas. Ah, sí… ¿Qué nuevos propósitos tiene? Cruz se le quedó mirando entre incrédula, consternada y curiosa. Y como a veces, no escucha bien, preguntó: ¡¿Qué?!

La estudiante, ahora sudaba y apenada, en vez de decir la pregunta más fuerte, la susurró: ¿Qué nuevos propósitos tiene?, le pareció tan ridículo su ejercicio escolar. ¿Cómo preguntarle eso, en este momento de incertidumbre, vulnerabilidad, riesgo, a alguien que ha vivido tanto?

La respuesta fue contundente: “cambiar a mi marido”. La joven, se sorprendió y tuvo que contener su reacción. Respiró profundo y cuando se disponía a continuar con el diálogo, Cruz subrayó: “cambiar a mi marido, que no de marido, ¿eh? Más vale viejo conocido que nuevo por conocer”. Se carcajeo. Su risa, tan contagiosa, relajó a la joven, quien recordó que la idea era que le contara más sobre su vida, especialmente sobre la importancia que le da al voto. La perrita que había permanecido apacible al lado de Cruz, se empezó a inquietar con los ruidos, se levantó siguiendo a un insecto. Cruz la miró, “Así, yo” dijo Cruz señalando a Maggie. “Cuando tenía como cinco años en Caurio, iba siguiendo el camino que dejaba el rastro de maíz que se desprendía de los sacos de la carreta tirada por un burro y una mula; me guiaba la curiosidad al ver la forma, el color y el tamaño de cada maicito separado del suelo. Un momento de libertad, asombro y magia. Se dibujaba la veredita y yo, tras ella. Llegaba hasta la tienda donde se dejaba el cargamento para la venta. Lupe, mi madre, con su vientre abultado, me observaba a lo lejos. Yo ponía cada grano con delicadeza en mi cubetita, no me debía ensuciar. Mi má siempre decía que una cosa era ser pobres y otra sucios. Diario había que regar y barrer muy bien el piso de tierra. Limpios, honestos y con palabra, eso eran sus piensos, lo que ella consideraba ser buena persona, decía. Ella todos los días leía su libro de oraciones, nos ponía a rezar el rosario, hacía sábanas con los retazos que iban quedando de la ropa, y juntaba el cabello que se desprendía de trenzar su cabello y el de nosotras para hacer almohadas. De joven acostumbraba llevar el cabello amarrado en un chonguito en la nuca. Ya mayor, prefería sus dos trenzas. Siempre con enaguas y delantal, y para salir, su rebozo negro con rayitas azules con blanco. Así, ese día, cuando ya casi llenaba mi cubetita con el maíz, sólo me tomó de la mano y dijo: “Cómo un pajarito”, y nos fuimos al jacal a echar las tortillas.

No había hecho la pregunta sobre el voto cuando Cruz empezó a estornudar. Se acabó la sesión. Al despedirse lo dijo: “¿y usted va a votar?”. Mary se rio y sólo contestó: “el voto es secreto y hay que ejercerlo”. La chica se quedó queriendo corregir. No había preguntado por quién iba a votar, sino si lo iba a hacer, pero en estos momentos, hacer esas preguntas cuando las casas se adornan con banderitas en los diferentes colores de los partidos, las paredes están apartadas y los “regalos” de los diputados en turno empiezan a llegar, ¿cómo deslindarse de las campañas de a pie, o virtuales, si sólo cada tres años se toca el tema? La estudiante se quedó también recogiendo sus maicitos de recuerdos, igual que Mary cuando niña: cómo pajarito.




***
Maricruz Romero Ugalde. Mujer curiosa y risueña, ejerce el oficio de la antropología y su pasión, el cine.  Su sueño de vincular ciencia y arte lo ha puesto en práctica al fundar y coordinar desde 2007 el Lab ETNOAI de la Universidad de Guanajuato. En sus 30 años de haber migrado de la Ciudad de México a la zona antes conocida como el Gran Tunal o la Gran Chichimeca, residió primero en Aguascalientes, luego en Zacatecas y ahora, Guanajuato. En esta sección comparte momentos de aprendizaje, resultado de convivir con personas en el país y el extranjero. Datos de contacto: lab.etnoai@ugto.mx, Canal you tube ETNOAI UGto.

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[1] https://www.gob.mx/inafed/articulos/64-aniversario-del-voto-de-la-mujer-en-una-eleccion-federal-en-mexico

[2] Kehoe, Timothy J., & Meza, Felipe. (2013). Crecimiento rápido seguido de estancamiento: México (1950-2010). El trimestre económico80(318), 237-280. Recuperado en 01 de mayo de 2021, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2448-718X2013000200237&lng=es&tlng=es.

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