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Tachas 476 • Agua en mi casa: crónica de un sueño recurrente • Gabriela Pérez Ramírez

Gabriela Pérez Ramírez

Gabriela Pérez Ramírez
Tachas 476
Tachas 476 • Agua en mi casa: crónica de un sueño recurrente • Gabriela Pérez Ramírez


Todo estaba inundado, había humedad por toda la casa, el fango crecía de las paredes, el olor era inconfundible, todo indicaba que esta casa le pertenecía al agua y no a mí. Tal vez sea porque, extrañamente, yo estaba seca. Flotaba en el agua, convivía con ella, la bebía, y yo seguía estando seca. Trataba de pertenecerle a ella, trataba de meterme en ella, o en su defecto, que ella viera que yo también llevaba algo de ella por dentro, pero cada que intentaba llorar ni una sola lagrima salía, cada que intentaba escupir no había saliva. Yo sabía que era cuestión de tiempo para que ella me echara de ahí, que ya no me dejaría vivir a su lado más, ya le había dado hasta la última gota de mi ser y ahora le era inservible. 

Sentía una lástima enorme, al principio habíamos sido amigas, corría por mi cara todo el tiempo. Nunca me abandonaba, podría desaparecer por una hora o dos, pero siempre regresaba a mí y volvía a brotar desde las profundidades oculares. Así fue tomando terreno, hasta que lo inundó todo: la cocina, la sala, los baños, hasta que no quedamos más que ella, yo y mi cama individual en la que me dejaba mecerme mientras bailaba a mi alrededor. Nos agradaba nuestra rutina; nos aclimatamos a la temperatura de cada una, o bueno, yo me aclimaté a la de ella. Me la pasaba horas sumergida en su cálido manto, me encantaba ver cómo las yemas de los dedos se me arrugaban mientras jugaba con ella. 

Vaya que nos divertíamos, fue la única presente en todo este tiempo, nunca me abandonó. Me odio por no servirle más, yo la traje y ahora ya ni siquiera puedo darle lo que necesita. Un día le pregunté que si podría dejarme salir al patio para meter la manguera, le ayudaría a crecer, ella dijo que no. Qué estúpida fui, era obvio que si yo habría la puerta, ella se derramaría por todo el patio, la acera y la extensa calle, extinguiéndose, evaporándose por el calor de abril. Desde ese día me ve con cierto recelo, ya no baila tranquilamente, hace movimientos bruscos creando olas gigantes que dan miedo; la otra noche una de ellas me despertó del sueño, me empapó toda y me dejó helada, sé que fue un aviso de desalojo, sé que lo que significa es que en el momento menos esperado me jalará hasta el fondo de ella y ahí me quedaré hasta que deje de respirar. Aún con el temor que siento de sumergirme ahora en ella, lo hago, esperando que vea que no tiene nada que temer, que no pretendo sacarla, que no pretendo quitarle este espacio. Pero sus sospechas continúan gracias a que me siento en cazuela en la cama a intentar llorar y solo salen unos horribles sollozos que me espantan hasta a mi y ni una sola lágrima, parece que estoy actuando, que no estoy siendo sincera con ella. 

Ya no sé cómo explicarle que la quiero, pero ya no puedo darle más. A veces pienso que sería mejor que ya me arrastrara hasta el fondo y que por fin una de las dos pueda ser feliz. La verdad es que no me molestaría morir en sus brazos de nodriza, aún sabiendo que desecharía mi cuerpo por la tubería tan pronto diera mi último aliento. La quiero, le tengo respeto y un poco de temor, como si fuera mi madre. 

Hoy le canté, fue mi último esfuerzo por hacerle ver que no soy una amenaza, no funcionó. Las notas desafinadas la enfurecieron, comenzó a agitarse, salía espuma por todos lados, las olas no paraban de llegar una sobre la otra; mi cama se sacudía bruscamente, me agarré de la cabecera y le gritaba que la quería, ella no escuchaba. La casa temblaba horriblemente, no me gustaba verla así de molesta conmigo, sobretodo porque no había sido mi intención. Por fin caí del colchón, me estrellé con su helada indiferencia y me dejé llevar a donde ella quisiera. Mientras descendía me percaté de lo hermosa que era, las luces entraban a través de ella, el azul que la pintaba brillaba tanto, nunca había llegado tan profundo. Qué tonta fui al creer que la conocía entera, qué espectáculo más hermoso fue descender hacia mi muerte a través de ella.    

-Absórbeme toda hacia tu abismo- le dije, y así lo hizo. 


 

***
Gabriela Pérez Ramírez (Irapuato, Gto., 1998). Estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Guanajuato. Fue coorganizadora del XIII Coloquio Nacional “Efraín Huerta” de Lengua y Literatura (2018), y correctora de la revista Esencia (2020-2022), publicación semestral de la Universidad de Guanajuato.

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