Imprimir

Estabilidad laboral

Mauricio Miranda | 13 de junio de 2020

Tachas 366
Tachas 366

Mauricio Miranda


En aquellos tiempos, en aquel pueblo, don Anselmo, el que acababa de morir, era el único que sabía controlar a Atlas, el elefante del circo. Los tigres y los leones siempre estaban dentro de una jaula y casi cualquiera que supiera tronar el látigo los mantenía a raya. Pero el elefante hacía su espectáculo en la pista, sin jaulas ni cadenas. Nada le impedía subirse de repente a las gradas y aplastar al público. Santiago, el joven ayudante de Anselmo, se negó a aceptar el puesto de domador de elefante. El dueño del circo le dijo que era a fuerza y que se iría a la calle si no lograba repetir el espectáculo del aplasta moscas, el show principal y por el que las personas pagaban sus boletos.

Santiago estaba consciente de no servir para nada. Anselmo era quien hacía todo, le enseñaba nuevos trucos a Atlas, le imponía castigos, limpiaba las cacas gigantes y lo sujetaba con cadenas después de la función. Santiago sólo iba tras de él a todos lados, sin poner mucha atención. El viejito estaba enamorado de Santiago, era feliz sólo con verlo, pero al elefante le caía mal, le bufaba cuando intentaba acercarse y, la vez que intentó moverlo de lugar, Atlas no se avanzó ni un centímetro.

Santiago se moría de angustia, pronto se confirmaría que era un inútil e iba a perder el empleo. El espectáculo de aplasta moscas era mucho, muchísimo más que trasladar al elefante de un lado a otro, era una historia actuada en la que cualquier error podría ser mortal. Empezaba cuando apagaban las luces y sólo dejaban iluminada la pista principal. El presentador de circo relataba que había una vez una señora muy hermosa, mientras que una música romántica subía poco a poco de volumen. Aparecía Atlas vestido con una enorme falda y con un sacudidor en la trompa. La gente aplaudía y reía. El presentador continuaba diciendo que ese día la señora iba a tener una cena especial, pero, antes de que llegaran sus invitados, la había invadido una molesta plaga de moscas.

Salían entonces a escena los payasos, vestidos con unos sacos negros y con unas redondas alas grises. Corrían de un lado a otro, en una caótica coreografía, mientras la señora gigante intentaba pisarlos con sus patas. Al final se agrupaban los payasos-mosca y Atlas los atacaba, elevando a más de 4 metros sus patas delanteras, para dejarse caer con todo su peso encima de ellos. Los payasos corrían y sólo quedaba uno en el piso, como muerto, y la gente gritaba de terror al ver que encima le caía el elefante. ¡Pum!, lo aplastaba ante los ojos aterrorizados del público, pero en lugar de sangre brotaban miles de blancas plumas. Al darse cuenta de que el payaso muerto era sólo un almohadón, el aplauso y las risas invadían el recinto y Atlas inclinaba la cabeza haciendo reverencias.

Santiago no podía perder el trabajo, más de siete años en aquel paraíso lo habían inhabilitado mentalmente para buscar otro empleo. Podía esforzarse en limpiar las jaulas, en hacer mandados y continuar su vida tranquilamente, pero, para eso, la única salida que encontró fue matar a Atlas. No podía darle comida envenenada, porque Atlas tenía excelente olfato y era avispado y Santiago muy nervioso; el elefante notaría a mil kilómetros sus intenciones y lo mataría con la trompa. Santiago tenía que aprovechar cuando el elefante estuviera dormido, para inyectarle ácido muriático o algo así.

Solo contaba con ese día, pues la mayoría se habían ido al funeral. Él le dijo al dueño que tenía que permanecer con Atlas y durante la mañana buscó algo que funcionara como jeringa gigante, porque una normal se rompería con la gruesa piel. Al medio día, Atlas tomaba una siesta de 30 minutos, esa sería su única oportunidad. Aunque el dueño del circo lo había forzado a tomar el trabajo de Anselmo, los payasos estaban inquietos y lo miraban con odio. Uno le dijo a Santiago que le cortaría la cabeza si algo salía mal. Después de mucho buscar, Santiago encontró un tubo delgado y lo llevó al mercado, con el afilador de cuchillos, para que le sacara punta.

Santiago esculcó entre las cosas de Anselmo algo que sirviera para poner el veneno y encontró la bota, una bolsa de cuero que el viejo usaba como recipiente para el vino. La amarró al extremo sin punta del tubo y llenó su jeringa gigante con cloro y polvo para ratas. Su idea era correr a toda velocidad, encajarle la aguja en la panza a Atlas y luego apretar la bolsa de cuero para que la mezcla mortal entrara en el elefante. Nunca en lo difícil que sería, si todo salía bien y lograba inyectar aquella sustancia, extraer el tubo de la panza de un elefante moribundo. Tampoco calculó el tiempo que tardaría Atlas en morir y en los destrozos que provocaría mientras tanto. Mucho menos se imaginó que alguien podría descubrir el piquete en la panza y él tendría que explicarlo. Lo que sí pensó fue en dónde ocultar su jeringa y en avisarles a los demás que Atlas estaba muy enfermo, que por favor le ayudaran.

En cuanto vio que Atlas dormía, Santiago corrió a inyectarlo. Es fácil saber cuando un humano aparenta estar dormido, porque sus párpados se ven más rígidos y tiemblan un poco. En cambio, en un elefante no se puede saber, en ellos los párpados caen como pesadas colchas y entre los pliegues no es sencillo distinguir una pupila alerta. Santiago salió volando con un golpe de la trompa. Sólo alcanzó a provocarle un rasguño a Atlas, que enojado zafó sus grilletes y escapó corriendo.

La tierra parecía temblar con el trote del elefante, sus pasos circulares levantaban mucho polvo a su paso. Nunca se había visto un espectáculo similar por ahí. Todos huían o al menos se quitaban, menos un cerdo que se deshizo bajo una pata de atlas como una fresa madura, pero nadie se detuvo a verlo, porque querían seguir la carrera de Atlas, que casualmente fue a dar al funeral de su dueño, a quien velaban en un patio.

Atlas manoteaba sin sentido y rompió el ataúd en astillas, haciendo que el cuerpo rígido de Anselmo rebotara en el piso. Quizá fue el verlo o que los payasos portaban los mismos sacos negros del espectáculo, aunque sin las alas, lo que provocó que el elefante comenzara a aplastarlos. Logró matar a tres y destrozarle la pierna a otro más, antes de que llegara la policía y lo abatiera a balazos. No era como las personas, a las que se les notan bien las heridas de arma de fuego y el daño que les provocan; Atlas, por su parte, parecía que iba a dormir un rato: dobló despacio las piernas y se recostó con lentitud.

Los policías se acercaron al elefante con mucha precaución, apuntando con sus armas aún humeantes, hasta que un grito los detuvo. Era Santiago, que, agarrándose sus costillas rotas, les dijo que no avanzaran más, pues no se puede saber cuándo un elefante finge estar dormido o muerto. El dueño del circo lo respaldó, les dijo:

—Háganle caso, él sabe de elefantes.

Santiago dijo que lo mejor era esperar quince o veinte minutos. Pasado ese tiempo les pidió a los policías que le dieran un balazo en la rodilla para corroborar si aún tenía movimientos. Les solicitaron a las personas que rodeaban el elefante que se hicieran para atrás unos 20 metros, pero a lo mucho se recorrieron 10. Al dispararle, la pierna se dobló por reflejo y entonces todos corrieron despavoridos. Los policías volvieron a balacear el cadáver de Atlas y eso generó más pánico. Se quedaron vigilando el cuerpo por horas, hasta que el aburrimiento obligó a Santiago a declarar por fin la muerte del elefante.

El dueño del circo, después de tantos gastos hospitalarios, legales y funerales, quedó sin nada y en la cárcel. Los payasos se fueron en busca de otro circo. Los animales quedaron incautados. El personal restante, incluidos Santiago y un trapecista ya viejo, accedieron a no denunciar a cambio de un tráiler que les ofreció el dueño. Santiago supo que no le darían nada, ya sabía distinguir cuando los elefantes y los humanos fingen, pero no tenía sentido demandar, no tenía dinero ni ánimo para buscar a un abogado. Sin indemnización y sin lugar dónde vivir, Santiago tuvo que buscar un nuevo empleo.

 



***
Mauricio Miranda (León, 1974) publicó en 2007 No morirás del todo con el Instituto Cultural de León y en el 2004 La mujer abeja, Ediciones Media Luna. Becario del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato (2000 y 2003) y Coordinador del taller de creación literaria de la Ibero León 2006-2008. Director de la Biblioteca Ibero León.

[Ir a la portada de Tachas 366]

Puede ver este artículo en la siguitente dirección /articulo/tachas-366/estabilidad-laboral/20200613231423061520.html


© 2020 Es lo Cotidiano

esloCotidiano | Las redes sociales son el periódico

Contacto: eslocotidiano@gmail.com
Colaboraciones para el suplemento semanal Tachas: tachas.eslocotidiano@gmail.com

Director General: Leopoldo Navarro