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Menosprecio ortográfico y gramatical

Enrique R. Soriano Valencia | Chispitas de lenguaje

Es lo Cotidiano | 05 de septiembre de 2019

"¿Cómo se puede exigir a los estudiantes cuidado universitario si las autoridades no son capaces de identificar sus propios errores?"


«Clamé al cielo, y no me oyó.
Mas, si sus puertas me cierra,
de mis pasos en la Tierra
responda el cielo, no yo».

José Zorrilla, Don Juan Tenorio.

¿A qué se deberá que hay menosprecio por la ortografía y la gramatical en las instituciones educativas? ¿Ha notado, amigo lector, cómo las faltas ortográficas en las autoridades universitarias (donde no debería haberlas) son regulares? Incluso, en las oficinas de instituciones oficiales de los tres ámbitos de competencia –donde, por definición, tampoco debían cometerse– aparecen cotidianamente.

Observo que muchas universidades enuncian en sus propósitos (misión, visión, valores) que son instituciones de calidad educativa. Algunas hasta asegurar ir tras la excelencia. Sin embargo, cuando leo su publicidad (sea en mantas fuera de sus instalaciones, folletos de bienvenida o publicidad en medios y redes sociales) noto meses y  cargos con mayúscula inicial (como en el inglés); mayúscula sostenida en el cuerpo del texto (para destacar las palabras clave) sin tildes, uso inapropiado del gerundio, ausencia de puntos y seguidos, tiempos dispares y hasta palabras no admitidas en nuestro idioma (como ‘aperturar’). ¿Cómo se puede exigir a los estudiantes cuidado universitario si las autoridades no son capaces de identificar sus propios errores? Desde luego, dejarán pasar en los docentes lo que no pueden detectar y, por tanto, seguirán influyendo incorrectamente en sus alumnos.

Ello me hace pensar que la calidad educativa representa más un argumento de venta que una práctica real, en el caso de las privadas.

Pero lo grave es que esta práctica no solo aparece en negocios educativos, las autoridades del sector también parecen resistirse a meter mano a ello. No hay preocupación real, seria, sistemática, por cuidar que los docentes superen sus deficiencias en estas dos áreas.

Hace unos días charlaba con mi amigo Alejandro Valdés, quien fuera el responsable de Comunicación Social en una administración municipal. En el encuentro surgió que la Secretaría de Educación Pública solicita los nombres de los alumnos a los que se expedirá título académico se enuncien todo en mayúscula sostenida (no es aconsejable, pero es admisible) y ¡sin tildes! (eso sí es falta ortográfica).

Recuerdo haber auxiliado, hace ya muchos años, a una directora del área de Profesiones de la Secretaría de Educación de Guanajuato a preparar un documento al área homóloga federal. En el documento se observaban varios errores gramaticales y ortográficos en la expedición de títulos profesionales. Por ello, se pedía la modificación del formato autorizado. Por respuesta, según supe, se recibió un agradecimiento por las observaciones… y hasta ahí quedó.

Ya no menciono los oficios, memorandos, actas, acuerdos, minutas y cuanto texto se producen en oficinas públicas. ¿A qué se debe ese menosprecio? Tengo varias hipótesis al respecto. Sin embargo, lo primero que salta es ¿con qué calidad moral se critica a la juventud de desinterés por esos temas cuando quienes tienen la educación en sus manos tampoco les importa? 

La primera hipótesis es suponer que los ejecutivos (de todos los niveles en el Sector –público o privado–) no están bien preparados en esas dos materias. Es decir, nuestras autoridades educativas no están correctamente bien formadas en ortografía y gramática. Por ello, firman lo que sus colaboradores dan por bueno porque ellos son incapaces de identificar errores. Por supuesto confían (han calificado) en el que en apariencia destaca (pero sin comprobar una sólida formación).

De igual forma son insuficientemente humildes para inscribirse en cursos de ortografía («¿¡Cómo yo?!, ¡No puedo mezclarme con el personal en general!»). No se inscriben en cursos de ortografía porque –bajo el pretexto de no disponer de tiempo– ello demeritaría su prestigio de estatus.

Casi estoy seguro que la Ortografía de 2010 de las Academias de la lengua es sustituido por uno de nombre francés, bastante bueno en su comercialización pero muy malo en su contenido (en el mejor de los casos) o simplemente por el corrector ortográfico de la computadora, con enormes deficiencias por el origen en otro idioma de su programación.

La segunda hipótesis es que si hacen lo correcto, atentaría contra su estabilidad. Como la mayoría de los niveles ejecutivos de este sector escriben mal, sorprendería. Evidentemente por esa ignorancia surgirían la crítica («Mira, ¡fulanito escribió con minúscula el cargo de rector!»). Por supuesto es insoportable en política la crítica, aunque se haga lo correcto.

Descubro el hilo negro: criterios comerciales y prestigio político son un lastre en la Educación, al menos, para la gramática y la ortografía.

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