En los márgenes de la alegría

"El miedo se apodera de las redes sociales digitales…”
En los márgenes de la alegría

Para obtener el valor total de la alegría, debes tener a alguien con quien dividirla.
Mark Twain

 

La única alegría del mundo es comenzar.
Cesare Pavese

Son tiempos inéditos. Nadie previó esta contingencia sanitaria. Erráticos son todos  los gobiernos del mundo. Nadie tiene las respuestas para lo que pasó, lo que sucede y lo que vendrá. El miedo se apodera de las redes sociales digitales. Entre la ironía, el sarcasmo y el temor, se busca el chiste, la anécdota, la ocurrencia, y se da paso a la creatividad que, por cierto muestra las capacidades nacionales para reírnos de todo, incluida la tragedia humana y su dolor, y  con ello buscar producir algo de risa, esa risa nerviosa  que quiere hacer llevadera la situación que nos acongoja, nos preocupa y lastima en lo más profundo del espíritu humano y en la arrogancia de creer que somos la especie superior de la naturaleza, y ahora queda evidente la vulnerabilidad y fragilidad  ante un virus en la escala planetaria.

Pero todo esto también abre paso a la ignorancia, al oportunismo, a nuevos predicadores, profetas y agoreros del mal, que explotan sin escrúpulos la soledad, la tristeza, el desamparo y también los efectos de la pandemia, como son el desempleo, la falta de ingresos, la caída de las ventas, el cierre de empresas y hasta los muertos por el covid-19, en un contexto ya trágico desde antes que iniciara la dispersión del virus. La pobreza estructural, la exclusión social, la impunidad, los desparecidos, las violencias en los hogares, los feminicidios, junto con la creciente cifra de delitos de todo tipo y los imparables homicidios dolosos, todo esto enmarcado en el espectáculo político, polarizado, irracional  e inútil, si se pone como prioridad la vida y la salud de millones de seres humanos, en una nueva entrega de la ya famosa tragicomedia mexicana.

El miedo nos lleva a la irracionalidad. Vemos en las calles y avenidas, en comercios y tiendas de las ciudades, fiestas familiares y en las que se puede observar  a muchas personas que no atienden las indicaciones sanitarias y de protección: usar cubrebocas, mantener la distancia física o de quedarse en casa, además del lavado continuo y adecuado de las manos. Es cierto que muchas personas no pueden dejar de trabajar, somos un país donde la desigualdad en nuestro distintivo.

México es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna parte hay más espantosa distribución de fortuna, civilización, cultivo de la tierra y población, escribió Alexander von Humboldt en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, en 1811. Todo indica que nada ha cambiado desde entonces, y que nos ceñimos a una especie de destino manifiesto que se mueve entre la incredulidad a las instituciones y el desafió a la muerte. Voluntades a la mexicana que apuestan por el azar y por el egoísmo, en donde los demás no importan.

En la sociedad de la información, donde ver al mundo en tiempo real es el nuevo pasatiempo de personas y en especial de muchos medios de comunicación, y donde el acontecer global se instala como ventana-pantalla para millones de espectadores–consumidores ávidos de “noticias”, que logran sin filtro alguno que lo inmediato prolifere como una nueva doctrina  y con ello se instale la prisa, la urgencia—junto con el fast food, las fast news y las fake news– para que con esto, el aquí y ahora, se convierta en una única posibilidad de existencial, en lo real y en lo simbólico,  y en donde el pensamiento mágico hace de las suyas y se promueven las fantasías de los remedios caseros, se difunden las cadenas de mensajes religiosos e invitaciones a ritos milagrosos por whatsapp, a la vez de hacer una  idealización de la ciencia y la tecnología para crear vacunas y medicamentos que todo lo curen, incluido el covid–19, y dormir tranquilos.

Entre todo esto que nos pasa, ¿dónde queda la alegría? La alegría es uno de los afectos fundamentales de los seres humanos, y sólo aparece estando con otro, con otros. La alegría es satisfacer un deseo.

Spinoza[1] escribió:

La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección, […] y como la perfección no es otra cosa que la realidad, eso significa que la alegría es un paso a una realidad superior o, mejor, a un grado superior de realidad. Regocijarse es existir más: la alegría es el sentimiento que acompaña en nosotros a una expansión, o a una intensificación, de nuestra potencia de existir y de obrar. Es placer –en movimiento y en acto- de existir más y mejor.

Hoy pasar la experiencia de vida que implica la pandemia es apostar por la alegría, es buscar en sus márgenes el pretexto para buscar una mejor realidad, una mejor sociedad, una posibilidad para el futuro, uno mejor, pero todo ello que nos lleva a pensar el bien y a sentir la alegría por nuestra familia -padres, madres, abuelos y abuelas, hijos e hijas, primos y primas, sobrinos, tíos y tías-  y a desear lo mejor para las personas a las que queremos, lo más hermoso para las personas concretas que amamos. La alegría es parte de la ternura que es la dulzura hacia aquellos que se ama, y el amor de esta dulzura.

En los tiempos que corren, debemos buscar y construir alegría para compartirla. Es pensar que podemos crear y generar mejores realidades, nuevos mundos posibles, mejores, sanos, humanos y alegres. Lo cierto es que esto pasará, sólo si nos comprometemos a salir juntos de esta situación, haciendo lo que nos toca hacer, y sintiendo la alegría de cuidar y procurar al otro, a los otros, a los vecinos, a los amigos, a los compañeros de trabajo, de escuela, a los ciudadanos, a nuestras familias, que coexisten en este tiempo y espacio.

La alegría nos puede ayudar a ser mejores personas y también hoy nos da la oportunidad de ser mejores seres humanos y asumir la responsabilidad de la inteligencia y de los afectos con toda la naturaleza, con el planeta mismo.  

 

[1] Comte-Sponville André (2005) Diccionario Filosófico. Paidós. Surcos 6. Barcelona.

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