Fragmentados

“Cada vez somos más un dato que una persona…”

El progreso, en resumen, ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal.
En una palabra, el PIB lo mide todo, excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida.

Zygmunt Bauman

Cada vez somos más un dato que una persona. Un número, un apellido si bien nos va, un código para estar registrado en algún lado. Más allá de las leyes para la protección de datos personales, estamos capturados, y de ahí a la fragmentación.

Nadie niega la importancia de tener registros para buscar un orden social y ser atendidos como ciudadanos, pero hemos construido una sociedad en la que, para garantizar el acceso a derechos, se necesita una identidad oficial. Hemos creado fronteras y categorías que se relacionan con territorios y nacionalidades, y de ahí la artificial idea de garantizar la existencia como ser humano, como personas con un documento. La desigualdad también inicia desde que nacemos. Se estima que 10 millones de personas en el país no tienen acta de nacimiento. Obtener una identificación oficial —la credencial de elector, por ejemplo- en este país implica presentar una identificación oficial, toda una paradoja del oficio de la administración pública para el control social.

Dividimos el mundo en razas, credos e ideologías, y creamos una serie de servicios y necesidades que explotan la singularidad, que nos atomizan. La fragmentación se va haciendo presente. Nos vamos viviendo y nos van clasificando según las edades y las etapas de desarrollo, y también por la condición de acceso a la escolaridad, y luego por la condición laboral, y a su vez por la condición del estado civil, pasando ahora por las categorías relacionadas con las preferencias de género, además de entrar en las de padecimientos de salud, incluidas las discapacidades. En lo social se van articulando adscripciones a equipos deportivos, a gustos y preferencias de todo tipo, donde entran las de orden político en caso de que haya algún interés; si no, seremos sólo “votantes”.

La fragmentación se da y nos condiciona —nos clasifica- desde el poder y, como diría Bauman, también desde esos lugares se harán liquidas las identidades y las interacciones humanas, dentro del orden del sistema capitalista económico y de los demás. Como nunca, el tema del control social absoluto empieza a ser una realidad.

La sociedad de mercado impulsa la fragmentación y crea categorías para jugar a la necesidad de explicarse el mundo que ha creado. Fragmenta las políticas sociales y económicas, ha creado un arreglo conceptual que busca dividir socialmente, crea grupos de interés para desactivar la protesta generalizada y vender y ofrecer soluciones parciales a problemas generales, a los reales problemas de la vida y de la sociedad. Divide y vencerás sigue siendo la máxima usada para el control social.

De ser personas pasamos a ser empleados —o, tristemente, desempleados–, de ser personas pasamos a ser víctimas de la violencia y del delito, de ser ciudadanos pasamos a ser desaparecidos o a ser simplemente daños colaterales. De ser seres humanos a ser tratados sólo como consumidores. De ser personas pasamos a ser adictos o deudores del buró de crédito. De ser críticos a ser revoltosos e inconformes.

Las personas entran desde la lógica del mercado a ser etiquetadas, y a un proceso de re-etiquetado continuo, en una creativa línea del tiempo —para tratar de ser útiles todo el tiempo posible y evitar ser desechables-, y de lo que se trata es de mantenernos vivos para seguir consumiendo. Somos ahora códigos de barras o QR o un registro en un chip y nos convertimos en datos para orientar el consumo. Google, Facebook, Twitter, Instagram o Snapchat, son felices de aceptarnos en sus redes. La información que se genera con nuestra interacción en las redes sociales se vende al mejor postor.

Fragmentados vamos siendo. Somos personas a quienes nos van fragmentado la identidad, y desde ahí a la atomización de la interacción social. Nos parcelamos y nos volvemos egoístas y desinteresados de los problemas y necesidades de los otros. Una anomia social que paraliza y que expresa el profundo control social de la sociedad en su conjunto.

La pandemia sigue. La posibilidad de dar una respuesta social de conjunto se ve lejana. Usar cubrebocas y seguir las medidas sanitarias de forma generalizada, podrían en pocas semanas dar oportunidad para controlar el covid-19. Pero la fragmentación no nos permite pensarnos como totalidad, con generosidad, con solidaridad. 

Preferimos fragmentar la realidad y fragmentarnos en nuevas categorías: personas en riesgo, enfermos, contagiados asintomáticos, sanos, y múltiples categorías para responder a la pandemia, en todo caso, como expresiones de un individualismo hedonista. Como dirá Byung-Chul Han, el capitalismo ha ganado, porque ahora uno se auto explota a sí mismo, y desde esa fragmentación se promueve la idea que cada uno debe salvarse como pueda, sin importar el otro, los otros. Ya Sigmund Freud en el Malestar de la cultura, que cumple 90 años de su primera edición, apuntó que:

El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo [...] condenado a la decadencia y a la aniquilación [...] del mundo exterior capaz de encarnizarse con fuerzas destructoras implacables [...] y de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta fuente quizá nos sea más doloroso que cualquier otro.

Lo contrario a fragmentación es totalidad. Pasar de fragmentar a sumar es la tarea social contracultural que pone a prueba la inteligencia humana y las posibilidades de cambiar sustancialmente el modelo social de desarrollo y las bases económicas en las que se levanta la idea vigente de un progreso que divide, fragmenta y deshumaniza, que goza con el dolor humano y lo hace una mercancía.

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