Opinión • Confesión • Arturo Mora Alva

“Me pesan cada letra, cada palabra….”

Opinión • Confesión • Arturo Mora Alva

Ya me encontré a mi mismo en una esquina del tiempo. No quise dirigirme la palabra, en venganza de todo lo que me he hecho con saña.
José Emilio Pacheco.



Para Adriana Alcaraz, porque conoce del dolor humano y porque ayuda a que las personas puedan ser mejores seres humanos, y porque deseo que esté lo mejor posible en estos tiempos terribles de pandemia, del país y de las circunstancias y experiencias que estamos viviendo.

Confieso que esto que ahora escribo es por ahora el texto más difícil que he escrito. Tanto por lo que quiero compartir, como por el contexto en el que lo escribo. Me pesan cada letra, cada palabra. Escribo y regreso a la idea que plasmé, busco que tenga sentido, coherencia, que tenga una sintaxis o al menos una entendible redacción. No tengo la ilación como en otras ocasiones, me cuesta concentrarme, el desasosiego me ha tomado en sus garras.

El dolor me invadió y con ello muchas emociones y también sentimientos que se han desbocado en mí. A quien lea estas líneas les ofrezco una disculpa desde ahora, no quiero llevarlos a la tristeza o desolación, pero creo que hablar, escribir, puede ayudar a tejer un espacio de comprensión del dolor humano e intentar que la soledad y el sufrimiento no sea el único refugio para querer enfrentar la tristeza y la realidad, por cruel y terrible que sea.

Me confieso profundamente triste, impotente. Me doy a la tarea de escribir como un acto de auto reanimación, por que en el fondo de esta melancolía que ahora siento, es evocar y sentir las experiencias que he vivido de estar cerca de la muerte, y que ahora convoco por nuevas circunstancias dolorosas que en las que estoy. También tengo que decir que tengo la buena fortuna de vivir una experiencia que me ha marcado definitiva y profundamente, y que me hace sentir que puedo redimirme y lograr dar sentido de vida, y salir de la pena que siento. Me aferro a la idea y esperanza de que puedo salir esta vorágine de pensamientos, sentimientos e ideas que rayan en la desmesura y en el delirio. No sé si lo lograré, pero apostaré por ello con el resto de la vida que tengo aún.

No soy un hombre perfecto, he estado en falta desde mí historia y en los tiempos que me ha tocado vivir, pero sé que tampoco he sido una mala persona. Confieso que a veces no he alcanzado a comprender mis actos, que soy muy ingenuo, que no veo cosas que otras personas ven, que parto de la buena fe en el otro, pero que he sido torpe, a veces egoísta, con cierto narcisismo, ese que no te deja ver lo realmente deseas ser y lo que provocas.

Confieso que he buscado conocerme, pero la verdad es que uno no alcanza nunca a verse del todo y, sobre todo, poder hacerlo a tiempo. He cometido errores y tomado pésimas decisiones, que cobran sin escrúpulos las facturas. He asumido, al menos eso creo, las consecuencias de mis actos, pero aun así, los sentimientos que me invaden en estos días, que por demás son terribles, me exigen tomar de mí y de la vida que aún está en mis raíces, y que el llanto ha estado regando sin reserva alguna, y que tomo la decisión y la convicción de hacer todo lo que esté en mí, para llegar a ser la posible mejor versión de mí.

La experiencia, los aprendizajes y aún las carencias, deseo ponerlos en el escenario de mi contexto actual para compensar y resarcir mis miedos, mi falta de valentía, mis temores ingenuos e infundados, y ofrecer disculpas con el corazón en las manos a quien he lastimado, y con ello poner las acciones necesarias para reparar el daño causado sin intención a quien quiero y amo.

En unas semanas cumpliré 60 años y la vida me ha puesto en la posibilidad de hacer una autocrítica profunda, seria, que ahora hago sin darme ninguna ventaja y sin recurrira algún atajo o pretender un auto engaño. La muerte que está rondando desde hace un año, y el dolor que causa, la angustia que se siente ante las pérdidas de personas y ante otras historias cercanas de enfermedad y sufrimiento por el covid-19 y por otras causas, hace que el duelo se instale como algo permanente. Creo, deseo y espero que debemos hablar entre nosotros, con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo, de escuela, y decir lo que sentimos para ayudarnos a salir de ese luto, de ese sufrimiento que para muchos es un abismo que parece que no tiene salida.

La vida me ha llevado a buscar la integración entre lo que siento y lo que pienso. Nada fácil, en una cultura que vende la escisión como manera de existir, en la que se nos condiciona a racionalizar todo y buscar en las ideas, los mitos y las creencias, incluidas las religiones y las ideologías políticas, una explicación y justificación de lo que hacemos y somos, pero pocas veces en la responsabilidad de hacernos cargo de la existencia personal y social con todo lo que implica nuestro actuar, con todas sus repercusiones y sus costos. Lo sé y lo he vivido, lo confieso.

Sé que sólo desde el dolor que se siente desde el otro y con el otro, y como un espejo de uno mismo, se puede entender la otredad y tal vez a uno mismo, y ver si tenemos desde ahí la sensibilidad e inteligencia para dar sentido y valor a los momentos efímeros de felicidad y alegría que hemos experimentado. El ser humano es muy complejo; su conformación como sujeto esta matizado por sus vínculos y por su historia internalizada. La tensión entre la conciencia y el inconsciente nos van definiendo y nos ponen en los filos, bordes, aristas y continentes de la compleja y escrutable condición humana, con todo su esplendor y su miseria, con su inteligencia y su estupidez. La historia social y personal así lo demuestra.

El dolor que ahora siento pasa por ver lo que sucede en el mundo, en el país, en mi ciudad, en mi vida. Quiero ir entendiendo lo que pasa, y comprender quien soy y estoy siendo. Duele, y duele mucho, porque es enfrentar el fracaso, la frustración, aun el desamparo que se llega a sentir en los huesos, en el cuerpo y en el alma.

Como reto, eso creo, está la opción de tomar la vida de frente, sin evadir, sin justificar, sin buscar culpables fuera de uno mismo, para entonces asumir la responsabilidad se ser uno mismo e ir aceptando que también hacemos daño y lastimamos a las personas que están a nuestro lado, pero que también podemos actuar y poner lo que todo lo que somos para crear felicidad que es un bien, algo real, no una ilusión. Que se puede dar paz, tranquilidad, certeza y seguridad a quienes queremos y amamos.

“Al trabajar con los afectos y las emociones la poesía no ha hecho más que adelantarse al psicoanálisis”, escribió Freud, y quien escribe poesía nos da palabras para redimirnos, para sentir y pensar y para poner en ellas eso que muchas veces se hace impronunciable y que tortura o alegra el corazón.

Tomo un poema de la Premio Nobel de literatura 2020, la estadunidense Louise Glück, y otro de José Emilio Pacheco, que me hicieron pensar en todo lo vivido y me animaron a escribir esta confesión.


 

Confesión
Decir que no tengo miedo
no sería cierto.
Tengo miedo de la enfermedad, de la humillación.
Tengo mis sueños, como todos,
pero aprendí a ocultarlos,
para protegerme
de la consumación: toda felicidad
atrae la ira de las Parcas.
Son hermanas salvajes.
Al fin y al cabo, no tienen
otra emoción más que la envidia.

Louise Glück


 

Ver la luz
¿Qué se verá originalmente en el útero?
Acaso nada resulte claro.
Somos como otros peces que han nacido del agua,
Totalidad de su visión.
Para hablar del nacer
decimos siempre:
«Vio la luz» o bien: «abrió los ojos».
Somos sujeto y objeto
De esa luz que dibuja la realidad
Y nos obliga a inventarla.
Y por ello al final todo se apaga.
Entre la sombra sólo queda espacio
Para los cirios funerales:
última luz que siempre abre camino
A las tinieblas del origen.

José Emilio Pacheco

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