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03:07h. Miércoles, 29 de Marzo de 2017

Alumnos. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

 

Raúl Alva preguntaba en Facebook qué sucede con las escuelas en México. Los alumnos las detestan y no aprecian ni a los profesores ni al conocimiento, dice. En la misma mañana, el Periódico a.m. (en león) daba cuenta de las amenazas recibidas por una profesora de matemáticas por si llega a reprobar a sus alumnos. Por la tarde, Judith Hernández solicitó consejos para lograr que sus alumnos se esfuercen por comunicarse correctamente tanto en lo oral como en lo escrito. Yo he estado reportando a los alumnos de mi grupo de Estadística desde que inició el semestre por sus escasas habilidades de comprensión de la lectura y el desconocimiento de un vocabulario básico, lo que les impide comprender procesos, texto de ejercicios y aún sus propias notas. 

En las respuestas a los cuestionamientos sobre el bajo interés y deficiente desempeño de los alumnos, cada uno encuentra un culpable:

  • los padres
  • los malos maestros
  • el país que desestima la educación
  • la falta de valores

Y surgen muchos "hay que":

  • hacer divertida la ciencia
  • enseñarles a aprender
  • ser más exigentes
  • dar ejemplo

etc.

Creo que no hay nada más complejo que la educación, en cualquier país. O no habría tanta diversidad de estudios, propuestas, reformas, programas, métodos, apoyos, etc. Y en este país en el que saltamos de un plan a otro, de una moda a otra, variando todo lo que es posible cada vez, se vuelve prácticamente imposible encontrar la punta de la madeja (palabra que, por cierto, mis alumnos de ingeniería desconocen).

Es un hecho que el deterioro del lenguaje (hablado y escrito) se agudiza conforme pasan los años. Reformas van y reformas vienen sin que se reconsidere el papel fundamental de la lengua escrita para el desarrollo de la habilidad de aprender por uno mismo, para siquiera ser capaz de seguir el camino que otros ya han transitado o, por lo menos, de seguir instrucciones. 

En lo oral, las escasas habilidades de los jóvenes y su muy reducido vocabulario les impiden seguir, incluso, lo que se analiza o discute en una clase. De ahí resulta gran parte de la incomprensión de los alumnos, su desinterés, su enfado y la distracción con cualquier cosa que esté a su alcance. Más el maestro trata de mantener un lenguaje correcto, más los alumnos se desinteresan.

Supongo que les sucede lo mismo que a un neófito que llevan a un partido de cualquier deporte por primera vez. Puede ser que esté interesado al principio, pero gradualmente se irá desinteresando, cansado de ver acciones que no puede interpretar. 

Como este deterioro de las habilidades de lectoescritura no es de hace un par de años resulta que, en su entorno, los alumnos seguramente conviven con gente tan desinteresada como ellos mismos. Y los que tienen una ventaja en ese sentido, que leen algo, que escriben correctamente aunque sea sus notas de clase, que pueden comunicarse con claridad, terminan por aburrirse en una clase plagada de preguntas sin sentido, repeticiones ad nauseam, y por no participar en grupos en los que son una minoría. 

Luego tenemos a los profes escépticos o desmotivados, los que ya no creen, o nunca creyeron, en la capacidad de aprendizaje de sus alumnos, los que terminan dando clase porque, a veces, es necesario para completar el sueldo o porque es la única manera que tiene de tener un sueldo. Gente que resulta más o menos barata para las instituciones porque su chamba es abrir un libro de texto para copiar el tema de la clase y los ejercicios sin más elaboración de su parte. Si los alumnos no entienden ni siquiera eso es problema de los alumnos, su problema porque no les interesa otra cosa que el fútbol y los cantantes de moda, su problema porque es a ellos a quienes debe interesarles pasar (no aprender).

Claro que hay muy buenos profesores, en todos los niveles educativos. Los que buscan las situaciones adecuadas para generar el interés en los alumnos y despertar esa motivación intrínseca tan necesaria, por lo menos en algunos de ellos. Los que se toman el tiempo para esclarecer las dudas de los que intentan aprender y se topan con dificultades de lenguaje, los que sugieren alternativas y utilizan recursos distintos, adecuados a su audiencia.

Pero luego están los administradores de las instituciones educativas. En la mayor parte de los casos se trata simplemente de eso: administradores que no tienen una visión ni una misión pedagógicas. Se trata de hacer que la escuela funcione, de que tenga recursos económicos suficientes, de que los indicadores escolares sean buenos a costa de lo que sea, de que la escuela atraiga más clientes (si es el caso de las privadas) o tenga menos quejas de los padres de familia. Y de que las autoridades educativas las distingan por su desempeño. Y que no valoran el trabajo docente (y recuerdo al director de una preparatoria que me pedía dedicarme 100% al trabajo de coordinación porque “es más importante un buen coordinador que un buen maestro”)

Tenemos entonces dos líneas de presión: los padres y las autoridades educativas.

En esta sociedad que valora las medallas y estrellitas por encima de los verdaderos logros en todas las actividades en las que participamos, el culto por las buenas calificaciones y los diplomas lleva a la mayoría de los padres de familia a suponer que sí su hijo o hija no tiene buenas notas se debe nada más al profesor. Es el profe el que tiene que hacer todo para que el retoño apruebe y con buenas calificaciones. Su participación en el proceso educativo, generalmente, está visualizada como la tarea de inscribir y llevar a los niños a la escuela. Para nada se trata de asegurarse de que:

  • desayunan antes de ir a la escuela
  • duermen no menos de siete horas cada noche 
  • cumplen con sus tareas, realizadas de manera independiente
  • disponen de los recursos para hacer esas tareas
  • disponen del espacio y el tiempo para dedicarse a sus tareas
  • son cada vez más capaces de leer y comprender lo que leen
  • son cada vez más capaces de comunicarse con fluidez
  • son cada vez más capaces de resolver problemas cotidianos de compra y pago de mercancías y servicios
  • son cada vez más independientes para resolver situaciones cotidianas dentro de la casa
  • saben defender sus derechos y denunciar agresiones

Y podría seguir enlistando acciones que corresponden a los padres de familia, no a los docentes. 

Por supuesto, estoy limitando el problema a los alumnos más favorecidos. Porque esa es otra dimensión. En las familias en las que no hay garantía de desayuno, o falta un padre, o los dos, o que no están presentes para hacerse cargo por las condiciones de trabajo que les permiten sobrevivir a ellos y sus familias, que no pueden proporcionar los recursos para un suficiente aprovechamiento escolar, es imposible y hasta cruel culparlos por todo lo que mencioné antes. Y de las escuelas en donde las carencias son lo cotidiano, tampoco se puede esperar que lleven a cabo una labor tan eficiente como nos gustaría. Sin embargo hay familias y escuelas que de alguna manera logran superar todos los inconvenientes y desventajas que encuentran.

Por otro lado están las inefables autoridades, dispuestas a hacer engordar las calificaciones para mostrar que cumplen con los indicadores; que no tienen la menor idea de lo que significa la educación integral; que propician, en muchos casos, la discriminación por cualquier causa; que toleran el bullying (en todos los niveles); que buscan controlar al máximo las acciones de los profesores, inhibiendo las posibilidades de adecuación del trabajo docente a las condiciones de los grupos que atienden. 

Todo lo anterior se da en el marco de una cultura que no valora el esfuerzo. Zaid lo dice muy bien en Contra el Mérito. Los papás y la escuela quieren buenas notas pero, asumiendo que las notas miden realmente el desempeño del alumno (y ese es otra de las muchas variables en este juego), no quieren ver a los hijos/alumnos "estresarse o sufrir" para lograrlas. Para algunos padres de familia, el tiempo que los chicos tendrían que dedicar a estudiar en serio se contrapone con las exigencias de la vida social, o creen los metería en el estereotipo del nerd antisocial que nadie quiere en sus grupos (recordemos que las escuelas de élite son para crear redes de apoyo, y ahí están los textos de Ricardo Raphael sobre los Mirreyes, parte I y parte II). O se contrapone con las necesidades de apoyo a la familia cuando se trata de gente que trabaja muy duro para salir adelante. O con las aspiraciones de ser un deportista bien pagado. Y una gran variedad de casos. 

En todas estas reflexiones no he mencionado, para nada, el papel de los medios. Y es otro de los factores que sazonan este platillo. Y estamos hablando solamente de desarrollar competencias básicas, fundamentales para la vida diaria y para el ejercicio de la ciudadanía. La enseñanza de las ciencias, por ejemplo, encuentra un montón adicional de dificultades.

El tema parece inagotable. Las acciones para remediarlo (porque no es una) nos corresponden a todos, en cada uno de los roles que desempeñamos en esta sociedad. ¿Quién le pone el cascabel al gato?