Lunes. 09.12.2019
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David Herrerías Guerra
21:58
14/01/19

Dos aprendizajes, dos decepciones y dos esperanzas

"Si la estrategia rinde frutos y disminuye la incidencia delictiva, será un precio muy bajo, el que habremos pagado por estas semanas de desabasto."

Dos aprendizajes, dos decepciones y dos esperanzas

Los momentos de crisis suelen ser momentos privilegiados para aprender y también para conocernos mejor: sacan a relucir lo mejor y lo peor de las personas y las sociedades. Rescato de esta crisis motivada por el combate al robo de combustible, dos aprendizajes, dos decepciones y dos ilusiones.

El primer aprendizaje:  Una de las cosas que se ha hecho evidente, es nuestra gran dependencia del automóvil, especialmente entre las clases media alta y alta. Personalmente me doy cuenta de la pasmosa facilidad con la que estamos dispuestos a quemar algunos litros de gasolina por cualquier pretexto. La escasez del combustible me ha hecho reflexionar sobre la verdadera utilidad de cada salida, de la posibilidad de caminar más, de usar una bicicleta (de arreglar la que tengo arrumbada en la bodega). Este uso moderado del auto, obligado por el desabasto, ha tenido como efecto benéfico una ciudad menos congestionada. ¿Cómo podríamos desincentivar el uso del automóvil particular sin estar forzados por el desabasto? ¿Qué más tenemos que hacer para que el transporte público sea una opción apetecible para quienes hacemos trayectos largos dentro de la ciudad?

El segundo aprendizaje, o más bien la constatación, de cómo operan los esquemas mentales y lo difíciles de romper que resultan. Los esquemas mentales son formas de entender el mundo que están determinados por nuestra historia personal, nuestras creencias y prejuicios. Son necesarios porque nos permiten operar en la vida sin necesidad de estar haciendo juicios elaborados cada paso que damos. Pero al mismo tiempo funcionan como corsés que nos quitan flexibilidad y claridad de juicio. En la crisis vemos, lastimosamente, que la polarización que vivimos, alimentada por las filias y fobias exacerbadas y construidas a lo largo de veinte años respecto al primer mandatario, frecuentemente avivadas por él mismo, simplifica y radicaliza las reacciones e impide un análisis sereno, matizado e inteligente del problema. Una parte esencial de la democracia es la capacidad para debatir y tomar decisiones en función de los intereses colectivos, con la suficiente flexibilidad para entender las posiciones de los demás y poder producir consensos.  Esta sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra inmadura democracia.

Las decepciones: la primera tiene que ver con la confirmación, una vez más, que estamos dispuestos a protestar sólo cuando se afectan nuestros intereses más inmediatos, especialmente si afectan nuestros bolsillos y nuestra comodidad, y estamos poco dispuestos a hacerlo cuando hay cosas importantes en juego, pero que, creemos, no nos afectan directamente. No estoy diciendo que el desabasto de combustible sea poca cosa y tenga consecuencias económicas importantes. Pero llama la atención lo poco que protestamos e hicimos con el problema de robo de combustible, y lo poco que exigimos a los gobiernos anteriores para que se solucionara, siendo un problema con un impacto mucho más importante en lo económico, y, sobre todo, en la descomposición del tejido social y la violencia. Baste decir que según ha reconocido el gobierno de Guanajuato, cerca del 80% de los delitos de alto impacto están ligados al robo de combustible. ¿Por qué eso no motivó protestas tan airadas como el desabasto de estas dos semanas? Quizás porque la empresa asumía los costos y no se traducían, aparentemente, en un mayor costo de la gasolina.

Otra decepción ha sido el sesgo informativo, que, originado en los esquemas mentales de los que hablaba anteriormente, en intereses partidistas, que prefieren lucrar políticamente con el problema, y también en las deficientes políticas de comunicación del gobierno federal (hablar diario no significa informar bien). La deficiente información ha centrado el asunto en el desabasto, y no en lo importante, que es el combate al robo de combustible. Este sesgo informativo tiene consecuencias: En primer lugar, porque el sacrificio que se pide a la población no encuentra razones sólidas para que se pueda volver voluntario y solidario; y en segundo lugar, porque no nos da elementos para conocer los posibles beneficios, los alcances y los logros de esta valiente, aunque arriesgada jugada, contra un problema al que los gobiernos anteriores, aparentemente, no supieron o no quisieron plantar cara.

Pero hay, finalmente,  cosas que ilusionan y que la crisis también revela: La primera, es ver a las personas que, más allá de la queja, han organizado rondas, aventones y otros recursos para ahorrar combustible y los que han retomado el uso de la bicicleta y el transporte público. Ojalá algunas de esas estrategias perduren más allá de la crisis. La segunda, ha sido la ejemplar civilidad de los leoneses en las filas para recargar gasolina. Si bien se han dado algunos conflictos, sobresale el orden y respeto y la ausencia de conflictos mayores. A esto han contribuido los esfuerzos de las autoridades para responder a la crisis, la información oportuna y los llamados a la calma y el orden.

Quedan pendientes, desde luego, los resultados de esta embestida contra esta modalidad de crimen organizado. Guanajuato ha sido uno de los Estados más castigados por el desabasto, porque era también uno de los más afectados por el robo. Si la estrategia rinde frutos y disminuye la incidencia delictiva, será un precio muy bajo, el que habremos pagado por estas semanas de desabasto.

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