Martes. 15.10.2019
El Tiempo
David Herrerías Guerra
14:23
27/08/19

Bárbaros y civilizados

“…por la forma en que tratamos a las mujeres en una sociedad, ¿no es un signo de barbarie que las mujeres no puedan estar seguras en las calles, en el transporte, en el trabajo?”

Bárbaros y civilizados

Jamás ha habido un valor de civilización que no implicara la idea de feminidad, de ternura, de compasión, de no violencia, de respeto a la debilidad…. La primera relación del niño con la civilización es la relación con su madre.
Romain Gary.*

 

La oposición civilización-barbarie fue una bandera bajo la que se cobijaron muchos imperios para ocupar territorios ajenos con un pretexto que permitía esconder los intereses verdaderos de sus tropelías. Al cobijo de esta bandera se lanzaba el tirano Napoleón a la conquista de Egipto y se arropaban las naciones europeas en general para colonizar África y América. ¿Tiene sentido, en el siglo veintiuno, plantear esta oposición?, ¿es posible todavía hablar de barbarie y civilización?

La raíz griega de la palabra bárbaro tiene que ver con balbucir o parlotear sin sentido. Algunos dicen que a los griegos, todos los idiomas extranjeros les sonaban a una repetición sin sentido: “bar bar bar”. Los bárbaros eran, para ellos, simplemente los que no hablaban la lengua de Platón y Aristóteles. Llamarles bárbaros no tenía una intención necesariamente despectiva, sino analítica: pintaba la frontera entre los griegos y los otros.

Pero con el tiempo la palabra fue adquiriendo connotaciones negativas. En escritos antiguos se da cuenta de las costumbres de otros pueblos a las que se les da la calificación de bárbaras. En estos tiempos, igual que en aquellos, fácilmente calificamos de bárbaras las costumbres que nos son extrañas, y frecuentemente confundimos costumbre con virtud. Muchas reglas de urbanidad en occidente son diferentes a las de otros pueblos, y eso no los hace bárbaros. Pero los mismos griegos narran prácticas especialmente crueles de otros pueblos, como colgar las cabezas de los vencidos en la silla del caballo y no dar un tratamiento especial a los cadáveres. Comer carne humana, no tener consideraciones para los más débiles, o no ser capaces de construir relaciones sociales complejas, en las que se respetaran reglas mínimas de convivencia, con la consecuente primacía de la ley del más fuerte. En pocas palabras, que tomo de Tzvetan Todorov*, ser bárbaro es “no reconocer la plena humanidad de los otros”. Esta definición de bárbaro más precisa, nos sirve bien para trabajar.

Civilización, por otra parte, es un concepto que ha sido mal comprendido. El principal deslizamiento fallido del término es cuando se le confunde con progreso material y tecnológico. Pero si hemos de oponer el término civilización a barbarie, diríamos que una persona civilizada es aquella que es capaz de reconocer la plena humanidad de los otros, y se comporta de acuerdo con ese principio. Una nación civilizada no es la que demuestra un mayor progreso material y tecnológico, sino la que es capaz de construir relaciones entre sus miembros y con los pueblos vecinos, en las que demuestran una valoración de la plena dignidad de los demás. Podemos constatar que han existido grandes obras tecnológicas e incluso artísticas de la humanidad que fueron posibles sólo gracias a buenas dosis de barbarie, como las grandes pirámides o las bombas atómicas. El proceso civilizatorio de la humanidad se expresa más en la construcción de acuerdos, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en el viaje a la Luna. Los instrumentos internacionales, como la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, son una muestra de nuestra cara más civilizada que se opone a la barbarie de la tortura.

Civilización y barbarie no se identifican con naciones y culturas completas; ambas pueden convivir al seno de éstas. La contraposición civilización-barbarie, puede seguir siendo útil, no para para hacer juicios fáciles sobre países y culturas, sino para pensar en nuestras propias relaciones, al interior de nuestro país y nuestras sociedades. Podemos afirmar que un comportamiento es civilizado en la medida en que respeta la dignidad de los demás. ¿Hasta qué punto construimos relaciones verdaderamente civilizadas (no sólo prósperas materialmente) o mantenemos costumbres bárbaras, que no reconocen la plena humanidad de los otros?

Por ejemplo: por la forma en que tratamos a las mujeres en una sociedad, ¿no es un signo de barbarie que las mujeres no puedan estar seguras en las calles, en el transporte, en el trabajo? ¿No es un signo de barbarie el que un grupo de la población pueda verse todavía como propiedad del otro? ¿No es un signo de barbarie que un amplio segmento de la población no pueda decidir libremente, porque está sujeta a la decisión del padre, el esposo o el hermano? Y por el trato que se les da aquí y en otros países a los migrantes pobres: ¿es de bárbaros o civilizados mantener a las personas en jaulas?, ¿es de bárbaros o civilizados lanzarlos a cruzar el país encerrados en camiones sin ventilación y sin alimentos?, ¿son civilizadas las naciones europeas que obstaculizan el arribo de inmigrantes y provocan la muerte de mujeres y niños, ahogados en sus costas?

¿Es de bárbaros o civilizados la desproporción en la distribución de los bienes y oportunidades en el país? ¿Podemos llamarnos una nación civilizada cuando siguen muriendo niños y niñas por causas prevenibles? ¿Es un signo de civilización la construcción de proyectos mineros extractivos redituables económicamente, pero destructores del hábitat y del tejido social?

Podemos encontrar también muchos signos verdaderamente civilizatorios en nuestra comunidad y en nuestro país, cada vez que vemos personas reconociendo la dignidad plena de los otros: impulsando proyectos, empresas, instituciones centradas en la construcción de la convivencia y el desarrollo de las personas. Son esos esfuerzos los que apuntalan el verdadero proceso civilizatorio y nos alejan de la barbarie.

 

* Citado por Tzvetan Todorov, en “El Miedo a los Bárbaros”, Galaxia Gutemberg 2013.

Comentarios