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05:10h. Sábado, 21 de Octubre de 2017

¿Hay momentos para la solidaridad?

“¿Qué pasa después con toda esa energía desbordante de fraternidad que llena las calles en casos de desastre? ¿Por qué no aparece en la vida cotidiana de los ciudadanos? ¿Cómo le hacemos para despertar esa empatía, sentido de urgencia, iniciativa, pluralidad…”

Siempre que acontece un desastre natural, los mexicanos somos capaces de expresar la solidaridad de una forma extraordinaria. Quizás estas reacciones de ayuda sean más notables en la Capital, por la densidad de la población y la cercanía, o por su misma historia. Esta reacción explosiva y fraternal frente al desastre y la necesidad ajena, emociona e invita a contemplarla, no sólo en la narración visual de los hombres y mujeres trepados a los restos retorcidos, sino en su lógica y en su génesis, para aprender de ella. 

¿De dónde surge? Es evidente que el primer resorte para la acción es la empatía. Los primeros en actuar son los vecinos, los compañeros de trabajo que alcanzaron a salir; los que conocían a las personas que estaban adentro, cuando esa montaña era todavía un edificio habitable. Hay una empatía con el otro, que hace unos momentos estaba tranquilo, quizás tomando un respiro en el trabajo. Poco a poco esa empatía se extiende más allá de la cuadra. Nos sentimos todos vulnerables. Frente a las fuerzas de la naturaleza todos estamos expuestos por igual. “Yo podría estar ahí abajo”. 

La empatía es el punto de partida de la solidaridad, y cuando este resorte se dispara, surge un sentido de urgencia. Cuando el otro está bajo los escombros, cuando el otro está sufriendo, no hay tiempo para contemplar y lanzar planes y hacer presupuestos… se debe actuar. Frente al necesitado, debe haber siempre, un sentido de urgencia. Entonces surge el tercer rasgo distintivo de este actuar solidario: la iniciativa. El solidario no espera a que lo convoquen: va, se pone en movimiento. A veces se equivoca, o tiene que aprender en el camino, pero no se queda estático ante el sufrimiento del otro. 

El cuarto rasgo de esta solidaridad es la pluralidad, o la falta de prejuicios. Lo que orienta al socorrista es la necesidad que tiene el otro, sin importar quién es. No pregunta en qué cree o a qué se dedicaba alguien que está sepultado; no le importa si el cascajo que cubre a las víctimas era antes un prostíbulo o una iglesia. Lo que lo moviliza es la vida de una persona que está en riesgo, quien quiera que esta sea. El solidario es, además, responsable. Responsabilidad es una palabra fuerte, porque significa sentirse llamado a responder frente a una realidad que interpela, aunque uno no se sienta “culpable”; a no pasar de largo, a no convertirse en espectador. El solidario puede discutir –después– sobre las causas y los culpables, pero no reparte culpas como mecanismo de defensa que justifique la inacción frente a la demanda de ayuda, para exculparse de su responsabilidad de actuar. 

Finalmente, el solidario es colaborativo. No es que estas expresiones solidarias estén libres de protagonismos, pero es tan evidente la necesidad y el dolor, que los egos van cediendo ante la urgencia por ser eficaces. Colaborar con quien sea que se sume a la causa. Los verdaderamente solidarios, asumen, que si no saben cortar con acetileno, es mejor que suban los que lo saben hacer y dedicarse, con humildad, a trasladar piedras, aunque se tenga el título de licenciado. No importa, al final, quién dirige la acción, sino salvar al mayor número de personas. 

Estos seis rasgos: empatía, sentido de urgencia, iniciativa, pluralidad, responsabilidad y colaboración, saltan a la vista en las imágenes de las cuadrillas de personas, esforzadas, variopintas, trabajando sobre los escombros en la Ciudad de México u otros sitios siniestrados. 

Han sido dominantes, a tal grado, que hasta los aspirantes a algún hueso político en el 2018 han hecho mutis respetuoso. Bueno, no es que no haya crápulas y facinerosos que, en estas circunstancias, hacen su agosto lucrando con las despensas o asaltando los hogares desguarnecidos, pero son las excepciones. La gran mayoría entiende que es el momento de la solidaridad. 

A veces los padres somos tan fastidiosos, que el día en que el hijo adolescente recoge su cuarto sin mediar un emplazamiento paterno, en lugar de felicitarlo, le espetamos: “¿Y porqué no haces eso diario?” Con perdón de los lectores, termino este artículo con una filípica igual de inoportuna: ¿Qué pasa después con toda esa energía desbordante de fraternidad que llena las calles en casos de desastre? ¿Por qué no aparece en la vida cotidiana de los ciudadanos? ¿Cómo le hacemos para despertar esa empatía, sentido de urgencia, iniciativa, pluralidad, responsabilidad y colaboración, frente a los damnificados de siempre, nuestros damnificados cotidianos? ¿Es que no podemos ser lo suficientemente empáticos frente a alguien que vive en una casa de cartón permanentemente, a menos que ésta le caiga en la cabeza? ¿O no hay un sentido de urgencia frente a los niños que pierden sus primeros años de crecimiento por una mala alimentación? ¿O no nos sentimos responsables, porque es más fácil repartir culpas o aprovechar políticamente la pobreza antes que ponernos a actuar? ¿Será la adrenalina lo único que despierta nuestra solidaridad? ¿Hay sólo momentos para la solidaridad o podremos dilatarla para que alcance a las víctimas cotidianas, las de siempre?