lunes. 26.09.2022
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Parque jurásico

Un lugar que es gobernado por el PRI de antes, o mejor dicho, el peor PRI, el de casi siempre, con su cinismo y prepotencia, sus mañas, su capacidad de corrupción…

Parque jurásico

Temo ser un poco injusto con los mexiquenses, pero la impresión que tengo de su estado me remite a lo que era nuestro país hace treinta o cuarenta años. Es un estado extenso, populoso, con grandes bellezas naturales. Enormes áreas boscosas que se degradan a pasos agigantados, paraísos naturales que van dejando de serlo con mucha rapidez. Un lugar de contrastes: boyantes industrias y zonas de extrema pobreza. Importantes núcleos urbanos con todos los servicios, que conviven con el desorden y la miseria en otras. Un lugar en el que campea la corrupción, asociada al clientelismo. En ningún lugar del país siento tanta desconfianza de su policía: los agentes de tránsito más corruptos, cínicos y abusivos los he encontrado ahí, y presumo de haber manejado por casi todo el país.

Un lugar que es gobernado por el PRI de antes, o mejor dicho, el peor PRI, el de casi siempre, con su cinismo y prepotencia, sus mañas, su capacidad de corrupción. El PRI que dio luz a toda una cultura política que no acaba de dejarnos porque su impronta permanece, enquistado, en todas las fuerzas políticas, incluso en las de sus acérrimos rivales. Ese PRI corporativo, tramposo, asociado a lo peor de nuestra cultura, pervive en el Estado de México, como en “Jurassic Park”. Y volvió a ganar, o así parece, gracias a sus trampas… y a la complacencia de los mexiquenses.

El Estado de México no es todo el país, pero… ¡cómo me lo recuerda! Y nos avisa que esa cultura política de la cual creíamos habernos desembarazado hace años, sigue más que viva. No sólo porque las triquiñuelas electorales se manifestaron en todo su esplendor (o en toda su cruda oscuridad), sino porque las campañas mismas, los personajes, los festejos, las alabanzas, la falsedad, el culto a la personalidad del líder de cartón que habrán de convertir en bronce a lo largo de los siguientes seis años, siguen siendo la manifestación más ramplona de nuestra insegura y balbuceante democracia.

No sólo porque resucitamos la desconfianza en los árbitros electorales, porque volvemos a los rituales del pataleo poselectoral como único derecho frente a la flagrante inequidad y abuso. No sólo porque el ganador representa a una de las más inefables dinastías regionales del antiguo sistema; no sólo porque es insoportable en sus fotos rodeado de mujeres del pueblo que lo abrazan, cuando sabemos que es una concesión forzada por una campaña, pero que en lo futuro (y en lo pasado) no se repetirá.

No es sólo eso, no sólo son ellos, los que ganaron, sino los que perdieron, también, los que nos retratan. Una izquierda –o lo que más se acerca al término– incapaz de lo que podrían parecer las más obvias alianzas; sea porque para unas, lograr la mínima cohesión interna suponía ya un esfuerzo descomunal; sea porque el mesianismo del otro lado no admitía una alianza que no fuera sumisión, ni un proyecto que no fuera él mismo.

Nos retratan como país los dirigentes y los partidos, que más que estar interesados en el futuro de los pobres mexiquenses, hacen cuentas, suman y restan, y se apuran para dejar a salvo la honra, el puesto directivo dentro del partido, las próximas elecciones, las siguientes prerrogativas económicas con las que apenas alcanzan a cubrir –pobres– sus gastos más elementales.

Pero más que nada, nos recuerda el Estado de México, que a pesar de las transas y los mapaches que encumbraron con un porcentaje minúsculo a la peor de las opciones, la posibilidad de un cambio ahí estaba, al alcance de la mano. Pero el 80% de los mexiquenses no fue capaz de construir una opción diferente, capaz de arrasar con esa minoría, que los mantendrá otros seis años en el jurásico. Y así estamos en el país, y así seguimos. Tenemos gobiernos a los que aprueba menos del 20% de los mexicanos, pero llegan y se mantienen ahí, porque el resto hemos sido incapaces de construir un acuerdo de mínimos, que nos permitiera establecer una agenda y un programa alternativo. Un programa de mínimos: elecciones equitativas, fin de la corrupción y la impunidad, economía que nos ayude a combatir la pobreza y la desigualdad. Una alianza verdaderamente alternativa que pueda imponerse a esos exiguos porcentajes que los mantienen en el poder.

Al final, no se trata del PRI ni de los otros partidos, sino de los demás, los que no estamos de acuerdo, que no hemos sido capaces de articular el descontento y volverlo productivo.

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