Técnica mata cultura (meditación con tapones de oídos) • David Herrerías

“…el gran problema es que una educación crítica es la única vía para remontar esta brecha entre técnica y cultura…”

Técnica mata cultura (meditación con tapones de oídos) • David Herrerías


Hace cosa de un mes, asistí a una comida en la que se celebraba el día del maestro y, como sucede en muchas fiestas en la actualidad, el conjunto contratado para amenizar el festejo consideró que todos los que estábamos ahí no teníamos otra prioridad que escucharlos a ellos, porque el volumen al que disparaban las notas era capaz de atravesar nuestros cerebros de oreja a oreja, sin dejar un resquicio por el que se pudiera escapar la más leve conversación entre vecinos de mesa.

Cuando uno es bombardeado por ruidos de esas magnitudes, que amenazan con hacer estallar los huesecillos del tímpano, puede optar por taparse los oídos con la servilleta (lo cual no siempre es bien visto por otros comensales) o, si uno es precavido, con tapones de oídos, que no debieran faltar en los bolsillos de los trajes con los que se asiste a esas fiestas. Pero no nos desviemos: cuando uno logra aislarse a través de estos artilugios, sucede que, paradójicamente, puede entrar en fase de ensimismamiento reflexivo, aislado de los demás por la guerra acústica que sucede en el exterior.

Así me pasó, a ratos, en la susodicha fiesta, y el rumbo de mi reflexión me llevó a la conclusión de que nuestra capacidad para hacer ruidos cada vez más intensos es un ejemplo indudable de que los avances tecnológicos han crecido más de prisa que nuestro desarrollo en otros ámbitos de la vida.

En los últimos 50 años hemos pasado de tener tocadiscos capaces de inundar de notas la sala de una casa, a utilizar torres de bocinas que, puestas de acuerdo, pueden romper con su vibración los cristales de una casa. Casi cualquier “sonidero” o grupo medianito puede invadir con sus acordes varias cuadras a la redonda. Pero ni esos grupos, ni las personas que los contratan, han crecido en conciencia comunitaria, en empatía, en la civilidad más básica que los impelería a reducir sus emanaciones acústicas de tal forma que no rebasaran los límites de su propiedad.

Tampoco hemos podido construir un Estado de derecho que nos proteja eficazmente de tales atentados contra la civilidad más elemental. No hemos construido los mecanismos suficientes para evitar que cualquier papá de quinceañera se sienta con derecho de montar un estruendo marca diablo de las 5 de la tarde a las 5 de la mañana, o que surjan “terrenos para fiestas” en cualquier descampado, sin mecanismos para asegurar que el ruido que ahí se produce no atormente a todos los vecinos.

Pero más allá de la afectación de terceros, es inconcebible cómo no hemos logrado desarrollar un sentido de autocuidado básico que nos invite a protegernos de ruidos extremos (aunque sean o pretendan ser música) que –está demostrado– dañan irremediablemente nuestros recursos auditivos. ¿Por qué, si conocemos por la ciencia que las células receptoras del sonido se destruyen nos sometemos colectivamente a un tratamiento de ruido tan extremo?

Podría decir (pero no lo voy a decir porque se puede objetar que el “gusto” es cuestión de “gustos”) que si hubiéramos desarrollado nuestro gusto y creatividad musical en la misma medida que aumentamos la capacidad técnica para amplificar el sonido, meteríamos a la cárcel al conjunto musical que se atreviera a repetir el mismo repertorio que tocaba hace 30 años (Caballo Dorado incluido) por arriba de los 120 decibeles.

Así como la capacidad técnica para aumentar la magnitud de las ondas sonoras está muy por delante de nuestro desarrollo cultural, hay muchos otros aspectos en los que se presenta este fenómeno, como el uso civilizado de las redes sociales, o cosas más complejas que son problemas para la bioética. El espacio de aislamiento auditivo que me llevó a estas reflexiones se suscitó, les recuerdo, en un gran festejo de maestros; lo que me lleva a pensar que el tema que tratamos en este artículo no debe estar, ni por asomo, entre los objetivos educativos. Y el gran problema es que una educación crítica es la única vía para remontar esta brecha entre técnica y cultura.

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