Jaime Panqueva
17:13
14/10/16

De Comala vienen los cuentos

"Comentaba Hemingway en su nouvelle Las verdes colinas de África que no era correcto juntar con frecuencia a los escritores, ya que podían convertirse en gusanos dentro de una botella, tratando de obtener el conocimiento y la nutrición de su propio contacto y de la botella..."

De Comala vienen los cuentos

Imaginé siempre una Comala muy distinta; ésa que se erguía “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”. A la que Abundio recomendaba no llevar cobija. Cuán diferente era aquella Comala literaria que me cautivó en la preparatoria y por la cual casi pierdo un examen definitivo. Entonces, recuerdo que en vez de ofrecer un análisis de los personajes, como lo pedía la pregunta que malinterpreté, me convertí en uno (onda spin-off) y con un burdo estilo rulfiano increpé sobre la hoja del esténcil a mi maestra, la Sra. Plazas, por tener que vivir en aquel desierto abrasador separado de la anheladísima Susana San Juan. No me dieron ni una décima por aquel destello de imaginación, o plagio, dependiendo de dónde se mire. Pero los dioses se apiadaron luego, y pasé la materia.

El fin de semana pasado, fui a Comala a un encuentro de cuentistas con la invitación de dos escritores que admiro, Luis Felipe Lomelí y Valentín Chantaca. Y, además de regresar con un costal de historias, volví con la convicción de que el género, en aquel lugar de aparente muerte y desolación, sigue lleno de vida y en manos muy talentosas. Acuso a estos dos caballeros de poblar la mítica Comala, hoy Pueblo Mágico (qué título más justo), con los murmullos de escritores de las más diversas partes de México, de recubrir sus calles empedradas con cuentos de algunas de las voces consagradas en el género como: Eduardo Antonio Parra, Mónica Lavín, Pablo Soler Frost, Ana Clavel, Rogelio Guedea, Patricia Laurent Kullick y, claro, nuestro gran anfitrión, Luis Felipe Lomelí, quien también dio una lección de cómo deben organizarse, con seriedad y profesionalismo, estos eventos.

Debo destacar la asistencia de decenas de escritores cuyos trabajos ya sobresalen en el plano nacional, y que para no abrumar el lector (y para no quedar mal si omito algún nombre), no enumeraré. Por supuesto, subrayaré la ausencia de un invitado que no llegó, como sí lo hicieron sus letras, Ignacio Padilla. Aplaudiré el apoyo brindado por las autoridades colimenses con espacios como la Hacienda de Nogueras, en cuyo balcón se realizaban las lecturas matutinas frente a sus jardines tropicales, muy ajenos a la aridez de la Comala literaria; o la Casa de Cultura, que albergó las tareas vespertinas.

Pero los cuentos no existen sólo para los especialistas y los salones literarios; los cuentistas también madrugaron a visitar escuelas, universidades y el Cereso Femenil, en una excelente muestra de la capacidad de vinculación que debe tener el arte en nuestra sociedad. De igual forma, artesanos y productores locales exhibían sus mercancías en la antesala de las lecturas y discusiones, como también vendían los libros de los invitados. Para la memoria del encuentro se editaron siete plaquettes, de tres autores cada una, un tiraje de 1.000 ejemplares por título, y distribución gratuita. Para los más curiosos, quedó disponible un blog donde podrán encontrar todo sobre el encuentro.

Sé que los encuentros de escritores tienen mala fama. Quizá los lectores de Salvatierra dirán que bien ganada... Pero creo que Cuento Comala ha delineado a la perfección cómo debe realizarse un encuentro de escritores; daba gusto ver público de todas las edades interesado por la palabra y las diversas voces que la trabajan. Siento orgullo por haber asistido a esta primera edición de Cuento Comala, y algo de desazón al pensar que en nuestra ciudad y en nuestro estado no estamos articulando el trabajo literario bajo esa visión de igualdad, de vinculación que nos ayude a restañar el tejido social. Y en los casos en que esto se busca, escasea el apoyo exigible e indispensable de nuestras autoridades.

Comentaba Hemingway en su nouvelle Las verdes colinas de África que no era correcto juntar con frecuencia a los escritores, ya que podían convertirse en gusanos dentro de una botella, tratando de obtener el conocimiento y la nutrición de su propio contacto y de la botella... Pero en esto, como en otras cosas, creo que el buen Ernest se equivocaba; sería más sensato hacer caso de ese viejo dicho de las abuelas que dice: Una vez al año, no hace daño. Ojalá y se repita el próximo.

  

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