Oye, ve y calla

Oye, ve y calla

Decía mi mamá que desde muy pequeña debió aprender a callar y ser discreta con la vida de los demás. El hermano de su madre se había vuelto a casar y cada vez que visitaban a la primera esposa y sus hijos –primos de mi mam – debían ella y sus hermanas evitar mencionar los nombres del tío y de la nueva mujer. Y viceversa, al visitar al tío tenían prohibido mencionar a sus primos y su madre. El problema radicaba en que sus pequeños primos se daban cuenta de la situación y ocultaban su tristeza para no preocupar más a su mamá y les pedían a sus primas noticias de su papá a escondidas.

Muchas veces los adultos pasamos por alto la presencia e intuición de nuestros hijos ante la problemática que solemos enfrentar como adultos: laborales, familiares, económicos, de pareja. Bajo la premisa de que son sólo niños, que no se darán cuenta, que no los escuchan, los adultos suelen tocar esos temas sensibles e incluso discutir sobre ellos. Pero la verdad es que el niño ha aprendido tempranamente la lección de “Oye, ve y calla” y en muchas ocasiones, el más lastimado por esas situaciones es él mismo, pues no puede compartirlo con quienes más ama –sus padres–, que  paradójicamente se han convertido precisamente en los causantes de su preocupación.

Recuerdo una película que me hizo reflexionar mucho sobre este tema: “Elisa antes del fin del mundo” (Gómez B.R., Televicine, 1997), donde una pequeña vive la crisis económica de sus padres desde su propia perspectiva, y al no tener comunicación con ellos decide resolver por sí misma la situación, encontrando la muerte en la búsqueda de la tranquilidad de sus papás. Cuántos niños en esta época están padeciendo problemas de estrés, depresión, alteraciones alimenticias y otros que no corresponden a su edad, sino a lo que resultaría en un adulto cuya vida hubiera sido de constantes agobios, problemas y traumas. Pero es que en nuestra sociedad actual, donde las necesidades se centran en el YO, nuestros problemas son más importantes que la repercusión que puedan tener en los seres que nos rodean, entre ellos, nuestros hijos.

La violencia intrafamiliar, la infidelidad, el divorcio, la falta de trabajo o de recursos económicos se discuten frente a los niños, o en el caso de que tengan suerte, los mandan a otro cuarto como si unos metros de distancia los volvieran sordos de pronto, o ciegos, porque naturalmente estos problemas se abordan con gritos y lenguaje corporal más que explícito. Ya de entrada tenemos una sobredosis de temas sexuales, noticias sobre inseguridad y violencia en los medios, en más de las ocasiones con un lenguaje detallado o acompañado de imágenes que en lugar de denunciar, denotan morbo absoluto como medio de “venta”. Y no hay nadie al lado del pequeño que le informe, que le explique, que lo guíe a través de ese acoso mediático. Si a ello agregamos lo que el niño ve en casa, en vivo y en directo, no debería sorprendernos su respuesta en actitudes violentas o depresivas, ni el lenguaje que utilizan o los temas que entre ellos ya conversan.

¿Se han detenido a pensar lo que pasa por la cabeza de sus hijos cuando ustedes platican sobre estos temas sin apenas notar su presencia? Recuerdo que cuando era chica y las señoras se reunían en la sala, mi abuelita me decía “Los niños se ven, no se oyen”, “Calladita te ves más bonita”, y por supuesto, “Oye, ve y calla”. Así me enteré de amores y desamores familiares, del divorcio de los papás de mis amigos aun antes que ellos mismos, de problemas económicos de amigos de la familia y de “metidas de pata” de más de alguna vecina. Lloré cuando se llevaron a mi mejor amiga durante el divorcio de sus papás, me sorprendí cuando un compañero “salió del closet” con la intervención de su vecina, ya que no se atrevía a contárselo a su papá (un militar bastante tradicionalista), apoyé a mi mejor amigo cuando su hermana descubrió que era adoptada, y en todos los casos me pregunté lo mismo: ¿Por qué no hablaron claramente con sus hijos? ¿Porque los niños tienen que enterarse “de oídas”? Una verdad escuchada a medias se distorsiona de manera desproporcionada en la mente del niño, y sus amigos y compañeros no son precisamente una fuente confiable para aclarar sus dudas y temores.

En plena pre-pubertad, vino una amiguita de mi hija a la casa a pasar la tarde. De pronto me abordaron frente al televisor y me pidieron por favor le explicara a la amiga el proceso del ciclo menstrual. La madre y el padre de la niña, ambos médicos, estaban separados y tenían fuertes conflictos con el asunto de la custodia, y no habían reparado en que la niña ya había crecido y estaba teniendo grandes dudas sobre la sexualidad y su desarrollo como jovencita. Le dije que sus padres estarían mejor informados por su profesión, y que seguramente si hablaba con ellos se aclararían todas sus dudas. Me respondió que a ellos no les tenía confianza, y que el solo tema generaba peleas entre ellos por cómo debían educarla, que mi hija le había dicho que nosotras habíamos hablado de todo eso mucho tiempo atrás, así que se sentía mejor platicándolo conmigo. Esa noche hablé con su mamá y al parecer lo entendió. Poco después mi hija me confirmó que su amiga estaba ya más informada y tranquila de hablar “esos temas” con su mamá. Pero cuántas veces los hijos no cuentan con eso y terminan aconsejados y guiados por otros chicos que saben lo mismo o menos que ellos.

Un problema emocional puede crecer sin control, si todo lo que tiene el niño es otro niño para que lo escuche y lo aconseje. Y si los padres están más preocupados en discutir sus propios asuntos, jamás se darán cuenta de la ayuda que su hijo les pide en un grito silencioso. Por favor, escuchemos a nuestros niños y seamos un apoyo y un refugio para sus inquietudes y problemas. Podríamos estar salvando su futuro.

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