Lenguajes venenosos

“…caemos en lo que criticamos: el prejuicio y la discriminación, ahora por parte de la nueva corrección política.”
Lenguajes venenosos

El lenguaje es una capacidad comunicativa cuya potencia ha sido llevada a extremos notables en el ser humano. En nuestra especie, todos los grupos desarrollan códigos —o sistemas de signos y significados— que facilitan la convivencia cotidiana. Los lenguajes se basan en elementos, las palabras, que son como los átomos de las estructuras de sentido. Las palabras se proyectan mediante un recipiente —una serie de sonidos, un conjunto de trazos gráficos u otros recursos— y transportan un contenido significativo, que denominamos “concepto”.

Los conceptos son las “moléculas” del lenguaje. Una definición más formal sería que un concepto es una imagen mental de un elemento de la realidad que es abstraído —traducido en imágenes mentales— para después ser “empaquetado” en ese concepto.

Este es un proceso que es determinado externamente por la psique colectiva, el ethos comunitario que se construye como respuesta adaptativa de un grupo humano a su entorno concreto. Ningún individuo determina los contenidos de un concepto, más que cuando interactúa con sus semejantes. En otras palabras, una persona individual no tiene la capacidad de alterar sustancialmente los significados de las palabras y sus conceptos. Y esto vale para las expresiones complejas.

Toda sociedad amolda sus lenguajes a las circunstancias propias de su momento histórico, su desarrollo tecnológico, su nivel de institucionalización y su cuerpo regulador de conductas —corpus legal o normativo—. Así, en la república espartana los ilotas eran considerados poco más que animales; los romanos esclavizaban sin piedad a pueblos completos considerados “bárbaros”; los conquistadores españoles subyugaron a civilizaciones americanas completas, y los redujeron a calidad de “menores de edad”; los colonos ingleses, holandeses y franceses exterminaron a los nativos en los dominios imperiales, y así, un larguísimo etcétera. Sus hablas reflejaron los sistemas de dominación y justificación de los poderosos, pero también de defensa por parte de los dominados.

Las lenguas reproducen la conceptualización de un pueblo sobre su realidad, y en particular sobre los otros, los diferentes. Los conceptos se cargan o descargan con contenidos ideológicos, y con frecuencia sus usuarios pierden conciencia de sus significados originales, y se mantienen en uso cotidiano más tiempo que las coyunturas que les dieron origen. No es raro escuchar expresiones con raíces discriminadoras que se emplean —con o sin malicia— en la conversación cotidiana: “trabajo como negro”, “no tiene la culpa el indio”, “me engañaron como a un chino”, “tiene un nopal en la cara”, y un largo etcétera.

El empleo de conceptos cargados negativamente no es único de nuestro país. Ocurre en cualquier conjunto humano. El “otro”, el diferente, siempre despierta temores y provoca una primera reacción de aversión. Es un reflejo condicionado arraigado en nuestra naturaleza animal. No lo justifico, sólo intento explicarlo. La educación inclusiva puede paliar este fenómeno, pero no desarraigarlo por completo, pues los valores y los prejuicios culturales son absorbidos desde la infancia, a través de la familia y el grupo inmediato a la persona.

La corrección política que impera en nuestros días ha añadido complejidad a este tema, pues se han desarrollado amplios y nuevos códigos de compostura que combaten las viejas expresiones prejuiciadas, que algún día tuvieron su momento de “corrección”. Contamos ahora con “lenguajes incluyentes” para el género —y su diversidad—, para las “razas” —otro término hoy demonizado—, para las poblaciones “en situación de vulnerabilidad” —“discapacitado” es preferible a “incapacitado”—, para los grupos etarios —ya no puede emplearse el término “senectud”—, etcétera. El lenguaje se convierte en un recurso más para la construcción de discursos políticos donde imperan las ideologías y sus respectivas correcciones.

Despliego esta reflexión motivado por el linchamiento en medios que se ha dirigido contra el consejero electoral del INE, Uuc-Kib Espadas, por haber empleado una expresión políticamente incorrecta en una entrevista, donde el tema abordado nada tenía que ver con el pretendido racismo del que se le acusa. Conozco al consejero desde hace más de tres décadas y me consta su compromiso con la democracia y los grupos históricamente sojuzgados, como lo ha sido la población de origen afro. Coincido en que fue desafortunado el uso de una expresión cargada, pero el consejero se refería al significado coloquial que se le da —todavía— en nuestro país. Nunca hubo un segundo mensaje o prejuicio oculto.

El desarrollo de esos grupos vulnerados debe fundamentarse en acciones trascendentes para la resolución de las contrariedades que los afectan en el plano material y en el cultural. Hay que combatir los estereotipos venenosos en el lenguaje, sí, pero no mediante el cadalso y el oprobio públicos, sin atender el derecho a réplica, con apertura de mente y beneficio de la duda.

De otra manera, caemos en lo que criticamos: el prejuicio y la discriminación, ahora por parte de la nueva corrección política.

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