Mónica Navarro
03:23
08/07/13

Una provinciana en el DF (Elogio de los chilangos)

Una provinciana en el DF (Elogio de los chilangos)

Por razones de capacitación estuve durante dos semanas en el Distrito Federal. Nunca he temido a la ciudad, pero sí me llenó de incertidumbre intentar adivinar cómo lograría moverme con éxito durante dos semanas en una ciudad tan grande. Fue inevitable pensar en todas las historias urbanas que se cuentan sobre robos, asaltos y agresiones a sus visitantes, aunque no acostumbro cargar ese tipo de prejuicios. Así que, mochila en la espalda, caminé por el centro buscando un hotel económico y cercano a una estación del metro. No fue difícil; abundan desde hostales hasta hoteles muy baratos o hasta de lujo, pero esos no cabían en mi presupuesto.

Personal  de varios estados acudió al curso; para mi asombro, todos estaban hospedados en un hotel muy caro en proporción a los viáticos otorgados, pero relativamente cercano al plantel donde sería nuestra actividad. Cuando compararon los 300 pesos que yo pagaba por noche contra sus más de 700, la mayoría argumentó que valía la pena estar recortados en gastos, para no exponerse a una ciudad tan peligrosa.

Cuando el maestro titular del curso se ofreció a llevarnos al conocer el primer hospital de la Nueva España, ubicado a un costado de Palacio Nacional, de inmediato la protesta se dejó sentir: más de una acusó al docente de irresponsable, al exponer al grupo a viajar en metro y sumergirse en medio de un lugar tan peligroso. Fue todo un espectáculo ver a personas adultas tomadas de la mano y caminando con terror por ese lugar. Pero hasta ese momento no me había dado cuenta de lo que esto representaba, hasta que una compañera originaria del DF comentó que los compañeros de interior de la república les teníamos miedo. Entonces desplegué las antenas y vi cómo, de manera sistemática, mis acompañantes de provincia eran groseros con los defeños. Su desconfianza era tan manifiesta en todos los detalles, que ante las preguntas comunes respecto a sus ciudades de origen y la causa de esta visita, ellos preferían no responder. La razón: "No hay que ser amables y menos conversar con los chilangos, porque luego te persiguen y te asaltan”. Conclusión básica. Todos los del Distrito Federal son ladrones, estafadores y demás.

Lo aquí sucedido me llevó a pensar en la discriminación y la violencia verbal que usamos al referirnos a nuestra capital y sus habitantes, como si vivir en esa enorme ciudad los despojara de su lado humano y bondadoso. Me imaginé el supuesto contrario de que alguien viniera a mi ciudad y a todos nos tratara con desconfianza. En lo personal me topé con personas amables, restoranes con meseros que brindan un servicio excelente, personas que se ofrecieron a cargar mis cosas, tomar fotografías y darme instrucciones. Incluso cuando pregunté a una mujer dónde comprar un pastel sabroso, se ofreció a comprarlo por mí y llevarlo a mi aula. Me sorprendió la cultura de respeto hacia los demás: no intentan romper las filas para llegar antes ni insultan a quien se atreve a ser diferente.

Con mi credencial de elector podía tomar prestada una bici. Caminé al filo de la medianoche mientras veía parejas besándose, chicos en patineta, personas rezando en un templo expiatorio después de las 10 de la noche; abordé taxistas que jamás intentaron asaltarme  ni engañarme con la tarifa.

Aprovechando mi estancia, decidí recorrer la ciudad. Con 6 pesos recorrí desde el centro hasta Xochimilco, durante una hora y media de viaje y haciendo sólo ese gasto. Algo inesperado fue  el grupo de ciclistas que ya en ese lugar, te orientan o acompañan a los embarcaderos,

Otras veces, algunos amigos del Distrito Federal me llevaron a recorrer la ciudad de norte a sur, de oriente a poniente; aun en horas pico, nunca vi o escuché los insultos que son lo cotidiano en mi ciudad. En el DF sí hay bravucones y cafres al volante, pero hace mucho tiempo que las llamadas ciudades de provincia les ganamos, en eso de andar histéricos desde las 6 de la mañana y conducir como si los demás vehículos no tuvieran derecho de circular sobre la misma vía.

En fin. ¿Qué tal si antes de llenarnos de prejuicios nos damos a la tarea de disfrutar nuestra ciudad capital, nos despojamos de tanta idea negativa y aceptamos que la bondad y generosidad humana no son exclusivas de ciertas zonas geográficas?

Un dato curioso: durante mi recorrido supe que la construcción de Palacio Nacional está  basada en los planos de una cárcel peruana. ¿Será por esa razón que nuestros anhelos han quedado presos en ese monumental recinto?

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