miércoles. 25.05.2022
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De democracia participativa y narrativas encontradas • Sergio Miranda Bonilla

"¿Queremos o no queremos democracia?"
De democracia participativa y narrativas encontradas • Sergio Miranda Bonilla

¿Queremos o no queremos democracia?

¿O la palabrita no es más que un comodín que se flexiona dependiendo de la circunstancia?

No hace mucho, sostuve un intercambio con alguien que sostenía que cuando un pueblo ratifica con su voto a un gobierno que ha respondido a los intereses populares, no se puede denominar democracia, sino populismo. Aparentemente, desde su postura, la “verdadera” democracia viene cuando el pueblo vota por las opciones que ofrecen medidas antipopulares pero “necesarias”.

O sea que el pueblo no sabe lo que le conviene, según esta concepción. Los que “saben” son los de arriba, que saben que lo mejor para los de arriba no es necesariamente mejorar las condiciones del pueblo de abajo.

De aquí a “pégame pero no me dejes”, el psicoanálisis tendría mucho que decir en política desde la derecha.

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Un profesor que me dio clases durante 4 semestres en la preparatoria (y por cuyas aulas pasamos miles) declaraba que el voto de un campesino analfabeta que recibe despensas no vale tanto como el voto de un profesionista con formación universitaria.

No era su único comentario con tendencias aristócratas (en el sentido etimológico del término: "aristocracia", gobierno de los 'mejores') o plutócratas cercanas al conservadurismo del siglo XIX. Restar valor a un voto por el juicio de la persona que lo emite no es diferente a falacia por argumento 'ad hominem', por no decir profundamente antidemocrático.

¿Y entonces fue democrático el anuncio de la victoria de Fox por parte de Zedillo? ¿Fue democrática la oscura elección de Felipe Calderón, de quien algunos nostálgicos de la mano dura insisten ha sido “la mejor presidencia de México”, sangre aparte? ¿Fue democrático el triunfo de Peña Nieto, gracias a una de las inversiones mediáticas más poderosas de los últimos años? ¿Fue antidemocrática la elección de López Obrador, con una de las asistencias a urnas más nutridas y una mayoría incuestionable?

¿Dictadura? El actual mandatario pone a consulta la revocación de su mandato, ¿y eso es un camino a la dictadura? Pero en sexenios anteriores no era raro escuchar ideas del tipo: “México no está preparado para la democracia. Se necesita un hombre fuerte. La prueba es que durante décadas elegimos un régimen corrupto e incompetente”.

Oh, pues: decídanse, ¿hay democracia o no? ¿Quieren o no quieren una dictadura? ¿Pinochet, Stroessner y Chávez van o no en la misma casilla?

Porque en enero pasado, el ayuntamiento panista de León, Gto. convocó a una consulta ciudadana sobre presupuesto participativo. Un ejercicio de democracia directa no muy diferente a la consulta popular de agosto pasado o a la de este 10 de abril sobre la revocación de mandato. ¿Vale la pena o no?

“Nuestra democracia es un circo porque en el congreso se la pasan poniendo mantas y gritando consignas”. ¿No han visto los debates parlamentarios europeos, especialmente los ingleses, los padres de nuestro sistema bicamaral representativo? Se dan hasta con el zapato. Y quizá de eso se trata, precisamente. No del zapato, sino del ejercicio del debate fuerte y abierto.

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Los años ochenta. Economía neoliberal. Ronald Reagan, Margaret Tatcher y Juan Pablo II idealizan a Teresa de Calcuta, a la vez que castigan a Ernesto Cardenal, Ellacuría, Boff o Casaldáliga. Control de daños vs. transformación estructural desde abajo.

Salinas de Gortari, TLC... Acercamiento al PAN, cuyo conservadurismo cultural será un aliado ideológico. La famosa “concertacesión”, en la que se negocia en la sombra la gubernatura panista en Guanajuato.

Como oposición al manejo de la historia que hizo el priísmo tradicional para legitimar el gobierno “revolucionario”, el PRI de Harvard, tributario de las políticas económicas del FMI o el Banco Internacional (ensayadas en el Chile de Pinochet y demás dictaduras latinoamericanas), se vale de los “intelectuales orgánicos” como Krauze: editorial Clío, documentales sobre historia en Televisa (!), etc.

Y entonces van adquiriendo fuerza otras narrativas. Si lo que sigue te lo dijeron en la prepa, como a mí, bien harías en trazar el “pedigree” ideológico de estas afirmaciones:

“El quinto centenario de la llegada de Colón a América es el ‘encuentro de dos culturas’”. ¿No el inicio de un genocidio? ¿Por qué la perspectiva de intelectuales como Krauze y no de León Portilla, por ejemplo, y qué visión de país se privilegia? ¿En qué papel se ubica a los pueblos originarios? ¿Qué opinan los zapatistas, que tomaron por sorpresa al régimen en 1994, de la versión de Krauze?

“Hidalgo no fue un héroe, sino un libertino promiscuo cuyo grito en 1810 fue a favor de Fernando VII”. Lo que ni siquiera los españoles sabían en ese momento es que Fernando VII había pactado con Napoleón, y en vano los españoles le consideraban la esperanza de la patria.

“La imagen de Hidalgo es falsa”. Claro, pero eso se toma como argumento para erosionar al personaje, un exalumno de jesuitas, por cierto… políglota, culto, traductor de Moliere y testigo del sufrimiento de la clase campesina, que salió de Dolores con unos cientos y llegó a Guanajuato con una fuerza de miles.

“Iturbide es el verdadero héroe de la Independencia. Quiso restaurar la gloria mexicana con el inicio de un imperio que nos hubiera hecho una potencia”. La lucha de independencia en su origen aglutina varias corrientes de pensamiento y reivindicaciones diversas. Pero, en términos ideológicos, desde un principio hubo un germen republicano. Iturbide estuvo en el lugar correcto en el momento correcto, cuando conservadores españoles seguían mirando el modelo monárquico europeo como alternativa y necesitaban, simplemente, un monito.

“Benito Juárez fue un indio mugroso traidor a la patria. Quería enriquecerse con la venta de nuestro territorio con el tratado McLane-Ocampo. En cambio, Maximiliano era bueno, rubio, guapo y quería a los indígenas”. Y que fuese un pobre títere víctima de las circunstancias en manos de los grandes capitales de su tiempo no tiene nada que ver.

“Porfirio Díaz es el mejor presidente que ha tenido México. Alentó la inversión extranjera, embelleció la capital y construyó una infraestructura ferroviaria que sigue hasta nuestros días”. Las tiendas de raya, la reducción del campesinado a una situación de esclavitud, la bajísima expectativa de vida, la pobreza y el analfabetismo, no por ser la justificación histórica del régimen priista emanado de la revolución para legitimarse son hechos falsos. Las cifras macroeconómicas pretenden borrar por deslumbramiento el costo social.

El siglo XIX no ha acabado.

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“Hay dos novelas que pueden cambiar la vida de un chaval de catorce años que se dedique a devorar libros: ‘El señor de los anillos’ y ‘La rebelión de Atlas’. Una es una fantasía infantil que, normalmente, suele engendrar una obsesión enfermiza con héroes increíbles que termina degenerando en una madurez emocionalmente dañada y socialmente inválida, creando un ser incapaz de relacionarse con el mundo real. En la otra novela, por supuesto, hay orcos”: Paul Krugman.

Sergio Miranda Bonilla

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