miércoles. 22.09.2021
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El Evangelio Según • La diferencia • Víctor Hugo Pérez Nieto

“Así de fácil nos aplicaron a mi esposa y a mí la dosis que llevábamos meses mendigando en México…”

El Evangelio Según • La diferencia • Víctor Hugo Pérez Nieto

Hace dos semanas realicé un viaje a Wisconsin, podría decir que de placer, pero la razón que lo motivó, luego de dos años sin salir del país, fue completar mi esquema de vacunación contra el covid-19.

En marzo recibí la primera dosis del biológico Pfizer como personal de salud, y de ahí viví un calvario para la siguiente vacuna. Me hicieron ir cinco veces a la ciudad de León sin vacunarme y haciéndome gastar lo de un vuelo internacional. En la clínica donde trabajo, que es el hospital #13 del IMSS, se encargaron de obstaculizar mis salidas a León una y otra vez para que llegara tarde, hasta que debí denunciar acoso laboral ante la Secretaría de la Función Pública. Para entonces ya no había vacuna Pfizer, porque según la 4T, todo el personal hospitalario estaba  inmunizado. Me dijeron que debía acudir el día que nos tocara a los chavorrucos (de entre 40 a 49 años), pero perdí toda esperanza al ver las filas kilométricas y la indolencia de los “servidores de la nación” para la inmunización por edades. Entonces tomé la decisión de no deberle nada ni al gobierno ni a la institución donde trabajo, y por dignidad vacunarme en el extranjero, para podérselos restregar en la cara y platicarles el proceso tal como es en Estados Unidos, desligado de campañas, partidos políticos, caudillismos e ideologías.

En el estado de Wisconsin, cercano a Canadá, dedicado principalmente a la agricultura y sin grandes núcleos urbanos —con excepción de Milwaukee donde vive la tercera parte de la población, por lo que se le mira baja densidad poblacional– y con extensiones interminables de bosques y lagos, muy similar a lo que ví en La Patagonia, en cualquier Walmart te aplican la vacuna Moderna, pero como mi esposa y yo ya llevábamos el esquema incompleto Pfizer, llegamos a preguntar a un pueblo llamado Stevens Point, de apenas 25 mil habitantes, donde hay una especie de “Farmacia Guadalajara” llamada Walgreens, y a donde acudimos sin cita (nuestra intención era sólo preguntar). Ahí hicimos una fila de dos personas luego de llenar el cuestionario y nos dieron a escoger entre las vacunas Moderna, Pfizer o Jonhson & Jonhson. Así de fácil nos aplicaron a mi esposa y a mi la dosis que llevábamos meses mendigando en México. Luego nos dieron cita para completar el esquema en cuatro semanas. Ya no regresamos porque lo que queríamos era la segunda dosis (misma que yo debí haber recibido desde abril).

Cuando regresé al aeropuerto de Morelia, de camino a la central camionera de esa zona metropolitana de casi un millón de habitantes, había un caos vial como hacía mucho no veía. Cuando el taxi logró avanzar un poco, observé la triste realidad en mi país: cientos de miles de jóvenes y adultos mayores bajo los rayos del sol, en una fila de cinco kilómetros, para poder entrar a un auditorio de usos múltiples a recibir su primera dosis de vacuna. Afuera, bajo un gran cartel de propaganda política con cuya sombra intentaban reguardarse un poco del calor, había desmayados por insolación, riñas y vandalismo, por una estrategia de vacunación llevada desde el principio con los pies.

Sólo nos hace falta salir del país para darnos cuenta de la diferencia, y no creer que tenemos un sistema de salud como el de Suecia.

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