La renuncia de Germán Martínez al IMSS

“Sintió en carne propia la vergüenza de decir al padre de un niño con leucemia que su hijo será recibido por el oncólogo pediatra dentro de un año, o que no hay neurólogos para valorar a un joven convulsionando, pues no les interesa cobrar los paupérrimos salarios de las plazas que dejan vacantes quienes se jubilan…”

La renuncia de Germán Martínez al IMSS

Soy católico, pero nunca he estado muy al pendiente de mi salvación. Dios me hizo un creyente  demasiado terrenal; sin embargo, creo en el Él como un punto de referencia para conducir mi vida y encontrarle a ésta su sentido moral, ético, cercano a los valores y evitando la monstruosidad que dan al hombre la mentira, el ego, la soberbia, la avaricia o el humano desequilibrio de abusar porque se puede de la dignidad de otro, por algún accidente en la jerarquía, en los cromosomas o en la latitud geográfica que habita.

Eso me ha hecho renunciar a posiciones de privilegio, sobre todo cuando algún trabajo o encargo choca con mis ideales.

Para mí hay sólo una condena: la libertad de elegir entre creer en Dios o no, y aun si se cree o no, el libre albedrío de llevar o no una vida justa, de luchar por los ideales o dejarse arrastrar hacia donde lleva la corriente (el ser ateo no te hace anti ético, pero siempre es bueno tener un marco referencial o punto de partida, más que nada, por comodidad y ahorro de tiempo).

Por eso, y no por falta de resiliencia, llega el momento, —después de haber estudiado tantos años, de haber leído y conocer tanto- en que tiene uno la obligación ontológica de cuestionar las órdenes que se le extienden y el perfil de quien lo hace. No puede uno dejarse llevar así nada más sin criticar medidas que parecen absurdas, o servirle de parapeto o de sparring a algún superior jerárquico. Es así como los críticos nos convertimos en indeseables del o los sistemas y estamos mayormente propensos al acoso laboral o, lo que es peor, a quedarnos sin empleo.

Creo que las razones que me motivaron a renunciar a un puesto de confianza en el IMSS fueron, si no las mismas, similares a las que movieron a Germán Martinez en lo más íntimo, para presentar su renuncia como director general del IMSS este 21 de mayo: vergüenza y congruencia.

Yo argumenté motivos de salud (que realmente los tuve, debido al estrés y la desazón), pero Germán Martínez fue más tajante en su carta de despedida. Ni yo lo pude haber explicado mejor, lo cual me hace ver que tiene la cabeza bien amueblada:

“Estoy consciente de los límites y de mis límites, puedo equivocarme, pero soy decente y tengo vergüenza pública, y con serenidad de ánimo, presento en este momento mi renuncia al cargo de Director General del Instituto Mexicano del Seguro Social [….] siempre he tratado de guiar mi vida por convicciones. No soy lambiscón ni barbero de nadie […] no seré florero en el IMSS, de decisiones tomadas fuera del IMSS”.

Sintió en carne propia la vergüenza de decir al padre de un niño con leucemia que su hijo será recibido por el oncólogo pediatra dentro de un año, o que no hay neurólogos para valorar a un joven convulsionando, pues no les interesa cobrar los paupérrimos salarios de las plazas que dejan vacantes quienes se jubilan. Que quedará con secuelas de por vida si no busca atención privada.

Pensé que como en el cuento de Jalil Gibrán, era yo el único lúcido que no había bebido del agua de la fuente de la locura de la ciudad de Wirani, y me sentía mal viendo el desmadre que mis jefes negaban. Pero cada día que pasa, la vida me da más y más la razón y, lejos de arrepentirme, me enorgullezco de la decisión que tomé.

Espero que la vida no se ensañe conmigo, como lo intentaron algunos supervisores esbirros del sistema, por ser firme en mis convicciones, y deba llenar mi copa con agua de la fuente de la locura, para recuperar la cordura ante la mirada de los demás.

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