La Revolución que no fue

"Olvidan que ninguno de nuestros derechos ha sido gratuito o logrado por la generosidad de la oligarquía. Fue gracias a una Revolución que hubo hace cien años, que nosotros no debimos (o no deberíamos) comenzar de cero..."

La Revolución que no fue

Haciendo un análisis, a seis años de haberse celebrado el centenario de la Revolución Mexicana vivimos en las condiciones previas a su estallido.

La edad de jubilación y las horas de trabajo se han aumentado a los años de las postrimerías del siglo XIX, con condiciones laborales que el mismo Porfirio Díaz envidiaría; la seguridad social está a punto de desaparecer, las pensiones a merced de la banca y el petróleo en manos del capital extranjero. Hoy hacerse viejo se ha convertido en un  delito social, equivalente a ser médico o maestro y salir a la calle a protestar. Parece ser inmoral gastarse en jubilaciones el dinero que los trabajadores tributaron quincena tras quincena durante su periodo laboral, por eso los ministros fallaron a favor de no otorgar pensiones mayores a diez salarios mínimos, independientemente de lo que se aportó a lo largo de una vida. Obviamente esta ley aplica al trabajadores de a pie, no a diputados, senadores, presidentes, gobernadores, ministros de la Suprema Corte de Justicia y demás tlatoanis que desde hace siglos se han querido desterrar de la función pública. Ellos no son mexicanos, y si lo son, se rigen por sus propias leyes sin dar cuentas a nadie, mientras el resto del país, hasta para ser feliz debe tener permiso.

Olvidan que ninguno de nuestros derechos ha sido gratuito o logrado por la generosidad de la oligarquía. Fue gracias a una Revolución que hubo hace cien años, que nosotros no debimos (o no deberíamos) comenzar de cero. Esta centuria existió un capital acumulado en favor del trabajador gracias a los logros alcanzados por quienes se manifestaron, tomaron las calles e incluso perdieron la vida antes que nosotros. Un activo que nos pertenece por derecho propio y del cual ahora se nos quiere privar, como en el porfiriato. Como si el gobierno, las Afores, el sistema bancario internacional y las petroleras trasnacionales no supieran que nuestra potestad, nuestros recursos naturales, nuestro derecho a la educación gratuita, a la seguridad social, a un retiro decoroso cuando seamos viejos y la sociedad deba retribuirnos lo que dimos por ella, y para lo que aportamos suficiente capital, todo eso descansa en hombros de gigantes como los Mártires de Cananea y Río Blanco, Francisco I. Madero, los hermanos Serdán, Emiliano Zapata, Francisco Villa, Demetrio Vallejo, Valentín Campa y Lázaro Cárdenas, cuyos fundamentos fingen haber olvidado los neoliberales que esgrimen su bandera y usurpan el manoseado grito revolucionario, mientras debajo, en el delirio de lo oscurito, desmantelan sus ideales. Siempre lo absurdo, tan simple como lo serio. Siempre la mentira, tan confusa como la realidad.

Hoy el que abre los ojos y mira su historia para intentar ajustarla con el presente, está condenado a las decenas de Valles Nacionales, palacios de Lecumberri y San Juanes de Ulúa que hay para dirigentes sociales, disidentes políticos o demás gente pensante.

Aun así, a pesar de las amenazas, he visto salir a la calle a todo México: médicos, maestros, estudiantes, petroleros, electricistas y padres de desaparecidos, para protestar en silencio, mansamente, esperando estoicos las balas, tomando nuevamente los caminos por la Revolución que no fue, y si fue, no les alcanzó. Todo ante el ultimátum de ya bajarle a nuestro mal humor porque los tenemos hasta la madre con nuestros rezongos y han sido tolerantes a excesos criticables. Que los 11 muertos de Nochixtlán fueron sólo una probadita de lo que nos espera si no le vamos disminuyendo los huevos al rompope.

Afortunadamente, para ellos, y desafortunadamente para nosotros, se pusieron de moda los actos de contrición. Hoy, con pedir perdón y declararse arrepentido se pueden borrar los pecados como en el confesionario. Si usted no paga sus impuestos, arrepiéntase; si usted adquirió de manera fraudulenta una casa de nueve millones de dólares, arrepiéntase; si usted dio la orden que desaparecieran a 43 estudiantes y dispararan contra maestros disidentes desarmados, matando a mansalva a 11 ciudadanos que muy probablemente votaron por usted, solamente: ARREPIÉNTASE; si tiene cuentas en Panamá, también arrepiéntase; si vendió el petróleo a las empresas trasnacionales, acabó con las REPECOS dejando a millones sin empleo, aumentó la pobreza de manera exponencial y devaluó el peso a niveles insospechados, arrepiéntase, crea en el Evangelio y, es más, si puede, llore por no haber defendido al peso como un perro. Échele la culpa de todo a la fatalidad, para que no sea juzgado en la historia moderna como el nuevo Antonio López de Santana.

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