CUENTO POR ENTREGAS
Antigua emoción (3)
Escenas del México ochentero y su más siniestra leyenda urbana
Adrián y sus amigos estudian la preparatoria en un colegio lasallista. Visten un uniforme conformado por un traje azul marino y corbata negra. En su escuela, es motivo de pecado venial (y de suspensión) escuchar a los Hombres G, lo más trasgresor que hay (para los hermanos de las escuelas cristianas), lo que no impide que los muchachos se rolen casettes con los éxitos de la banda a la hora de la salida. Entre “El ataque de las chicas cocodrilo” y “Sufre mamón”, los chicos cuentan historias de experiencias sexuales que ellos mismos se inventan y también la leyenda urbana de “Antigua emoción”. A Adrián le gustan todas esas narraciones relacionadas con la ouija, las almas en pena y los pactos con el diablo. Una tarde de viernes invita a sus amigos a su casa, pues sus padres no están.
Se dirigen a Plaza Universidad, en la Ciudad de México. En una tienda de mascotas compran tres ratoncitos. Raymundo, otro de los amigos de Adrián, roba uno gis cuando el vendedor no se da cuenta.
Al llegar a casa de Adrián esperan la medianoche. Carlos, quien es el mejor amigo de Adrián, silba “Venecia” mientras enciende el televisor. Raymundo dibuja una estrella alrededor del aparato. Adrián corta la garganta a los roedores.
-¿Sí crees que funcione?
-Pues vamos a ver, Carlitos. Dicen que sí funciona, que es magia negra, y que puedes ver el programa ese, que es muy bueno y que te cagas del miedo.
-No manches mano, es que yo no quiero matar animales, pobres ratones, qué culpa tienen. Su conversación se ve interrumpida cuando la pantalla se pone negra y se ven los créditos iniciales de “Antigua Emoción”. Los tres gritan con sorpresa y después chocan esos cinco. Todos los muchachos mexicanos chocaban esos cinco como muestra de éxito.
Se sientan a ver el capítulo, que trata de un hombre que sufre un accidente automovilístico y se da cuenta que cada que alguien choca lo visita una multitud, que resulta son los fantasmas de quienes han muerto en accidentes similares. Al final del episodio dice que está basado en un cuento de un tal Ray Bradbury. Cuando esperan ver el segundo capítulo, una frase se ve en la pantalla: “Si gustas ver otro episodio, paga matando más animales. Cuentan homo sapiens. Tarifa: ratones, un capítulo. Perros y gatos: dos capítulos. Machos cabríos: cinco. Bebés humanos: diez”.
-Tráete al Teobaldo –ordena Adrián.
Teobaldo es el gato de la familia. En pocos minutos es sacrificado por un bien mayor. Los siguientes dos capítulos tratan sobre unos secuestradores que violan a un niño y sobre una mujer que al perder una lotería es apedreada por la gente de su pueblo. Los relatos están basados en un cuento de Bret Easton Ellis y Shirley Jackson. Esta vez se fijan en los créditos del programa. Dice: “Creado por Josué Cruz”.
Los tres se preguntan quién será ese tal Josué Cruz.
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El licenciado Wenceslao Godínez trabaja en una oficina de gobierno. Está divorciado y tiene un hijo de seis años. Una tarde escuchó a Perlita, la secretaria de quien está secretamente enamorado, decir que si matas un animal frente a tu televisión y dibujas una estrella de cinco puntas en el suelo, puedes ver un programa de televisión en verdad aterrador. Por no dejar, va a la perrera y adopta un cachorro. Esa noche lo mata. Se proyecta una serie de episodios que le ponen los pelos de punta: una trata sobre un hombre insignificante y gris como él, pero en la Inglaterra del siglo XIX, que se hospeda en el castillo de Drácula. Otra, sobre un hombre igual de mediocre que él, pero de la Inglaterra actual, que contrata asesinos a sueldo en la guía telefónica. Otra es sobre un abogado como él, pero más exitoso, que defiende a un hombre que pacta con el diablo. La cuarta, sobre un chango poseído que atormenta a un reverendo, y la última se llama “El Monte de las ánimas”.
El licenciado Wenceslao agradece que exista algo como “Antigua emoción”, pues la televisión del México de los ochenta es una mierda: el noticiero de Guillermo Ochoa, programas como “Supervacaciones” y comerciales de gelatina Dany.
La noche siguiente acude a la tienda de animales, no sin antes comprar un cuchillo y muchos, muchos gises.
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Paty Pérez es psicóloga infantil. Constantemente escucha a sus pequeños pacientes hablar de historias o películas que los asustan: un capítulo de la caricatura “Los Cazafantasmas” que trata sobre un personaje llamado “El Espantaniños”, que atormenta pequeños por las noches saliendo de sus armarios; la película de “Chucky el muñeco diabólico”; la suposición que los Pitufos son satánicos y por la noche cobran vida y muerden a sus dueños, y algo sobre una serie de televisión que sólo puedes ver invocando al diablo.
Esa tarde, la doctora Pérez escucha a un niño que toma terapia. Le dice que se siente muy culpable porque mató un animalito cuando sus papás no estaban en casa. Era un hámster. Dice que quería ver el programa ese del que todos hablan. Vio un episodio sobre unos niños retrasados mentales que le cortan la garganta a su hermana. La doctora Pérez sabe que es un cuento escrito por Horacio Quiroga. De seguro el niño lo escuchó de la voz de algún adulto y se sugestionó.
No cree una palabra de lo que dice su pacientito. Leyendas urbanas hay por montones, como la del tipo que vende estampitas con droga afuera de las escuelas. O la del hombre con gabardina que lleva una jeringa con el virus del sida. Ja, ja, ja. Piensa. Sida… esa enfermedad ni existe. Es otra leyenda urbana, de seguro.
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Roberto Gómez Carmona es productor de televisión. Le enfurece demasiado que la gente no vea los programas en horario nocturno. Piensa:
“A ver… mi jefe me dice que hay qué hacer televisión para los jodidos, y escribir guiones que hasta su criada los entienda. Sigo sus órdenes pero de alguna forma, el rating de los programas que pasan por la noche va en picada. He mandado hacer encuestas pero… no, la única explicación de los pocos televidentes es muy inverosímil. Sería creer una leyenda urbana. No entiendo cómo puede existir un programa televisivo que rivalice con La Hora Marcada o Dimensión Desconocida y yo jamás lo haya visto”.
Gómez Carmona piensa sacrificar un animal frente a su televisión y dibujar el pentagrama invertido (así se le llama a la estrella, bola de ignorantes, piensa), pero no quiere perder su tiempo. Él es un hombre muy importante y ocupado para andar perdiendo el tiempo en barrabasadas.