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CRÓNICA

Soy mi voz. Una crónica del concierto de Cecilia Toussaint en la Calzada de las Artes • Esteban Cisneros

"Es que, sí, estamos aquí para un concierto..."
Cecilia Toussaint en el Paseo de las Artes del Forum Cultural Guanajuato - Foto, Naza PF, FCG
Cecilia Toussaint en el Paseo de las Artes del Forum Cultural Guanajuato - Foto, Naza PF, FCG
Soy mi voz. Una crónica del concierto de Cecilia Toussaint en la Calzada de las Artes • Esteban Cisneros

Jueves por la noche en León. Es octubre, pero casi no se nota. Hace calor, está apenas oscuro y la ciudad se siente aletargada y un poco lenta. La Calzada de las Artes en el Forum Cultural Guanajuato ya presenta un escenario y un buen puñado de sillas de plástico, impersonales y un poco ridículas ahí vacías, pero muy dispuestas. Avanza la tarde, salen tres estrellas y la gente comienza a acumularse en torno a la tarima con luces, bocinas y cortinas que parece aún un poco fuera de lugar. En unos minutos, en cambio, ahí van a ocurrir cosas.

Está uno tentado a decir que hay muchos adultos, que esta calzada tendría que estar ocupada permanentemente por los jóvenes esmeraldas; pero empieza uno con el prejuicio y la vida se encarga de poner las cosas claras: comienzan a llegar familias, jóvenes, parejas, grupos de chavales (que –¡mira nada más!– no se cansarán de pedir canciones que ya están por cumplir los cuarenta años de su primera grabación), abuelos con sus nietas, abuelas con sus nietos, mamás con sus niños muy pequeños y con los ojos como platos y con sus niñas insolentes y maravillosas (“¿Esto es rock?”, pregunta una, con pinta de estar muy poco impresionada pero con toda la intención de aprender y entender por qué las entrañas de su madre van a  bailar sin control con cada golpe de batería), pandillas de oficinistas, parvadas de hippies, manadas de culturetos pasados por mota, cardúmenes de chicas con ojos brillantísimos que parecen flotar por la calzada con sus vestidos ligeros (saben armonizar el otoño y el clima caprichoso del Bajío, porque están tan vivas que todo les viene bien), chicos con una inquietud en la mirada y en la postura (están ocupados en cosas importantes y el (des)peinado los delata) y decenas de curiosos que se acercaron porque pasaban por ahí. Para todos ellos es este concierto.

Es que, sí, estamos aquí para un concierto. Es octubre en Guanajuato. Haga el tiempo que haga y esté quien esté (y, en medio de una pandemia que no termina de ceder), hay que festejar a Cervantes y al lenguaje y a la posibilidad del lenguaje y, sobre todo, el estar vivos y coleando y culeando. Es una noche cálida de otoño, un signo de los tiempos. Es la noche en que Cecilia Toussaint vuelve a León.
Dan las ocho y una caterva de bohemios sale del museo del Forum, casi todos vestidos de oscuro, unos con sombreros, otros con bigotes, por ahí se adivinan algunas túnicas y capas. Seguro vienen de un tour nocturno entre pinturas y esculturas erráticas pero presentes: aquí en León estamos en constante conflicto de identidad, las definiciones nos encantan pero nos eluden, entendemos el arte y al mismo tiempo no, nos inventamos conceptos para salir del paso y –admitámoslo– nos viene muy guanga la seriedad que el resto de México le pone a sus tics y a sus tradiciones y a sus modos, qué más nos queda. Esta fue fundada como ciudad de paso, sigue siendo ciudad de paso y sabemos bien que aquí estamos de paso; y los que nacimos y vivimos aquí sabemos que, como esos que hacen la armonía baja en un coro, como los que juegan el medio campo en un partido ríspido de futbol, como los que pespuntan en las líneas de producción de zapatos y marroquinería, como los que trabajan con las manos, estamos para ser bisagra, para sostener el tinglado, para resistir el golpe, para amortiguar la caída, para que la vida siga su curso sin sobresaltos. Acá nos cae la bola y hay que atraparla, trabajarla y lanzarla; los que tienen la panza verde saben que la tienen así porque han aguantado siglos de contradicciones y tiranos-de-provincia y fuerzas opuestas que se baten sobre nosotros y quieren usar esos ombligos o de escudo o de colchón. El rojo de la sangre no nos gusta y ni nos culpen, que sangrado hemos y vaya que sí, pero tampoco el azul de los que creen que como mean de ese color creen que es cosa de su hemoglobina y herencia y no porque han tragado quién sabe qué de tóxico por años creyendo que es manjar. Los de la panza verde aguantan y, sí, a veces bostezan y a veces se les nubla la vista. Les gusta lo inmediato, lo fácil, porque ya, de por sí, es muy complicado hacer pan en estas tierras yermas. No se dice esto para que se nos perdone todo, faltaba más. Sólo para reconocer que estamos muy perdidos y que, a veces, lo estamos tanto que ya mejor decimos que esa es nuestra identidad. Pero estamos en plena búsqueda, no se nos impacienten. 
Cecilia Toussaint está al centro de este grupo de bohemios que se dirige al escenario. Ya desde ahí llama la atención su porte y su magnetismo: es una personificación impecable del rock. Se detiene para hacerse fotos con algunos pocos que se atreven a abordarla, franqueando la comitiva que le escolta. Un par de mujeres la abrazan, se toman una foto, visiblemente emocionadas intercambian algunas palabras con ella. Cuando ella se va, miran el teléfono que usaron como cámara. El resultado es lamentable: en la pantalla sólo se ve una luz borrosa. “La peor foto que he tomado”, dice una. La otra completa: “Está de la chingada, ¡nadie nos va a creer que conocimos a Cecilia!”. Le llama así, Cecilia, porque quizás apenas hoy pudo acercarse a ella, pero la ha escuchado por años. Es pura conjetura al inicio, pero cuando va a sentarse justo al lado nuestro y canta cada palabra a la par que Cecilia le creo que hay algo ahí y va más allá del gusto y de la diversión. Otra personificación impecable del rock, la del acólito que lo es por todo el sentido que le ha brindado a una vida que se hace intensa con cada canción.
Comenzó todo puntual con “Esperando nacer”. Tenía que ser en una noche cálida de octubre, en un lugar que hace medio siglo era una de las orillas de la ciudad, hoy ya totalmente incorporada a la mancha voraz urbana. Una frontera que ya no lo es, pero es que así son las fronteras, se borran. Y ahora aquí, en medio de una urbe púber, estos edificios guardados por una efigie de San Sebastián vestido con flechas hirientes (el pobre se retuerce de dolor y angustia y, mira tú, los leoneses van ahí a escuchar que es el mero-mero de la ciudad y, ¡carajo!, ¿qué se hace con esa información?) pero que quiere ser de todo el mundo porque es casa del arte que, herencia del siglo XX, aspira a abarcar a todas las mentes y a todas las costumbres.
Esta noche, un puñado de cientos de personas se reúnen en torno a uno de esos modernos altares-vivientes armados de tarima, bocinas, luces y cortinas. Porque, ya se dijo, Cecilia Toussaint ha vuelto a León. Es el Cervantino, es 2022 y, apenas salidos de un confinamiento por pandemia, apenas intentando aprender a vivir de nuevo, apenas reconciliándonos con el hecho ineludible de nuestra biología y de nuestra mortalidad, salimos a buscar motivos para seguir. Qué mejor que la música. Y si en la primera canción la voz era opacada por las guitarras eléctricas, la cosa se corrigió enseguida desde la cabina de sonido. “Nada le debo yo al miedo” y “Territorios” sonaron. Sonó esa voz que conocemos tan bien pero que siempre resulta tan nueva. Y tan nueva suena: porque esa garganta nació en 1958 –justo en octubre, mira tú– pero parece que no ha pasado ni un día desde que comenzó a cantar a mediados de los ‘70. No, esperen: ando errado y me corrijo. Sí que se nota el tiempo. Porque en 2022 Cecilia Toussaint canta aún mejor que siempre, y siempre lo ha hecho notable. Se le notan los años como se nota la sabiduría de los sabios y la bondad de los buenos. Es una voz completa que abarca a todos los que estamos ahí en ese gran patio, que si había algún escéptico entre el público ya puede comenzar a convencerse, que si había quien no conocía a la Cecilia entre los asistentes ya puede irse convirtiendo a la causa.
Su grupo le hace honor y trata su música con un respeto museístico pero también con un desparpajo joven y un algo iconoclasta: Jorge Chacón y Juan Pérez (guitarras), Óscar González (bajo) y el hijo de Cecilia, Julián André (batería) forman un combo solvente en el que Toussaint se apoya para hacer lo suyo pero al que también lleva en ocasiones a extremos, tensando la liga hasta casi reventar, con fraseos sacados de la emoción del momento. Lo pienso y casi lo entiendo: esa tensión que hacen del rock una fuerza sonora muy particular, lo profano y lo sagrado jugando juntos, el respeto por la forma pero el querer romper todo para llegar al fondo. Porque, hey, que  nadie se llame a engaño, Cecilia Toussaint lo dice al micrófono con todas sus letras: “Yo soy punta de lanza del rock en español en México”, asegura, y el público le responde con aplausos. Pero, y también lo dice, siempre ha sido expansiva en sus lenguajes musicales y su abordaje de la música eléctrica de 4/4. Lo demuestra con sendos homenajes a sus hermanos Fernando y Eugenio, con “Siempre” y “Fiebre de invierno”, respectivamente (hermanos, por cierto, jazzeros; ella es la rebelde de la familia, si lo vemos así).
Así que, ni modo, a pesar de decenas de peticiones gritadas desde el auditorio, rechaza cantar “sólo canciones viejitas”. También lo dice sin chistar, aquí las cosas son claras. En los últimos años grabó dos discos estimables, Cromático (2020) y El lado sur de mi corazón (2021), un homenaje al pop argentino contemporáneo. Esta noche suenan “Cómo que te vas” (compuesta por José Manuel Aguilera) y la preciosa “Insomnio” del primero; del segundo, sobresalen “Mientes” de Charly García y Pedro Aznar” y “Vivo” de Gustavo Cerati. Cecilia baila, agita los brazos, da brinquitos. Cecilia está inmersa en sí misma pero, de nuevo estas paradojas maravillosas (o cómo las cosas pueden encontrar su sentido en la circunferencia conceptual), está actuando para todos nosotros. Si es imposible cerrar los oídos a su voz, en momentos ya no puede uno apartar la mirada de ella: hoy es noche de brujas, nos hemos adelantado unos días. “Soy mi voz”, canta, y resulta impracticable no creerle.
Pero voces en el público siguen pidiendo canciones. Cecilia Toussaint hace una pequeña concesión, haciendo evidente que lo es sin condescendencia ni molestia: se avienta una versión recortada de “Prendedor” y una completa (y, quizás, el punto alto de la noche) de “Sácalo”. Ambas a capella. Ahí nomás.

Cecilia Toussaint en el Paseo de las Artes del Forum Cultural Guanajuato -- Foto, Naza PF, FCG
Cecilia Toussaint en el Paseo de las Artes del Forum Cultural Guanajuato -- Foto, Naza PF, FCG

Como sucede cuando uno está abismado en la música, el tiempo juega en otra liga. Lo engañamos. Aunque siempre termina ganando el juego, lo mareamos por un rato y cantamos la pírrica victoria. Esta vez, literalmente: cuando toca turno a “Carretera” todas las gargantas, la de Cecilia y las nuestras, están calientes y en su punto. Y los que no corean, guardan silencio para escuchar; todos, las familias, los jóvenes, las parejas, los abuelos con las nietas, las abuelas con los nietos, las mamás y los niños y las niñas (aún más insolentes desde hoy), los oficinistas, los hippies, los culturetos, las chicas con ojos brillantísimos, los chicos con la inquietud en la mirada: todos están ahí en ese momento. Ahí. En ese momento. Y justo de esto se trata todo, ¿no?
Hay un último encore con “Bulldog Blues”. Cecilia Toussaint se va, pero antes firma discos (le extienden, cuando menos, ocho copias de Arpía en distintos formatos) y se saca más fotos. La noche está completa. Todo lo que pase después es cortesía de la casa, un regalo. El jueves se cerró aquí. El fin de semana está inaugurado.
Cecilia Toussaint: qué porte, qué dignidad, qué voz. Y la tuvimos aquí en León. Uno más a los pequeños grandes hitos de este lugar y de esta gente.

C/S.

 

Cecilia Toussaint se presentó el 27 de octubre de 2022 en la Calzada de las Artes del Fórum Cultural Guanajuato en León, Guanajuato. El concierto, que comenzó a las 8 de la noche, fue parte de las actividades del 50 Festival Cervantino. El acceso fue gratuito.



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Esteban Cisneros (León, Guanajuato) es panza verde, escritor, músico de tres acordes, lector, dandi entre basura. Cuanto sabe lo aprendió entre surcos de vinilo y vermú y los Beatles. Está convencido de que la felicidad son los 37 minutos que dura el primer disco de Dexys Midnight Runners. Procura llevar una toalla a todos lados por si hay que hacer autoestop intergaláctico. Edita el fanzine y blog La Trampa del Bulevar y ha colaborado con periódicos, revistas de circulación nacional, otros fanzines y revistas digitales. Su libro Van Dyke Parks (un poemario sobre el genial músico estadounidense), ya está disponible en Amazon y en Book Depository.
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Esta crónica fue publicada originalmente en La trampa del bulevar.

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