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Tan bueno como Arjona

Tan bueno como Arjona

Para ser breve y conciso, M. Night Shyamalan se ha convertido en el Ricardo Arjona del thriller psicológico. Sobreviviendo de la renta que le supuso El Sexto Sentido (1999); y en menor medida, Unbreakable (2000), su particular visión sobre el universo de los superhéroes. A partir de entonces, el realizador de origen hindú no da pie con bola, en una filmografía llena de petatazos.

Sin duda, en Hollywood deben existir algunos entes más generosos de lo que el condicionamiento pavloviano indica; no se puede entender de otra manera la persistencia del realizador en una industria implacable que suele desterrar a los que fracasan de fea manera. O a lo mejor, estos ejecutivos esperan que se repita el milagro acaecido con su relato sobrenatural que le forró de billetes a la productora. Pero al menos el filme estelarizado por Bruce Willis posee su encanto, cierta poética de lo macabro y una vuelta de tuerca que no por derivativa, dejó de tener un impacto considerable para el espectador ingenuo.

De sus catorce créditos como auteur, a partir de Señales (2002), Shyamalan ha producido lo que en términos estilísticos se define como churros, eso sí, con un estilo personal reconocible y en algunos casos, superproducciones que generaron más pena y vergüenza ajena que otra cosa (Airbender. 2010; After Earth. 2013).

Si el cine participa de las características de un lenguaje, la retórica del director se ha vuelto retorcida a más no poder, vacua en muchos sentidos, quesque sofisticada hasta llegar a grados de incomprensión considerable, estructuras laberínticas que ralentizan un estilo de por sí soporífero y cuyas metáforas entre lo turbio o presuntuoso, lo emparentan irremediablemente con las creaciones del cantautor guatemalteco, explicando en parte la fobia que le profesan una buena cantidad de autores que llevaron al género fantástico a su época dorada.

Prueba de la esclerotizada imaginación de Shyamalan está presente de cabo a rabo en The Visit, su más reciente adefesio y un ejercicio de estilo en las fronteras de lo que se denomina mockumentary o falso documental. Lo que pudo ser un vehículo para un divertimento sin pretensiones en los códigos de la clase B más desmelenada, se transforma en un drama gótico, impreciso en el tratamiento interno; un asunto terrorífico sobre el encuentro de un par de hechiceros alucinados que se desmiente en el lapso final, cuyo desenlace se afilia a la corriente del cine de psicópatas matarifes propios de la América Profunda.

Escenificada en primera persona y supuestamente rodada desde la perspectiva de Becca, una aspirante a documentalista, sin embargo, dada la eficiente composición y manipulación de la luz natural o el preciosismo de los cuadros, desmentirán por completo esos esfuerzos hacia el registro directo e inmediato de un creador amateur que deberían ser, en teoría, los lazos de comunión con el espectador.

Resulta plausible, por otro lado, el protagonismo de dos infantes simpáticos, alejados de los odiosos arquetipos del cine de terror que evita convertirlos en ganado para el matadero. En un toque efectista y distanciado, la parte anormal resultan ser un par de ancianos desvaídos, cuya conducta errática y sin sentido genera grados superlativos de inquietud.

Quizá el mayor pecado del ejercicio de estilo haya sido defenestrar su intención primaria de fantasía grotesca, dada la obsesión del realizador por ofrecer culminaciones inesperadas y con ello salvar al par de retoños del asedio de dos vejestorios degenerados. Lo dicho, tan vacía de contenido como una rola del Arjona.

The Visit (Los Huéspedes)/ D y G: M. Night Shyamalan/ F en C: Maryse Alberti/ E: Luke Franco Ciarrocchi/ Con: Olivia DeJonge. Ed Oxenbould/ Deanna Dunagan, Peter McRobbie, Kathryn Hahn y Celia Keenan-Bolger/ P: Blinding Edge Pictures, Blumhouse Productions. EUA. 2015.