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Teatro a una sola voz • Cuando una actriz sostiene un universo • Paola Arenas

“…cuando un festival apuesta, año con año, por acercar ese tipo de experiencias a su comunidad, no sólo presenta teatro…”
Yo pensé que era especial - Foto, Paola Arenas
Yo pensé que era especial - Foto, Paola Arenas
Teatro a una sola voz • Cuando una actriz sostiene un universo • Paola Arenas

Hay funciones que deslumbran por la espectacularidad de su producción y otras que recuerdan por qué el teatro existe incluso cuando casi todo desaparece.

Yo pensé que era especial, de Rocío Leal y Enara Labelle, bajo la dirección de Hugo Arrevillaga, presentada dentro del Festival de Monólogos Teatro a Una Sola Voz, pertenece a esa segunda categoría. Una plataforma cuadrada de madera, apenas elevada unos centímetros del suelo; un pequeño orificio en el centro; cuatro diminutos bancos de madera que, conforme avanza la historia, dejan de ser bancos para convertirse en habitaciones, escuelas, personas y recuerdos. Nada más; mejor dicho, todo lo necesario.

La protagonista nos conduce por la vida de una mujer cuya estatura ha condicionado la manera en que el mundo la mira, o más dolorosamente, la manera en que decide no mirarla. Desde la indiferencia de un padre hasta la violencia ejercida por una madre, pasando por el acoso escolar y las dificultades de una profesión donde la apariencia suele convertirse en criterio de selección, el relato construye la historia de alguien que ha tenido que encontrar su lugar en un mundo que constantemente la minimiza.

El texto también deja entrever una forma distinta de relacionarse con las personas y con su entorno, una sensibilidad que complejiza aún más su recorrido sin necesidad de nombrarla o explicarla. La obra confía en que el espectador complete esos espacios desde su propia experiencia.

La escenografía hace exactamente lo mismo: es una propueta que pocas veces resulta tan evidente que un espacio puede ser tan poderoso precisamente por su capacidad de renunciar al protagonismo. Esa pequeña plataforma nunca intenta imponerse sobre la actriz; le ofrece un territorio donde la imaginación del público hace el resto. Los pequeños bancos adquieren dimensiones inesperadas gracias a la convención teatral, recordándonos que los objetos no tienen significado por sí mismos, sino por la relación que establecen con quien los manipula y con quien los observa.

La iluminación acompaña esa decisión con absoluta coherencia. Sin recurrir al color, únicamente mediante variaciones de intensidad y dirección, consigue expandir o comprimir el espacio escénico, hacerlo íntimo o exponerlo por completo. La luz contiene cada emoción.

Pero el mayor acierto de la puesta está en otro lugar:  en la palabra.

Y está en una actriz capaz de sostener durante sesenta y cinco minutos un viaje emocional que transita con naturalidad entre el humor, la ternura, la rabia y la fragilidad. El ritmo nunca decae. Cada pausa encuentra su sentido, cada silencio respira, cada cambio de energía mantiene al público completamente involucrado. Las risas aparecen cuando deben aparecer; los suspiros llegan casi sin advertirlo; los recuerdos personales del espectador se mezclan inevitablemente con los de la protagonista.

Ese aplauso al final de la función confirmó lo que ya era evidente desde antes de que terminara la última escena. La sala estuvo llena y varias personas ni siquiera lograron ingresar al recinto. No era únicamente el reconocimiento a una buena función, sino la respuesta de un público que ha aprendido a esperar este festival como una de las citas imprescindibles del año.

Y ese quizá sea uno de los mayores logros del Festival de Monólogos Teatro a Una Sola Voz. A lo largo de los años, el Instituto Cultural de León ha sostenido el esfuerzo por acercar propuestas escénicas de gran calidad con boletos accesibles, pero también por generar espacios de encuentro entre las compañías visitantes y la comunidad artística local. Las charlas posteriores a las funciones, los desmontajes y los diálogos con estudiantes permiten comprender que el teatro no termina cuando cae el telón; continúa en la conversación, en las preguntas y en la posibilidad de conocer cómo una idea termina convirtiéndose en una puesta en escena.

La formación de públicos también ocurre ahí. Ocurre cuando un espectador regresa cada verano porque confía en la programación; cuando un estudiante descubre que detrás de una plataforma de madera y cuatro pequeños bancos existe un complejo proceso creativo; cuando las y los creadores comparten generosamente las decisiones que dieron forma a su trabajo.

En tiempos donde solemos asociar el éxito de un espectáculo con la magnitud de sus recursos, Yo creo que era especial recuerda algo esencial: cuando el texto, la dirección y la interpretación encuentran el equilibrio, una plataforma de madera, cuatro pequeños bancos y un haz de luz son suficientes para construir un universo entero. Y cuando un festival apuesta, año con año, por acercar ese tipo de experiencias a su comunidad, no sólo presenta teatro: forma espectadores, inspira a nuevas generaciones de artistas y fortalece la vida cultural de una ciudad.
 

Yo pensé que era especial
De Rocío Leal y Enara Labelle
Dirección: Hugo Arrevillaga Serrano
Elenco: Rocío Leal
Asistencia de dirección y diseño de vestuario: Ariadne Alfonseca de la Cruz
Composición musical: Juan Pablo Villa
Diseño de iluminación: Aurelio Palomino
Fotografía y diseño del cartel original: Héctor Ortega
Productora: Rocío Leal
Productor asociado: Hugo Arrevillaga Serrano
Asesoría audio: Unser Salinas / Juan Carlos Corpus