NARRATIVA
Tachas 660 • A Zeus • Calímaco
En el momento de las libaciones, ¿a quién celebraremos sino a Zeus? ¿A qué dios sino a él, que siempre es grande y es rey siempre, vencedor de los Pelagones[1] y juez de los Uránidas?
Pero ¿cómo lo cantaremos? ¿Como Dícteo o como Liceo?[2] Mi espíritu vacila, pues se discute tu nacimiento. Unos dicen, Zeus, que naciste en los montes Ideos;[3] otros, que en Arcadia. ¿Quiénes, oh padre, no dicen la verdad? «Los Cretenses, eternos mentirosos», los Cretenses que han llegado incluso a construirte una tumba, oh soberano.[4] Pero tú no has muerto jamás, tú existes para siempre. En la Parrasia[5] te dio a luz Rea, allí donde es más densa la espesura de la montaña: desde entonces ese lugar es sagrado, y ninguna criatura — bestia o mujer— penetra en él cuando necesita a Ilitía;[6] los Apidaneos[7] lo llaman antiquísimo lecho de Rea.
Allí tu madre, después de haber parido el fruto de sus entrañas, buscó una corriente de agua para lavar las manchas del alumbramiento, para bañar tu cuerpo. Pero el caudaloso Ladón no discurría aún por allí, ni el Erimanto, el más límpido de los ríos, y estaba seca aún toda la Acénide,[8] la que un día iba a ser llamada la tierra de las bellas aguas. Entonces, cuando Rea se soltó el cinturón, se erguían sobre el lecho del húmedo Yaón numerosas encinas; numerosos también corrían sobre el Melas los carros; numerosas eran las bestias que sobre el mismo cauce del Carión tenían sus guaridas; los hombres iban y venían a pie y sedientos sobre el Cratis y sobre el guijarroso Metopa: bajo sus pies fluían, numerosas, las aguas.[9]
La venerable Rea dijo entonces, en medio de su angustia: «Gea amiga, da a luz también tú; son soportables los dolores de tu parto». Así habló la diosa y, después, extendiendo hacia arriba su vigoroso brazo, golpeó la montaña con su cetro; ésta se abrió en dos, y un abundante chorro brotó. Lavó entonces tu cuerpo, oh rey, lo envolvió en pañales, y te confió a Neda[10] para que te llevase al refugio de Creta donde transcurriría tu oculta crianza; a Neda, la más venerable de las Ninfas que la asistieron aquel día, y la de más edad después de Éstige y de Fílira. Y no fue vana la recompensa de la diosa, ya que puso el nombre de Neda a aquellas aguas; su caudal numeroso se mezcla con las ondas de Nereo[11] junto a la plaza fuerte de los Caucones, que es llamada Lepreo: es el agua más antigua que beben los hijos de la Osa, hija de Licaón.[12]
Al abandonar Tenas rumbo a Cnoso —ambos lugares están cerca —, la Ninfa te llevaba, padre Zeus, cuando cayó el ombligo de tu cuerpo. Eso explica por qué desde entonces llaman Onfalio los Cidones a esta llanura.[13] Oh Zeus, las compañeras de los Coribantes, las Melias del Dicte, te tomaron en sus brazos: te mecía Adrastea en una cuna de oro, y tú chupabas la ubre opulenta de la cabra Amaltea, y ávidamente consumías la dulce miel, producto repentino de la abeja Panácride en los montes Ideos que se llaman Panacra.[14] Alrededor de ti bailaron apretadamente los Curetes[15] su danza guerrera, golpeando sus armas para que en los oídos de Crono se oyera el estrépito del escudo y no tus gemidos.
Bellamente creciste, Zeus celestial, bellamente adquiriste fuerza; pronto te hiciste adolescente, y asomó en tus mejillas el primer bozo. Aunque eras todavía un niño, tu inteligencia era perfecta. A pesar de que habían nacido antes, tus hermanos no te disputaron el cielo, la morada que te correspondía. Los antiguos aedos no fueron totalmente veraces. Decían que la suerte dividió en tres partes los dominios de los Crónidas. Pero ¿quién que no fuera un completo insensato iba a echar suertes entre Olimpo y Hades? Lo justo es que los sorteos adjudiquen cosas iguales, y entre éstas media un verdadero abismo. De mentir, que nuestras mentiras sean, al menos, convincentes. No, no ha sido el azar quien te ha hecho rey de los dioses, sino las obras de tus brazos, tu poder y tu fuerza, a quienes instalaste junto a tu trono.
A la más poderosa de las aves hiciste mensajera de tus portentos. ¡Ojalá sean siempre favorables a mis amigos! De entre los hombres elegiste lo que es mejor. No al que navega, ni al que agita su escudo, ni al aedo; a todos esos los dejaste a cargo de los dioses menores, y tú escogiste para ti a los jefes de las ciudades, bajo cuyo dominio está el labriego, y el que empuña la lanza con destreza, y el que maneja el remo, y todo cuanto existe. ¿Qué no hay bajo el poder de un jefe? A los herreros los llamamos gente de Hefesto; a los guerreros, de Ares; de Ártemis Quitona[16] son los cazadores; de Febo, los que saben bien los sones de la lira; pero «los reyes vienen de Zeus»,[17] y nada hay más divino que los reyes de Zeus: por eso hiciste de ellos tu parte. Les confiaste la guarda de las ciudades, y tú, en lo alto de la ciudadela, estás sentado, atento a quién gobierna al pueblo con medios tortuosos y a quién lo hace con justicia. Pusiste en ellos la opulencia y la felicidad en abundancia; en todos, pero no es por igual. Prueba de ello es nuestro príncipe;[18] sobrepasa con mucho a los demás. Realiza por la tarde lo que ha proyectado por la mañana, si son asuntos importantes; si son cosas menores, al mismo tiempo que las proyecta. Otros, para lo mismo, necesitan un año y, a veces, más; a otros les estorbas tú mismo las realizaciones y echas por tierra sus propósitos.
Salud, Crónida, a ti, el más alto de los dioses, fuente de todo bien y de toda prosperidad. ¿Quién podría cantar tus hazañas? Ni ha nacido ni nacerá; pues, ¿quién sería capaz de cantar las hazañas de Zeus? Salud, oh padre, salud una vez más. Concédenos virtud y riquezas. Una felicidad sin virtud no hace prosperar a los hombres, ni una virtud privada de riquezas. Concédenos virtud y felicidad.
Fragmento del libro Himnos, epigramas y fragmentos. Calímaco. Colección: Biblioteca Básica Gredos. Editorial Gredos. 2008. Traducción de Luis Alberto de Cuenca y Prado y Máximo Brioso Sánchez. Se publica con autorización de sus editores.
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Calímaco (310 a.C. - 235 a.C.) Poeta y erudito alejandrino. Maestro en Eleusis, recibió el encargo de ordenar la biblioteca de Alejandría. La gran erudición que demostró en esta labor se hace evidente en las notas que acompañaban la clasificación y ordenación de los autores, un trabajo que ha sido de gran valor para los posteriores estudios bibliográficos y literarios realizados sobre el periodo clásico. De su obra poética se han conservado algunos fragmentos, seis Himnos y una serie de Epigramas, así como un breve poema épico, Hécale, con el que se reafirmó en su particular concepción de la epopeya, sobre la cual polemizó con Apolonio de Rodas, discípulo suyo. Su obra más conocida es el poema La cabellera de Berenice, que ha llegado a nosotros, sin embargo, no en su versión original, sino a través de una imitación de Catulo.
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[1] Los Gigantes.
[2] El Dicte es un monte de Creta, y el Liceo, de Arcadia.
[3] Esto es, en el Ida, monte de Creta.
[4] La frase entrecomillada, proverbial, se atribuye a EPIMÉNIDES DE CRETA (fr. 1 DIELSKRANZ). En lo que atañe a la tumba hay que decir que en la sepultura de Minos, rey de Creta e hijo de Zeus, rezaba la inscripción Mínoos toû Diòs táphos; con el tiempo se borró Mínoos toû, quedando sólo Diòs táphos, «tumba de Zeus», lo que dio origen a la confusión. Lo cuenta el escoliasta ad loc. (cf. ed. PFEIFFER, pág. 42).
[5] Región de Arcadia.
[6] Divinidad femenina que preside los partos.
[7] Otro nombre de los Arcadios.
[8] Otro nombre de Arcadia.
[9] Si el Ladón y el Erimanto son dos conocidos ríos de Arcadia, afluente del Alfeo, poco o nada sabemos del Yaón y del Melas, salvo que también son Arcadios. Los otros tres ríos, Carión, Cratis y Metopa, han sido identificados en la misma región. Como puede verse, CALÍMACO nunca se hubiera extraviado en Arcadia.
[10] Hija de Océano que, según CALÍMACO, trasladó a Zeus a Creta desde Arcadia, después de atender a Rea en su parto. La madre del dios la recompensó, llamando Neda al río que ella misma hizo brotar milagrosamente de la roca.
[11] El mar.
[12] Calisto, amada por Zeus y transformada por éste en constelación. Con el dios tuvo un hijo, Árcade, héroe epónimo del pueblo Arcadio.
[13] De omphalós, «ombligo». Los Cidones son un pueblo de Creta.
[14] Panacra viene a ser «Altas Cumbres», otro nombre del Ida.
[15] Genios bienhechores que protegieron a Zeus en Creta de las asechanzas de Crono. Más tarde se llamarán así los sacerdotes asociados al culto de Zeus y Rea-Cíbele.
[16] Epíteto de Ártemis: «la de la túnica corta».
[17] Cf. HESÍODO, Teogonía 96.
[18] Ptolemeo II Filadelfo. CALÍMACO traza a continuación un elogio entusiasta de su monarca y protector, alter ego de Zeus en la tierra.