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La mujer y su excepción

Fátima Isabel Olvera Salas

La mujer y su excepción

“Todas son iguales”, dicen por allí. Infinidad de canciones tristes, poemas de desamor… enlistamientos al ejército, suicidios, arrojamiento a vicios, salidas del clóset, cambios de sexo, etc.,[1] han sido inspirados por ellas: las crueles y abominables mujeres. Pero cómo dejar de mencionar a aquellas que han dejado una huella positiva en el mundo (aunque, como canta el título de un libro reciente: Mujeres buenas que se portan bien no suelen hacer historia)[2], la madre Teresa, tu vecina, la abuela de tu amiga, mi mamá, por ejemplificar un poco… en fin. Hay mujeres que son buenas, pero éstas se tratarán en este ensayo como “excepciones”; es decir, al contrario de la mujer como tal.

El éxito de las mujeres por conseguir sus objetivos, muchas veces sucede a una o varias artimañas de las que se valen ellas, artificios que suelen ver su término a medida que se consigue lo que se quería. Conforme pasan los años se tiene más clara la certeza de tales engaños; pero tal parece que el mundo no sólo se ha resignado, sino que ha aceptado tal verdad. Y, a decir de los hombres, la mujer brinda tantas satisfacciones y es tan hermosa (a los ojos de ellos), que el daño que causa queda compensado, como bien canta la estrofa de ya saben qué canción: “Mas nunca les reprocho mis heridas,/ se tiene que sufrir cuando se ama./ Las horas más hermosas de mi vida,/ las he pasado al lado de una dama”.[3]

La manipulación es una característica de los seres humanos, pero que en este caso enfocará a la mujer, manipulación que la dama lleva a cabo valiéndose de artificios (de índole sexual, la mayoría de las veces) que maneja a la perfección para lograr sus fines, buenos o malos, pero propios.

En Las amistades peligrosas se encuentra a la Marquesa de Merteuil, una mujer manipuladora a la cual se toma de ejemplo para  intentar explicar un poco las razones que la mujer tiene para ejercer tal manipulación, ya sea a los hombres o a las mismas mujeres, que se ven en desventaja, pero que manipulan también a las que se ven inferiores a ellas en este arte. Cabe mencionar que el ejemplo que se da a continuación, usando como referencia a la Marquesa de Merteuil, es variable en todas las mujeres, aunque no podrán negar que todas, en desigual proporción, se valen de artimañas femeninas para conseguir lo que quieren.

Una de las razones por las cuales la Marquesa puede manipular a todos a su antojo, es el hecho de que no es como ellos; es decir, se sale de la norma, del prototipo de mujer del siglo XVIII.[4] Lo que se propone aquí es que quien conoce a la perfección el modo de comportarse (las costumbres) de las demás personas, sabrá, dónde y por dónde llegar para conseguir de ellas lo que necesita, esto es lo que la Marquesa lleva a cabo con tanta maestría, “Introducida en el mundo, a la edad en que, soltera todavía, estaba reducida por mi estado al silencio y la inacción, he sabido aprovechado de ambos para observar y reflexionar…”[5] y es cierto, cuando más conoces cómo es un grupo de personas o un solo individuo, aprendes la manera de caerle bien y poder extraer de él el máximo provecho posible.

La Marquesa ya no necesita conocer a cada individuo para saber cómo proceder, ya que la mayoría responde a los mismos estímulos; de hecho, cuando el vizconde Valmont trata de advertirle sobre cierto galán que la pretende y es, digamos, peligroso, ella no teme, por el contrario, se sabe poderosa en esos menesteres y se inclina no sólo por recibir al galán, sino por buscarlo ella misma, “Tiemble vmd. sobre todo por aquellas mujeres ociosas […] que vmd. llama sensibles y de las cuales se apodera el amor tan fácilmente y con tanta violencia…”.[6] Sabe cómo manejar esas situaciones y se cree capaz de controlar cualquier apetito amoroso y, lo que es más, se conoce poseedora de una juventud y una belleza capaz de poder atraer a los hombres, para jugar con ellos a su antojo.

  En la obra, hay un pasaje en que el sirviente de Valmont expresa su opinión sobre la mujer; en la pequeña oración que emite se describe completamente lo que es la manipulación en las mujeres: “El señor vizconde sabe mejor que yo [...] que dormir con una muchacha es sólo hacer lo que a ella misma agrada; mas de esto a lograr que haga lo que queremos nosotros, suele a menudo haber mucha distancia”.[7] La mujer siempre busca lo medios para lograr su comodidad, ya sea dentro de una relación o en grupo. Como bien se explica en la cita anterior, la mujer, por convicción, puede hacer lo que al hombre le guste, pero lo hace debido a que a ella gusta de hacerlo por el motivo que le convenga, no por el hecho de que a él le agrade.

Otra de las razones por las que la Marquesa busca ser asediada por los hombres y manipularlos (tanto a ellos como a las otras mujeres), es el afán por ser reconocida y admirada y, en general, por llenar un vacío, sentirse plena y querida; en otras palabras, en ella se esconde un profundo narcisismo, que le hace querer la atención y el amor de todos, valiéndose de sus conocimientos retóricos, con los que convence a todo el mundo de que ella puede ser las mejor amiga, la mejor confidente, la mejor amante. En realidad todo su actuar en una máscara, como confiesa ella misma en una carta que va dirigida al vizconde de Valmont, “…me divertía en presentarme bajo distintas formas; segura de mis ademanes, ponía cuidado en mis palabras, arreglaba ambas cosas a las circunstancias, o tal vez sólo según mis caprichos”.[8]

Con estos artificios tan bien estudiados, la Marquesa logra, primero: persuadir al vizconde de Valmont a “deshonrar” a Cecilia, con la promesa de entregársele cuando lo logre; segundo: convertir a Cecilia en su amiga y confidente, para poder así animarla a caer en brazos del vizconde; tercero: hacer amistad con la mamá de Cecilia, para enterarla de lo que convenía que supiera acerca de los pasos que daba su hija. En fin, con las diversas máscaras que la Marquesa adopta, obtiene todo cuanto desea, con la ayuda de todos a los que ha logrado manipular. La causa de que ella pretenda todas esas atrocidades es la carencia de amor propio; eso es, el narcisismo que llevaba dentro, “El narcisista sufre por no amarse: sólo ama su propia presentación”.[9]

Ella se vale de su sexo y de su belleza para persuadir a los demás de quererla y aceptarla en un grupo, pero es sólo belleza y astucia lo que posee, porque no provoca amor de verdad en los hombres (aunque cree que sí), sino sólo deseo, el cual, como es fácil de saciar, termina pronto, sólo dura el poco tiempo en que ella consigue lo que desea y se entrega a sus amantes. Los celos que de ella brotan se perciben cuando, casi al final de la obra, el vizconde de Valmont logra que la Presidenta de Tourvel se le entregue. Envía una carta a la Marquesa contándole todo con mucho entusiasmo, con un entusiasmo que ella no le conocía:

Era necesario pues, hallar, para mi observación, una mujer delicada y sensible, cuya única ocupación fuese la del amor, y que aun en él no viese más que a su amante; cuya emoción, lejos de seguir el camino trillado, partiese siempre el corazón para llegar a los sentidos, que la hubiese yo visto (y no hablo del primer día), salir del placer dolorosa y desconsolada, y hallar un momento después el deleite en una palabra que iba a parar en su alma.[10]

La Marquesa no espera eso, porque se siente dueña de ese hombre. La imagen que ella tiene de sí misma la hace creer ser otra completamente distinta, su narcisismo nace de una no aceptación del ser y se crea uno ficticio, uno que agrada a los demás y al que todos aman. Aquí es cuando ella se enfrenta a su realidad y lee con encono lo que el vizconde le cuenta con tanta satisfacción, “no será pues de admirar que yo fuese mucho más tiempo constante con ella que con ninguna otra; y si el trabajo que quiero hacer sobre ella exige que yo la haga feliz; perfectamente feliz ¿por qué me negaría a ello?”[11] La Marquesa siente celos de él, no porque lo ame, sino porque se ve imposibilitada de sentir o hacer sentir lo que él describe con tanta pasión.

Ésa es la verdadera Marquesa, la narcisista, “tal es el miserable secreto de Narciso, una atención exagerada al otro. De ahí, por otra parte, que sea incapaz de amar a nadie, ni al otro ni a sí mismo…”[12] A lo que se llega aquí es a una conclusión parcial: las mujeres que suelen ser manipuladoras o narcisistas, carecen de amor propio y lo buscan apropiándose de un sinfín de personalidades o máscaras, tratando de encontrar la que es propicia para atraer el amor y la amistad de quienes las rodean. De lo anterior se deduce, como resultado lógico que, si la mayoría de las mujeres suelen ser manipuladoras, es porque en general se tiene cierto complejo de inferioridad hacia las personas que se pretende manipular.

Con respecto a esto, se puede inferir que las mujeres (en general todas las personas) que son o aspiran a ser manipuladoras, ya sea consciente o inconscientemente, no están satisfechas consigo mismas y buscan la manera de que otros tropiecen o fallen, éste es el fin de manipularlos, “una cosa es necesaria, que el ser humano tenga satisfacción de sí mismo. Quien está descontento de sí tratará de vengarse y otros seremos las víctimas.”[13]

La Marquesa de Merteuil es un claro ejemplo de la insatisfacción de la propia vida, la cual disfraza de distintas formas para sentirse mejor y que los demás vean en ella todas las virtudes que les ofrece y que no son sino afanes para suplir la verdadera intención que se esconde, la de hacer a los demás desdichados, para no sentirse ella sola de esa misma manera.

Habiendo explicado un poco las que se cree que pueden ser las razones por las cuales a las mujeres les gusta manipular, se debe hacer una pequeña observación sobre lo que se ha denominado aquí “el contrario de la mujer”, o bien “la excepción”. Esto es, teniendo como regla general que la mujer es manipuladora e insatisfecha de sí misma, además de la regla de que toda mujer trata de extraer algún provecho de cualquier persona, rescatando la idea de que hay mujeres que no son así y que no se puede generalizar en este asunto tan prejuicioso, así que se ha denominado “excepción” a aquellas que no desean manipular y que, por el contrario, desean que los demás sean felices y ofrecen su ayuda y su consejo; es decir, las mujeres buenas.

Para ejemplificar las excepciones, dentro de Las amistades peligrosas, sólo se cuenta con dos de ellas, que son la señora de Rosemonde y la señora de Volanges. La señora Rosemonde en ningún momento trata de aprovecharse de las situaciones, ni aun cuando resulta ser la confidente de la Presidenta de Tourevel, que le cuenta en todas sus cartas sus encuentros con el vizconde y cómo le es infiel a su marido. Mientras que la señora de Volanges hace lo propio tratando de instruir a su hija y a quien sea que pida su consejo, tampoco intenta aprovecharse de las situaciones ni comete agravios a nadie en la obra.

Como conclusión acerca de las excepciones se tiene la siguiente: en su mayoría son personas de edad adulta o avanzada, son esas mujeres que, además de percatarse de lo efímero de la vida y de haber vivido ya sus propios errores y consecuencias, ya no poseen el encanto de la juventud, que es el que muchas veces arrastra a las mujeres a tratar de manipular, usando el cuerpo como herramienta. Es decir, que toda mujer en edad de provocar tentaciones o admiración, estará atraída a experimentar la manipulación y llevar las situaciones a su antojo y, ojo, una vez sabiendo que dicha herramienta funciona, se valdrá de tal habilidad con más frecuencia.

Dentro de Las amistades peligrosas hay un universo de manipulación, tanto femenina como masculina, que se ejemplifican en los personajes de Valmont y la Marquesa; pero, en lo personal, creo que se percibe más cotidianamente en la mujer, de allí el tema elegido.

La conclusión total de este breve trabajo es que se debe tomar el papel que corresponde y aceptarlo como es. Hombres, cualquier crítica, reproche, queja, comentario o sugerencia, háblese de inmediato con la manipuladora en turno, y ella dictaminará si procede o no procede su argumento. Si acaso esa medida no le satisface, hombres, tienen todas las opciones brindadas en la introducción de este mismo texto. Mujeres, el ser dominante, según se postula aquí, no es para nada signo de superioridad, sino todo lo contrario; si no lo creen así, bien por ustedes, y sigan manipulando mientras tengan medios para hacerlo.

“Mujeres, oh mujeres, no queda otro camino que adorarlas”,[14] dirían por ahí… ¡que así sea!  

 

[1] No se ofrecen ejemplos. El lector puede recordar o no situaciones conocidas, según su experiencia.

[3] “Mujeres divinas”, Canción de Martín Urieta, interpretada, en este caso, por Vicente Fernández.

[4] Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las mujeres. Del Renacimiento a la Edad Moderna, Taurus, México, 2005.

[5] Pierre Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas, Tusquets, Barcelona, 1989, p. 184.

[6] Ibid., p. 183.

[7] Ibid., pp. 105-106.

[8] Ibid., p. 184.

[9] Clément Rosset, Lo real y su doble. Ensayo sobre la ilusión, Tusquets, México, 1993, p. 102.

[10] Choderlos de Laclos, op. cit., p. 315.

[11] Idem.

[12] Clément Rosset, op. cit., p. 9.

[13] Friedrich Nietzsche, Así hablaba Zaratustra, Editores Mexicanos Unidos, México, 1999, p. 9.

[14] De nuevo Vicente Fernández con la canción de Martín Urrieta.