miércoles. 08.02.2023
El Tiempo
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El vuelo del Águila hacia la luna o el conflicto de Occidente y Oriente

Adso Eduardo Gutiérrez Espinoza

El vuelo del Águila hacia la luna o el conflicto de Occidente y Oriente

 

El Oriente y el Occidente pertenecen al Señor, que conduce a los que quiere por el camino recto.
Corán, azora de la vaca 136

 

Como todos los grandes libros, Los hermanos Karamazov tuvo dos efectos en mí: me hizo sentir al mismo tiempo que no estaba solo en el mundo y, por otro lado, que era alguien desamparado, solo en mi rincón.
Otros colores

Lo satisfactorio de enfrentarse a la obra de Orhan Pamuk, uno de mis escritores favoritos, el de cabecera, es romper la ilusión del placer y llegar al goce estético-literario. Como dato anecdótico, conozco la obra Orhan Pamuk por un juego azaroso: estaba entre él y otro escritor, cuyo nombre se ha perdido entre las páginas del olvido. Si bien mi primer acercamiento a dicho autor resultó un gran fracaso, debido a la incertidumbre y a mi ignorancia en temas tan exóticos y enigmáticos como lo era la cuestión cultural de Turquía, ahora, un puñado de años después, la conversación que tengo con sus libros se ha vuelto enriquecedora. Admito, también, que he caído en el extrañamiento, en la sorpresa, puesto que, ya lo menciono en el título del presente texto, observo un conflicto entre dos entes: Occidente y Oriente.

El mundo del discurso político pierde al individuo-lector ingenuo y poco sagaz entre caminos que se bifurcan, como un gran jardín espinoso. Aclarando mis palabras, volviendo mis pasos sin dejar el sendero andado, descubro en la obra de Orhan Pamuk —escritor turco galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2006—, a pesar que lo niegue en sus innumerables entrevistas y presentaciones, un discurso político en sus obras literarias. Algunas veces está vedado y en otras aparece. ¿Es un juego de mostrar y ocultar, como el juego infantil de golpear al topo con un martillo? Más bien, sus libros son críticos, como él asegura en una entrevista para Der Spiegel Online:

 

Seguro. Siempre escribo libros críticos. No tengo ansiedad por ser político aquí. No le temo a eso, pero mi libro [El museo de la Inocencia] es más un intento de usar la literatura para ir más allá de la política. Corrupción, golpes de estado, política —islámica y secularista—; Turquía tiene demasiado de eso. Me gusta mucho mi libro como para meterlo en esa basura.[1]

 

Apuntes sobre el pasado
I

El conocimiento es algo que se roba de otros para un engrandecimiento espiritual y conceptual acerca de lo que se tiene de uno. Suena narcisista, pero es cierto: uno roba de otro lo valioso e incluso lo oropelesco.  ¿Qué pretendo con esta introducción tan extraña? Sólo dar unos apuntes sobre lo que una de mis maestras de la Universidad dijo alguna vez en clase: “Hay que ser críticos, incluso con las Autoridades”. Ella se refería al principio de Autoridad, a aquellos que se nos han adelantado en las investigaciones, pero no quiere decir que tengan la verdad absoluta —aunque se sabe que todo es relativo y sólo se puede hablar de verdades particulares o, incluso, adecuativas—. Con ello, me refiero a los problemas a los que me enfrenté a la hora de plantearme el presente trabajo.

Debía sostener mis argumentos en el ensayo, de por qué digo lo que digo —lo siento, sé que sueno muy académico—. Mis andanzas se enfocaron en buscar trabajos críticos, en principio, porque desconocía muchos libros dogmáticos de la fe islámica y cristiana. El lado positivo de la tecnología: muchísima tela informática. Quemé muchas horas en leer esos artículos y, al final, descubro que no me sirven de nada: no eran neutrales los investigadores —por llamarlos de una manera correcta. Vuelvo al principio, pero todo es parte de la búsqueda del saber.

 

II

Apuntes, estos apartados, discúlpeme por dar sólo esto, pero lo considero necesario. Orhan Pamuk es un autor polémico en su propio país, acusado por atentar contra el nacionalismo turco ­­—o la identidad nacional:

 

“Repito, dije alto y claro que un millón de armenios y 30.000 kurdos fueron asesinados en Turquía, y lo mantengo”, afirmó Pamuk en una rueda de prensa en Francfort, donde acudió para recibir un importante premio literario el domingo.[2]

Pone el dedo en la llaga en la cuestión del Holocausto vivido por los armenios y los kurdos, durante 1980-1990. Es un artista que ve con buenos ojos la entrada de Turquía en la Unión Europea. Para ello, el país debe cumplir con los siguientes requisitos:

 

El criterio político: la existencia de instituciones estables que garanticen la democracia, el Estado de derecho, el respeto de los derechos humanos y el respeto y protección de las minorías;

El criterio económico: la existencia de una economía de mercado viable, así como la capacidad de hacer frente a la presión competitiva y las fuerzas del mercado dentro de la Unión;

El criterio del acervo comunitario: la capacidad para asumir las obligaciones que se derivan de la adhesión, especialmente aceptar los objetivos de la unión política, económica y monetaria.[3]

 

Si el Tiempo fuera una autopista donde se conduce a una infinidad de espacios, me gustaría que, también tuviera retornos para volver hacia atrás. Es, quizá, una ironía cruel iniciar con palabras así, puesto que el regreso es, quizá, un rechazo al progreso y un (re)torno al no-progreso. En realidad, ¿qué es el progreso? Es, quizá, un término difícil de precisar, en el sentido social, puesto que depende de la concepción que se tiene de ello. Es decir, para países industrializados, progreso es un desarrollo económico y, por ende, su carga es positiva. En cambio, otros ven con malos ojos lo anterior, puesto que atenta a las costumbres, a la tradición de cada país. Quizá, un ejemplo de ello serviría.

Uno de los problemas a que se enfrenta(ó) la consolidación de la Unión Europea es el atentar contra lo tradición. La apertura de fronteras significa un combate entre las potencias donde, como la selección natural planteada por Darwin, va a sobrevivir el más fuerte. Si se traslada la idea ¿qué pasará con Turquía frente al gigantesco Occidente? Los que están a favor, hablan de un progreso, entendido como la comunicación con las potencias europeas,[4] lo cual resultará como un feedback de desarrollo. Una mutua colaboración, es la idea central. Por el contrario, el ingreso a la Unión Europea significa la ruptura con las tradiciones turcas. Claro, añádase a esto que la mayoría de los países europeos rechazan la adhesión de Turquía, puesto que es un país asiático.

Si se hace un ejercicio crítico al argumento dado, principalmente por los franceses y los alemanes —curioso que estos últimos se opongan, puesto que los inmigrantes turcos reconstruyeron el país tras la Segunda Guerra Mundial—, se encuentra que no es de todo cierto el argumento.

Ubicación de Turquía

Si se parte de la idea de ubicarlo en Medio Oriente, se descubre el problema de que los límites o los territorios que se encuentran dentro son, por no decir fastidiosas, un tanto cambiantes. Hasta la Segunda Guerra Mundial, dicho término se empleaba para ubicar a los países limítrofes a Turquía. Ahora, se le ubica dentro de Oriente Próximo, pero, también, hay algunos que lo ubican dentro de Europa. Es claro el problema: la ubicación geográfica.

Todo se complica cuando se quiere hablar de los intereses y los miedos —tanto de los europeos como de los turcos—. No me aventuro a afirmar quién es el primero que arroja la piedra para frenar el proceso de adhesión. En Turquía, los nacionalistas y también los conservadores —en términos religiosos—, intentan detener el proceso, puesto que temen la pérdida de la identidad nacional y cultural, como ha ocurrido con otros países dentro del mapa de la Unión Europea, puesto que, para ingresar, se necesita de una occidentalización forzosa, tales como las (contra)renovaciones hechas por Mustafa Kemal Atatürk —fundador y primer presidente de la moderna Turquía—, y un rechazo a la tradición. En Europa, existe un conflicto parecido, encabezado por tres países: Francia, Alemania y España. El último tiene, incluso, una mayor cercanía, en términos históricos, a la cultura islámica. Los otros dos países han detenido el avance, debido a la preocupación del aumento de la inmigración turca o ¿la imposición de la religión islámica?

Una pequeña clasificación previa

 

No me gustan las tardes de primavera. El aspecto de la ciudad, el golpear del sol, las multitudes, los escaparates, el calor. Quiero escapar del calor y la luminosidad. Desde las altas puertas de algunos edificios de piedra y cemento se filtra hacia fuera una relativa frescura. El interior está más fresco y, por supuesto, más oscuro que el exterior. El invierno, el frío y la oscuridad se han quedado en algún sitio allí.
Otros colores

 

Orhan Pamuk es un estambulito, perteneciente a una familia burguesa venida a menos. Es cierto la cercanía que el autor tiene con su padre o, en otras palabras, con la figura paterna, puesto que, si se juega un poco con el psicoanálisis, existe una explicación: una ausencia de dicha figura, pero que el vacío se va llenando con lo que se tiene en común entre padre e hijo: la escritura. El ejercicio de la escritura es un trabajo de saber mentir. Esta pequeña introducción, permite conocer a Orhan real, a aquel con sus problemas existenciales, a aquel que se va ausentando en su propia ciudad, que no encuentra dónde pararse. Es decir, es un escritor marginado. He ahí la clave para entenderlo: sus influencias artísticas provienen, en su mayoría, de los grandes escritores occidentales y latinoamericanos: Dostoievski, Proust, E.T.A Hoffman, Faulkner, Vargas Llosas, Borges y García Márquez. Sólo que, antes de continuar, es importante aclarar: por la cercanía, Turquía se ve influenciado por Occidente (Europa) y Oriente.

La obra de Orhan Pamuk, siguiendo la idea de Rosa Montero durante la entrevista que proporcionó tras la presentación del libro El museo de la Inocencia, en la Feria Internacional de Guadalajara del 2009, se puede catalogar en conceptista y biográfica. Pero ¿qué obras[5] pueden estar dentro de dicha división?

Cuadro sinóptico

Una nueva aclaración a la catalogación propuesta. Primero, en Otros colores y Estambul. Ciudad y recuerdos se debe ir con cuidado, puesto que en la primera son ensayos, reflexiones y fragmentos de su diario. La segunda, siguen la misma línea reflexiva, pero con una finalidad diferente: es una obra que describe y elogia Estambul.  Segundo, el apartado de no clasificables, muestra una mezcla entre lo biográfico y lo conceptual. Sólo que, quizá, se pueda decir que Me llamo Rojo puede entrar en el apartado mencionado en líneas anteriores, pero no es así: hay un mayor enfoque en las ideas, pero éstas hay que verlas con lupa, debido a la forma.

 

Primera parte. La anciana de los silencios

 

—No, muchas gracias. Por suerte no he caído tan bajo como para comerme los desperdicios del árbol. ¡Quítamela!
La casa del silencio

Una de las características de los escritores contemporáneos o, en otras palabras, de lo que se resalta —hablando en términos generales— es a lo que llamo, empleando el término de Roberto Cotroneo, charla entre libros. Pero ¿qué tiene que ver ese término en Pamuk? Sencillo: las primeras tres novelas se hablan entre ellos, me refiero a Cevdet Bey y sus hijos, La casa del silencio y El castillo blanco (o El astrólogo y el sultán), en el sentido en que el autor hace un juego donde aparecen, al menos mencionados, algunos personajes. En El castillo blanco, se nos presenta el texto como una obra de rescate, hecho por a Faruk Darvinoğlu, quien también es personaje en La casa del silencio. Estas aseveraciones convienen, como conclusión previa, para decir que Orhan Pamuk es un artista juguetón, pero, además, si se leen cronológicamente sus obras, se descubre cómo va consolidándose o madurando como escritor. Cambiando de rumbo el barco del trabajo analítico, creo conveniente hablar sobre dos de las tres novelas[6] ya antes mencionados. Por lo pronto, partiré con La casa del silencio.

Cuando me acerco por primera vez a La casa del silencio, el autor implícito que voy reconstruyendo me recuerda al de Cien años de soledad, debido a muchos factores, entre ellos el espacio temporal, los recuerdos, el ambiente tan melancólico que despiertan los personajes y los movimientos sociales que abordan. En el caso de la obra de Pamuk, se muestra la Revolución de los Jóvenes Turcos[7] (1908) hasta el pronunciamiento o golpe de estado dado por Evren (1980). Ahora, con otra perspectiva diferente, me manda, también, a William Faulkner, en especial al cuento Una rosa para Emily[8]. Sólo que la finalidad del trabajo no es mostrar la semejanzas —admitiendo que sería un análisis interesante y enriquecedor—, sino el choque de culturas. Para ello, creo conveniente hacer un análisis comparativo entre La casa del silencio, su sucesora El castillo blanco y Me llamo Rojo.

En principio, considérense los personajes, puesto que son los ejemplos más palpables o, en otras palabras, nos muestran cómo es el choque propiamente dicho.  Claro, voy a omitir algunos para mayor agilidad.

La casa del silencio

El castillo blanco

Fatma,  Recep, Faruk, Nilgün, Metin, Selâhattin Darvinoğlu

El científico italiano, El Maestro, Sadık bajá, Mehmed IV, Kösem, Hüseyn Efendi, Sıtkı Efendi, Evliya.

 

 

Tomando como referencia, con los personajes ya desglosados, a los de la primera columna, me tomo la libertad de iniciar con Fatma y su difunto esposo Selâhattin Darvinoğlu. Para ello, es importante describirlo. Fatma es una mujer criada en un mundo diferente, miembro de una de las familias acaudaladas del ya desaparecido Imperio Turco-otomano; el doctor Selâhattin Darvinoğlu, en cambio, es un idealista, el currutaco turco, quien ve la necesidad de un progreso extremista: asesinar a Dios mediante une Ilustration á la carte —utilizando la Enciclopedia y partiendo de las ideas francesas—. Entre estos dos personajes se observa un fenómeno muy  interesante: la influencia occidental, pero un desprecio hacia lo que viene de Europa (en la figura de Fatma).

Complementando lo anterior, he aquí mis argumentos. Si Fatma se ve como la figura de la tradición, aquello que rechaza el progreso porque ve con ello la muerte e incluso una pérdida de identidad, traducido como una occidentalización, Selâhattin Darvinoğlu ve ese proceso como algo positivo. Ser parte de la maquinaria del desarrollo en diferentes ámbitos. Pero ¿a qué precio ese progreso? Selâhattin Darvinoğlu habla de una búsqueda por comprender al ente occidental ­­—como el Maestro en El castillo blanco—, por saber por qué Occidente es el ejemplo. Para ello, escribe y reflexiona, habla y analiza. El fin de dicha labor es escribir una enciclopedia, siguiendo el modelo francés, para educar a su propio pueblo. ¿Un neoclasicismo a la turca? Más bien es algo más sencillo de entender: el doctor sólo quiere que su pueblo prospere y no se estanque. He ahí el por qué desprecia a su esposa —a pesar que ella es quien lo mantiene—, ve en ella a aquellos que frenan el progreso, a aquellos barbudos con ideas anticuadas. Sólo que ocurre algo inesperado, nunca se lleva a cabo dicha revolución, la enciclopedia queda estancada y, literalmente, quemada por la tradición.

Resulta interesante esta novela porque se muestra la conformación de la identidad nacional y la revolución de los Jóvenes Turcos, lo cual se ve traducido en la innovación ideológica impuesta por Atatürk y el avance del Socialismo (en su mayoría que viene de Rusia) hacia territorio turco y cómo inicia un nuevo conflicto entre éste y el nacionalismo. Si se avanza hacia este nuevo conflicto, alejándonos un poco de los Jóvenes Turcos, se encuentra a Nilgün, la joven soñadora y nieta de Fatma y Selâhattin Darvinoğlu. Ella sueña, como su abuelo, con un futuro nuevo, cree en el discurso socialista, cree que es una alternativa. En contraposición, hay un grupo de jóvenes —los etiquetaré como los nacionalistas—. También, se impone la tradición cuando Nilgün es golpeada y muere. ¿Será una idea antiprogresista velada? ¿Que la influencia occidental sólo quede en eso y no impulse un avance?

Segunda parte. El castillo de Doppio

 

Toda mi vida había cambiado a causa de la cobardía de aquel capitán.
En cambio, ahora pienso que mi vida habría cambiado en realidad de no ser por aquel breve ataque de cobardía del capitán.
El castillo blanco

Faruk Darvinoğlu va a la casa de su abuela con la finalidad de visitarla, pero también para indagar en los archivos históricos del lugar. La idea central era, pues, descubrir un manuscrito donde se haga referencia a la peste que desoló Estambul, sólo que encuentra un documento interesante: El Hijastro del Fabricante de Edredones. Como un rompecabezas que se tira sobre una mesa, el Autor Implícito nos invita a armarlo, sólo que la primera pieza se coloca al leer La casa del silencio. Comienza el juego con una extraña introducción, que, al principio, hace dudar si se trata de un sobrenombre o un personaje en la novela, sólo que lo segundo queda descartado cuando se ven las fechas históricas. Por ello, la recomendación de leer primero La casa del silencio.

Después de esta advertencia, me adentro en lo que es la obra en sí, aquella elogiada por John Updike. El castillo blanco es una novela de aventura, un libro de viaje propiamente dicho. Cuenta la vida de un científico italiano secuestrado durante un ataque turco. También, brinda una visión sobre la vida en el Imperio Turco-otomano y, además, es un elogio a los escritores españoles del Siglo de Oro, en especial a Cervantes. Siguiendo la misma línea reflexiva propuesta en el apartado anterior, creo conveniente clasificar el choque de culturas en un ámbito diferente. Es decir, en esta novela existe una concordancia entre culturas, no propiamente un choque. Una unión ideológica. En primera, voy a mostrar, siguiendo la pauta estructuralista propuesta por Todorov, la relación entre el Científico Italiano y el Maestro, la cual cumple una doble función actancial de Amor/Odio.

En principio, se muestra un odio entre ambos, un juego entre quién es superior, el italiano o el Maestro, lo cual, trasladándolo a otro ámbito, puede funcionar como una búsqueda absurda de saber quién es superior, Occidente u Oriente. Aunque, también, como en el caso de La casa del silencio se plantea la idea de qué es lo que hace diferente el ente occidental frente al oriental. Selâhattin Darvinoğlu busca y encuentra su respuesta, su verdad, el Maestro intenta, pero descubre que necesita estar dentro de la masa continental para comprenderla. Pero ¿cómo llega el Maestro a dicha conclusión?: al contacto directo que tiene con el italiano, es un co-fluir de conocimientos que se van encauzando para un único fin: la guerra y la reconquista de los territorios perdidos. Para ello, se construye una alianza para crear el arma perfecta.

En esta obra, el concepto es más interesante puesto que se aborda temas como el doble. Un tema que, desde la infancia, ha motivado a Orhan Pamuk

Desde niño me he pasado largos años creyendo en un rincón de la mente que en algún lugar de las calles de Estambul, en una casa parecida a la nuestra, vivía otro Orhan que se me parecía en todo, que era mi gemelo, exactamente igual a mí.[9]

 

Es claro, esa obsesión del escritor, porque habla del gran parecido, como gemelos, entre el italiano y el Maestro,

 

Al día siguiente, mientras desayunábamos, me preguntó qué pensaba con respecto al rumor que había surgido en el barrio sobre que éramos hermanos gemelos. Me gustó la pregunta, pero me halagó demasiado la vanidad; no dije nada.[10]

No sin antes aclarar, como todo buen crítico, sus fuentes directas: E.T.A Hoffman, Edgar Allan Poe y Dostoievski.[11] Con ello, Pamuk explora el concepto de la dualidad, de un juego de espejos donde se nos muestra a los personajes para comprobar qué es lo que los hace únicos, semejantes. Aunque, el experimento o el juego realizado por ambos —el italiano y el Maestro— toma otro camino inesperado que recuerda a El príncipe y el mendigo: hay una simbiosis entre ellos, al grado de causar en los demás, salvo en el sultán, una confusión sobre quién es quién. En este punto, hay que poner atención, puesto que es una pista vedada que nos permitirá conocer el final, el cual consiste, como en la novela de Twain, en el intercambio de papeles, de adopción de identidades para protegerse entre ellos.

Si en un principio, la relación Amor/Odio entre dichos personajes, se transforma en sólo dejar el Amor de por medio, me atrevo a decir que es una metáfora planteada, en la cual Occidente y Oriente pueden vivir en paz, en tranquilidad, puesto que lo único que los separa son límites imaginarios. La búsqueda del Maestro, eso es el resultado: el ente occidental se parece al oriental, porque se tienen los mismas preguntas —en términos ontológicos— o las mismas crisis de identidad —hacia dónde vamos, qué es lo que hacemos o qué nos protege— y lo único que nos hace diferente es, quizá, la cultura y, en especial, las religiones.

Tercera parte. Me llamo rojo… y no soy alcohólico

Quiero que sepáis que mientras no se encuentre a ese miserable esperaré retorciéndome inquieto en mi tumba oír más que me entierren en la más suntuosa que exista y que os inocularé la incredulidad a todos. ¡Encontrad a ese hijo de puta que me asesinó y yo os contaré todo lo que hay en el otro mundo con pelos y señales!
Me llamo Rojo

¿Un asesino se esconde detrás de la tradición? ¿O es la tradición quien mueve los hilos del muñeco para sobrevivir al cambio? Son preguntas que surgen tras la lectura de Me llamo Rojo. En sí, el asesino se encierra bajo un sobrenombre, porque el conocimiento es poder. Conocer el nombre es controlar la verdad y el encubrirla es signo de poderío. Sólo que, antes de continuar, he de mostrar los personajes para evitar confusión.

Iluminadores

Otros

Mariposa

Cigüeña

Aceituna

Donoso

Maestro Osman

El Tío

Negro

Şecüre

 

 

Claro que en la tabla anterior menciono a los personajes indispensables en la trama. Quizá el sultán, en la novela, funja como una sombra —aparte de ser la figura de autoridad—, como un cronómetro para encontrar al asesino. Pero ¿qué es lo que motiva al asesino cometer esos actos tan atroces?

 

—No hables de eso todavía —dijo Negro—. Antes cuéntanos cómo mataste a Donoso.

—Lo hice —dije comprendiendo que no podría usar el verbo matar—, lo hice no sólo por nosotros, para salvarnos, sino también por el bien de todo el taller. Maese Donoso sabía que la amenaza era un arma que tenía en sus manos. Recé implorándole a Dios que me demostrara lo realmente miserable que era el muy canalla. Dios aceptó mis plegarias y me lo demostró: le ofrecí dinero. Se me vinieron a la cabeza esas monedas de oro, pero gracias a una divina inspiración urdí una mentira. Le dije que no estaban aquí, en el monasterio, sino que las había escondido en otro sitio. Salimos. Caminamos sin rumbo por calles desiertas y barrios perdidos sin que supiera muy bien dónde íbamos. No sabía lo que hacía y tenía mucho miedo.[12]

 

El asesinato del Tío es más interesante, desde mi perspectiva, porque guarda más significado en lo que se plantea este trabajo: el choque de culturas.

—Maté al Tío por dos razones. Por forzar al Gran Maestro Osman a que imitara como un mono al ilustrador franco Sebastiano. Y porque en un momento de debilidad le pregunté si yo tenía un estilo.

  • ¿Qué te respondió?

—Que sí. Pero, por supuesto, para él aquello no era un insulto sino un elogio. Recuerdo que de repente pensé avergonzado si para mí debía ser también un elogio. Por un lado veía el estilo como una cosa innoble, como un deshonor, pero por otro algo me reconcomía el corazón. Yo no quería un estilo, pero el Diablo me tentaba y además sentía curiosidad.

—En secreto todo el mundo quiere tener un estilo —dijo Negro insolente—. Y, como Nuestro Sultán, todo el mundo quiere que se pinte su retrato.

— ¿Es una enfermedad imposible de resistir? —pregunté—. Si se extiende ninguno de nosotros podrá oponerse a las maneras de los maestros francos.[13]

“A la manera de los maestros francos”. Es preciso aclarar para comprender los fragmentos. Me llamo Rojo es una novela donde se explora el esplendor y la decadencia del Imperio Turco. Al mismo tiempo, aborda las innovaciones en la pintura, hechos por los europeos en el siglo XVI. El caprichoso del sultán es sólo la chispa que detona la dinamita: él quiere ser retrato, cuando en la cultura islámica está prohibida porque se teme la creación de falsos ídolos, como lo dice el azora de la vaca. He ahí el detonante.

Si se continúa con el mismo análisis que en las dos novelas anteriores, se encuentra una división, donde en lo tradicional se encuentra —en términos pictóricos— al Maestro Osman, quien se niega a pintar a la manera de los francos y hace un sacrificio único, claro después de haber visto los grandes tesoros pictóricos: se ciega. Este personaje es el más entrañable, porque lleva su ideología hasta las últimas consecuencias, sin violentar al otro —de hecho quienes los alumnos son los violentos: Aceituna, Donoso, Mariposa y Cigüeña— o traicionarse a sí mismo. La confrontación, ahora, se ve en el ámbito pictórico. La tradición es seguir a los maestros islámicos quienes, en su mayoría, son influidos por los chinos y por los mongoles. El progreso sigue siendo la occidentalización. “A la manera de los maestros francos”.

Cuarta parte. Fusión

El problema de la crisis o el choque de Occidente y Oriente se refleja en la obra de Pamuk. Para descubrirlo se necesitó un análisis comparativo. Los resultados son, quizá, esperados y  factibles. Si se ponen en mesa los resultados arrojados y se comparan, se descubre que el problema radica en la intolerancia entre ambas partas. Ambas han ido desarrollándose a su manera, con lo que se tiene, sólo que Occidente tiende a ser muy despectivo con Oriente. Tal vez el medio ideal es comunicarse entre sí, trabajar mutuamente, es lo que plantea Pamuk, junto a otras ideas.

        Si se parte de la idea de qué es el ente occidental, se tiende a perderse por las veredas, como lo hicieron el Maestro y Selâhattin Darvinoğlu. Claro, el primero estudia Occidente en su entorno, como los escritores naturalistas; el segundo, sus reflexiones lo llevan a pensar que el occidente ha descubierto la verdad acerca de la muerte y, por  ello, lo hace distinto.

 

Lo que nos separa de ellos es esa pequeña y simple realidad: ellos se han dado cuenta de la existencia de ese pozo sin fondo llamado muerte, de la nada, nosotros no tenemos ni idea de esa terrible verdad.[14]

¿Qué nos hace diferentes? No se puede decir que el aspecto físico, porque pertenecemos a una misma especie —claro, con diferente color de piel—. Si exploramos un poco la religión católica e islámica, se descubre que ambas, como la Judía, se basan en las Escrituras, claro cada una hace una interpretación de ellas. No me atrevo a decidir cuál es la verdadera o si las tres son las verdaderas. Todo depende de la perspectiva con que se analice. La religión me lleva a pasar a la cultura, en especial a las artes. En ambas masas continentales, hay expresiones artísticas, a su modo, sólo que una está devorando a la otra. Si veo con ojo crítico, observo que Orhan Pamuk es un escritor occidentalizado, con ideas  que no son ajenas a su realidad —he ahí la cuestión de la influencia— y salta al mercado internacional con los elogios de John Updike a El castillo blanco.

¿Dónde están los escritores propiamente tradicionales, aquellos que nos muestra la otra cara del Islam? Por desgracia, son pocos los que salen de la región  y esto se debe, quizá, a que existe cierta presunción o desprecio hacia lo que se hace en Medio Oriente. Pero, otra vez, colocándome de parte de Occidente ¿existe una literatura contemporánea turca? Sí. De hecho, ha pasado por diferentes estadios de desarrollo: literatura preislámica, literatura islámica y literatura influenciada por la occidental.

Esto me lleva a reflexionar y lo que me aventuro a proponer como una posible respuesta a sobre lo que nos hace diferentes los unos a los otros es la cultura, aunque también admitiendo los contactos que se han hecho entre Occidente y Oriente.

 

[1] Orhan Pamuk,  entrevista con D. B. Pieper, “Siempre escribo libros críticos”, Milenio, 21 de noviembre de 2009.

[2] G. Prodhan, “Novelista turco mantiene su posición sobre masacre Armenia”, 20 minutos.es, 22 de Octubre de 2005,  http://www.20minutos.es/noticia/58714/0/LITERATURA/TURQUIA/PAMUK/.

[3] Europa, “Criterios de adhesión (criterios de Copenhague)”, Julio de 2007: http://europa.eu/scadplus/glossary/accession_criteria_copenhague_es.htm. Consultado el 1 de octubre de 2010.

[4] Es importante ubicar geográficamente el país, puesto que se encuentre entre dos masas continentales ­­—Europa y Asia— y, con ello, le da muchísimas ventajas en términos comerciales. Es la puerta por donde entran los productos de dichos continentes e incluso, gracias a la cercanía, de África, en especial de Egipto, mediante el Bósforo. En otras palabras, Turquía está en medio de rutas comerciales entre tres continentes.

[5] En la tabla, sólo se incluyen las obras narrativas traducidas al español.

[6] Aún no se ha traducido al español la novela Cevdet Bey y sus hijos. Por ello, sólo se abordarán las otras dos.

[7] La llegada al poder de los Jóvenes Turcos marca el fin del Imperio Turco-otomano y el comienza de la búsqueda de una identidad y una conformación Estado-Nación.

[8] No quisiera profundizar en detalles, pero creo conveniente dar sólo unos apuntes. La idea se debe, en principio, a que en el texto de Faulkner la anciana, dolida, comete una venganza simbólica contra aquellos quienes ganaron la Guerra Civil Estadounidense (los del Norte). Fatma, en cambio, ve con asco el progreso y todo su significado que en él hay, no comete un asesinato como tal, pero sí va encerrándose en sí misma al punto de despachar lo que es novedoso para ella.

[9]  Orhan Pamuk, Estambul. Ciudad y recuerdos, Random House Mondadori, México, 2008, p. 13.

[10] Orhan Pamuk, El castillo blanco, Random House Mondadori, México, 2007, p. 83.

[11] “Por supuesto, conocía los temas basados en el doble de E.T.A Hoffman […], así como los inquietantes cuentos de Edgar Allan Poe y esa novela de Dostoievski que aquí se tradujo con el nombre de El doble”, Ibid., p. 177.

[12] Orhan Pamuk, Me llamo rojo, Santillana, México, 2006, p. 658.

[13] Ibid., pp. 660-661.

[14] Orham Pamuk, La casa del silencio, Random House Mondadori, México, 2006, p. 338.

 
 
 
 

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