martes. 16.04.2024
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Error y terror en la historia

Alejandro García

Error y terror en la historia

Crónica misma del envilecimiento de un sueño y el testimonio de uno de los crímenes más abyectos que se hubieran cometido, porque no sólo atañía al destino de Trotski, al fin y al cabo contendiente de aquel juego por el poder y protagonista de varios horrores históricos, sino al de muchos millones de personas arrastradas –sin ellas pedirlo, muchas veces sin que nadie les preguntara jamás sus deseos- por la resaca de la historia y por la furia de sus patrones –disfrazados de benefactores, de mesías, de elegidos, de hijos de la necesidad histórica y de la dialéctica insoslayable de la lucha de clases…
Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura (México, 2009, Tusquets, 573 pp.) es un conjunto de novelas todas sabiamente integradas en una sola de notable factura.

Está la de León Trotski, el primer hombre que amaba a los perros, en su largo camino hacia el cadalso, su paso por la Unión Soviética, Turquía, Francia, Noruega y México. Su asesinato con un piolet empuñado por Ramón Mercader en Coyoacán. Es una novela terrible, debe ser leída por las generaciones actuales, que las del pasado siglo ya supimos de esas amarguras y algo sabíamos del entuerto. Hay momentos en que todo el proyecto de la modernidad parece reducido a un pleito de callejuela, a una venganza de la peor especie. Stalin proyecta su mano hasta nuestro país e involucra a los muralistas, los emancipadores del arte plástico mexicano, Siqueiros, Rivera, Kahlo, en un ajuste de cuentas. El proyecto utópico estaba herido de muerte.

Está la novela de Mercader, de su hermosa madre, de su elusivo amor, África, de su desconocida hija, del destronado sueño republicano y revolucionario de la España de Cain y Abel. Habrá tiempo para separar las piezas, las que se queden en la Península Ibérica a beber la derrota, las que vengan a cobrarle la cuenta a Trotski. Mercader llevará la mano, mordida por el héroe caído, vendada, que saldrá indemne después del golpe mortal, aunque no en el momento inmediato (el mismo Trotski le salvó la vida al mantenerse en vigilia y decir a sus guardianes que era importante que declarara). El gran héroe no tendría reconocimiento sino en el silencio y en el anonimato, habrá escapado al escrupuloso cálculo de que no sobreviviría al atentado. Morirá en Cuba, colmado de los mediocres auxilios revolucionarios de la era Brezhnev.

Está la novela del cubano Iván Cárdenas Maturell que encuentra a un viejo con dos borzois en la isla y se convierte en su interlocutor. Paso a paso entrará a los pliegues de la historia. Trozo a trozo se le entregará el rompecabezas. Es el Mercader que ejecutó al gran traidor y ha tenido que purgar una pena de 20 años de cárcel. El mismo que ha salido relativamente joven a convertirse en un herido de guerra molesto, una máquina de matar obsoleta. Además, Iván es el escritor que conocerá el miedo, la sospecha del régimen cubano, la prescripción de escribir lo conveniente.  Perderá la gran historia por el peso del terror: “No entendía cómo era posible que yo, precisamente yo, no hubiese escrito un libro con aquella historia que Dios había puesto en mi camino… —No lo escribí por miedo” (p. 24).

Está la novela de Daniel, quien rescata el manuscrito del interlocutor del hombre que amaba a los perros, el hombre que había asesinado a otro hombre que los amaba. Total, una estructura laberíntica, de múltiples caminos y destinos.

Está la novela del lector, el que asiste al final del ejercicio como a la provocación de La sociedad de los poetas muertos, después de que se abandona el terreno con un muerto y con la reacción engallada y mortífera. ¿Dónde está el sueño que apoyó la URSS? ¿Dónde está la defensa de Stalin y de los intereses de los más (la cara izquierdista de las Razones de Estado) por sobre los prejuicios burgueses o pequeño burgueses?: “Aquéllas fueron las revelaciones que nos ayudaron a enfocar los bultos imprecisos que, durante años, apenas habíamos entrevisto en las penumbras y a darles un perfil definitivo, tan espantoso como ya es fácil saber. Aquéllos fueron los tiempos en que se concretó el gran desencanto” (p. 321).

La novela de Padura enlaza las diversas novelas: la del líder que huye y es asesinado una vez que ni siquiera sirve para sparring; la del revolucionario que cae atrapado por las consignas y se queda solo, perdido, anónimo; la del escritor que en la sociedad cubana sobrevive cerca de la veterinaria en tiempos en que el furor revolucionario entra en jaque; la del individuo que observa cómo cae el  sueño revolucionario mientras la injusticia y la desigualdad dan paso al monoteísmo del capital.