martes. 16.04.2024
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Sólo espera

Eduardo Santiago Rocha Orozco

Sólo espera

Una ojeada al reloj, faltan quince minutos para la media noche. Antes de que se haga la hora, él debe estar aquí. ¡Claro!, a menos que se demore por algún contratiempo. Las cosas ya están dispuestas, tal como lo ordenaste, imagino que ahora has de estar inspeccionándolo todo, pues ningún error está permitido; debido a esta inquietud, verifico el plan paso por paso, reviso las herramientas que han de servirme, sé que todo está bien pero debo cerciorarme, porque, a través de alguna de estas paredes, estás mirándome. Puedo sentir cómo va devorándote el ansia, no ha llegado, y hasta que no cumpla con venir a su cita, poco o nada te satisface el que yo esté aquí a la expectativa para recibir a tu valioso invitado. Mientras tanto, permanezco de pie, cargo la botella de vino y la copa. A manera de ensayo, le sirvo un trago imaginario al aire, quizá todo ello lo percibes como algo torpe y estúpido, un ritual propio del nerviosismo y la debilidad antes de la actuación, pero no es así, lo hago porque estás aquí, en alguna parte, y sé bien cuánto te irrita el que no haga nada.

Por momentos, una cortina se ondea, con violencia se entreabre y se cierra la ventana,  caen ornamentos y vuelan folios. Es posible que sólo se haya tratado del viento y el mal clima pero, por como veo las cosas, podrías ser tú. Me acerco para arreglar el desorden. Con tacto y consideración, me demoro al asegurar la ventana, pues, ningún movimiento debe sentirse brusco. Al final, plancho la cortina con mi mano tal como si dijera, “Mantén la calma, pronto llegará”, así ha de ser. Dijo que le era urgente el venir a verme y le creo, él vendrá.

Me entretengo con la limpieza, coloco los papeles en su sitio y me deshago de las porcelanas rotas, aún así, sigue sin ser la hora de que él llegue. Ahora, sólo debo ser paciente, dedicarme a algo más por el momento, sin embargo, el tiempo que queda no basta para nada que valga la pena. Diez minutos con facilidad se acaban. Imagino que, en este instante, ese lapso debe ser una eternidad para ti, algo curioso tratándose de ti, pero, aún cuando se tiene todo el tiempo del mundo, uno no puede soportar la idea de que le hayan plantado.

Desde mi sitio la espera resulta un mal que se sufre con relativa comodidad. Si se piensa con detenimiento, mi única queja es que, en este instante, podría estar haciendo cualquier otra cosa, en lugar de perder lo que me queda de noche preparando la bienvenida de tu anhelada visita; pero no, sin importar cuán fastidioso resulte, debo hacerlo porque tú no podrías tratar con él como yo lo hago. Has perdido práctica desde que inventé un mejor modo de hacerlo y, además, se diría que ya prefieres verme en acción que estar ahí para hacerlo a tu modo.         

Ahora, un sonido se empeña en romper la tranquilidad de mi espera. En algún lugar, bocanadas de aire se precipitan contra una salida minúscula, creando chillidos que bien podrían pasar por lamentos. Desde mi sitio escucho ecos rebotando en los pasillos, el trascurso sucesivo de las ondas sonoras que, allí a lo lejos, se precipitan con calma hasta el silencio. Lamentos que por la casa se ven trasformados en un coro que entona una melodía de desesperación. Quizá exagero,  el ruido podría deberse al viento que pasa por las ranuras de alguna ventana, y sin embargo, me pregunto si serás tú.

Falta un minuto para las doce, al parecer, él no habría de llegar a tiempo. Seguro estará aquí en unos quince minutos, aunque podrían ser más tiempo. No desesperes, pronto podrás ver cómo lo mato.

Otra vez, me arrellano en el sofá para jugar con la botella y, de pronto, estoy haciendo de nuevo la inspección: sigue el vistazo recalcitrante, siempre dirigido al fondo de la copa, no para asegurarme de que haya suficiente somnífero, sino para convencerme de que apenas es visible. Aquí, el verdadero riesgo es que él note la sustancia antes de beber.

 Si es que todo sale bien, ha de tomarse hasta la última gota y, entonces, tardará unos quince minutos en caer rendido. Ya sé que otra vez habrás de esperar, pero seguro ya no sentirás ninguna frustración, pues, él ya estará aquí, además, quizá tarde mucho menos tiempo en quedarse dormido, el alcohol tiende a potencializar el efecto de la droga. Todo está preparado, la mesa de operación y los guantes de látex. La máquina ya está lista para disponer de ella, no tienen que presentarse mayores dificultades, las bolsas para recolectar sangre ya las coloqué en su lugar.

Sólo espera. Cuando venga, lo haré pasar con toda la cortesía que se merece y con esa misma hospitalidad beberé con él mientras charlamos sobre lo que le interese; en tanto, es seguro que estarás acechando desde tu posición, guardando silencio y poniendo  atención a lo que sea que esté hablando con él. Retendrás cada palabra en tu memoria y con ella los gestos que él haga al decirlas, para así poder repasar la escena en tus meditaciones cuantas veces quieras; tal como si bastaran esas pocas palabras, que no están dirigidas a ti, para desmenuzar la esencia de tu invitado y llegar a conocerlo a fondo. Seguirás fijando tu mirada en él aún después de que ya no tenga nada que decir; cuando haya de desplomarse sobre los muebles, estarás atento al modo en que se deje caer, a la posición de su cuerpo, tal como si en ello encontraras la última y más intima manifestación de su personalidad, algo de lo que sin duda también haz de apropiarte, pues, para ti no es suficiente quedarte con su sangre nada más.

  Luego, verás cómo lo dreno, poniendo atención a las dificultades típicas que deben enfrentarse, por ejemplo, cuando debo cargar al invitado para ponerlo sobre la mesa de trabajo o cuando debo improvisar cuando de pronto surge un imprevisto. No meterás las manos en ningún momento, parte de tu fascinación siempre ha sido observar cómo resuelvo las dificultades que conllevan hacerle esto a cada uno de tus invitados.

Una vez asegurado a la mesa de operación podré activar la  máquina extractora en él como lo he hecho con tantos. Con la precisión y la prudencia de una enfermera, desinfectaré el cuello del invitado antes de clavarle las agujas en la carótida y la yugular, serán dos golpes precisos, cada uno, apenas un pinchazo suave y mortal que, por el uso de la droga, pasarán desapercibido. Después, encenderé la máquina, tú y yo quedaremos absortos viendo correr la sangre, succionada por los conductos que, en cuestión de minutos, llenarán las bolsas hasta dejarlo a seco por completo. Después bajaré el cuerpo sin causarle más perjuicios y sobre la marcha buscaré un buen sitio para abandonar sus restos. 

 Desde la perspectiva de la víctima, a esas alturas un acto de caridad o empatía resultaría una extravagancia impertinente, hipócrita, en todo un acto de mal gusto; pero tú, en cambio, puedes notar que desde mi situación y la tuya, es un homicidio digno y sensible, sin desprecio ni ira en su proceder, sólo algo necesario en relación que tenemos tú y yo. No se trata de humillarlo, no hay una ofensa que saldar a través de una vendetta contra él y el resto de la humanidad. Todo ese proceso de muerte tienes que verlo, te lo obliga tu pulsión perniciosa donde converge tu gusto por el poder y la dominación proyectados a través de mí, en una extraña fantasía que tú mismo inventaste, y así admiras la técnica con la que entretengo a cada invitado, la frialdad de mis movimientos, antes y al momento de drenarlos pero siempre manteniendo un tacto especial en la forma en que los trato. Sé que de algún modo también te fascina el cómo puedes sentir celos por doble partida, por un lado tienes el anhelo de ser yo para poder jugar con tus invitados, del mismo modo en que siempre lo hago; desearías poder hacer todo ello mientras bebes y hablas de cosas superfluas. También lo envidias a él, porque no puedo tratarte del mismo modo en que lo trato a él, y sólo te resta entretenerte al imaginar que con una mirada estarás saciando tu pulsión de muerte.    

En medio de mis meditaciones, surge el indicio del arribo de una nueva presencia, lo delatan sus pasos, cada vez los percibo más claros. Luego, un breve silencio que se rompe con el sonido del timbre desde la entrada. Ahí está, sin saber de ti mientras espera de pie frente al umbral. En un momento lo invitaré a estar aquí dentro. Ya verás, sólo espera.