Es lo Cotidiano

¿Tachas?

Suele ser difícil separar al Lowry real del Lowry mítico, ya que él mismo se esmeró en borrar la diferencia. Se creó un pasado romántico y, como el viejo marino, pareció tener la capacidad de convencer a todos sobre los que fijaba sus brillantes ojos azules de que las leyendas que se tejían alrededor de sus experiencias eran verdaderas. De hecho, hay una nota de autoconvicción incluso en sus declaraciones más exageradas. Por ejemplo, cuando se refiere en Ultramarina a su héroe autobiográfico, Dana Hilliot, como “a un niño pequeño perseguido por las furias”, se puede reconocer su sensación de haber sido elegido por los dioses de su propia invención para recibir castigos crueles, tema recurrente en su poesía y en su ficción y que se confirmó por muchas experiencias dolorosas.

Tal vez nunca creció y lo notable es que el pequeño perseguido sin tregua por agentes del destino vengativo, sobreviviera hasta llegar a cerca de los 48 años. En realidad, huyó de sus primeros años, tratando de refugiarse de sus terrores personales en el mundo imaginativo de la literatura romántica y en la condición irreal del olvido a través del alcohol. Empezó a beber a los 15 años y a los 17 se escapó al mar, pero le fue imposible liberarse de lo que llamó “la tiranía del yo”. A los 24 se marchó al exilio, comenzando así un viaje que lo condujo a innumerables bares de mala muerte, a dos matrimonios inestables y a entrar y a salir de cárceles e instituciones para enfermos mentales en tres continentes. Todo lo consiguió. La huida incesante significó también un interminable camino de dolor y placer donde las imágenes y las palabras sirvieron para transformar todo en arte por medio del lenguaje.

El dolor y el terror abarcaron muchos miedos dominantes: el medio a las mujeres y a que lo rechazaran, al sexo y al peligro de contraer sífilis, el miedo a la autoridad y sobre todo el miedo a la policía, a que lo espiaran y el miedo a ser denunciado como plagiario. Algunas de las imágenes más elocuentes para expresar estos dolorosos miedos surgen de otras obsesiones más intelectuales. Le obsesionaban la leyenda de Fausto, el cine expresionista alemán, los espejos y la magia, las ideas metafísicas sobre el tiempo y la naturaleza inventiva de la vida humana. Pero quizá su obsesión más dominante tomó la forma de una crisis de identidad de tales proporciones que, según Conrad Aiken, su mentor, su única manera de sentir que existía fue adoptar la identidad de otros escritores y vivir en palabras de Aiken, “entre comillas”.

Esta sensación de carecer de identidad propia lo condujo sin duda a “apropiarse” de otros escritores: Melville, Conrad, Eugene O’Neill, Nordahl Grieg y más que nadie el propio Aiken. Pero llegó también a identificarse, en gran medida, con sus propios personajes, con Dana Hilliot de Ultramarina, con Bill Plantagenet de Lunar Caustic y sobre todo con Geoffrey Firmin de Bajo el volcán. Al crear estos personajes creó Lowry para sí una serie de alter egos aparentemente condenados, como el Judío Errante, a vagar sin rumbo por territorios hostiles y desconocidos: por el interior lunático del pabellón psiquiátrico, por el paisaje infernal de México, por el jardín del Edén del que su expulsión es inevitable. Y este elegido inframundo del yo se convierte, a su vez, en una prisión y un purgatorio del que no se puede escapar y donde queda condenado a morir. Es como si las confesiones que se arranca a sí mismo nos brindaran la poesía y la ficción que hoy son su epitafio. Es esta la imagen que percibimos de él en Bajo el volcán, como si llegara desde la tumba, en una carta del Cónsul Geoffrey Firmin a su esposa, descubierta un año después de su muerte: “Es así como a veces pienso en mí mismo, como un gran explorador que descubre un lugar extraordinario del que ya nunca puede regresar para darle el mundo su conocimiento, pero el nombre de ese lugar es Infierno”. Esto representa a su vez el inframundo del poeta Orfeo, el mundo de pesadilla expresionista del doctor Caligari y la visión apocalíptica del condenado doctor Fausto. Se oyen también aquí ecos de los mundos sombríos ficticios y amenazantes de Kafka: los interiores desorientadores del imperio burocrático, donde el individuo se enfrenta solo a la atroz incertidumbre de los poderes arbitrarios.

Gordon Bowker