miércoles. 08.02.2023
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El vestido

Estrella Méndez M.

Lo vio por primera vez, cuando recién cumplió sus dieciséis primaveras de existencia. Fue en una mañana como cualquier otra, de camino a la casa después de sus clases, pensando con hambre en el almuerzo que seguro ya le esperaba en la mesa de su comedor. Su mirada divagó por las vitrinas de las tiendas de esa gran avenida. En uno de esos ventanales, estaba un maniquí, luciendo muy coqueto -pero seguramente sin darle la belleza que en ella sí tendría- un vestido amarillo. Pero no era cualquier vestido, no era ni de noche  ni de coctel, y aunque sólo poniéndole unos cuantos accesorios podría usarse adecuadamente, tampoco era un vestido de verano, de esos que ya todo mundo tenía como otros veinte en el closet. No, ese vestido era único, al menos a los ojos de Natalia. Ése era SU vestido, el que la haría lucir bella, aún cuando se sintiera mal. Era el  vestido con el que conquistaría a su futuro marido e impresionaría a sus futuros suegros en las fiestas navideñas. En pocas palabras, ese vestido era su futuro y su cordura.

Posiblemente estuvo de pie, frente al escaparate, durante una hora entera antes de reaccionar y entrar a la tienda para buscar conseguirlo. Grande fue su desilusión al toparse con que ya sólo tenían tres iguales y ninguno era de su talla, pero ante la promesa de que al día siguiente posiblemente tendrían más, se apuró de vuelta a su casa para contarle a su madre tal descubrimiento.

Al día siguiente volvió a la tienda y luego al siguiente y al siguiente, así durante semanas, que luego se volvieron meses y no llegaba su vestido amarillo. Hasta que un día, incluso el maniquí desapareció, junto con la tienda que cerró sus puertas. Natalia quedó destrozada. Sólo pensaba en localizar su vestido. Cayó en una depresión que preocupó a todos los que la conocían. Finalmente, casi un año después, logró volver a ser ella misma y seguir su vida. Pero sin que nadie lo supiera, seguía atenta, esperando volver a encontrar su vestido.

Los años pasaron, la vida siguió, las primaveras fueron y vinieron, a veces lentas y otras demasiado rápidas. Viajó, vivió, conoció otros lugares, otras costumbres y el deseo por su vestido se fue quedando cada vez más lejano.

Iba a cumplir treinta años esa mañana de abril y salió a pasear, buscando por las tiendas algo que darse de regalo a sí misma. Se detuvo de pronto, cuando sus ojos captaron la visión de un hermoso vestido amarillo, SU vestido amarillo.  Aquél vestido que era su futuro y su cordura, aquél que le abriría las puertas en su nuevo trabajo, que le ayudaría a conquistar al hombre de sus sueños, aquél…

No escuchó el grito de las personas que intentaron detenerla cuando, como sonámbula, comenzó a cruzar la calle mirando fijamente el vestido en la ventana de la tienda, ni sintió la sombra de las manos que intentaron alcanzarla para alejarla del paso arrollador del camión. Natalia sólo tuvo ojos para SU vestido amarillo, aquél que no pudo ser suyo ni lo sería ya jamás.

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