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Visita de Eros II (Ribetes y destellos)

Tanya González Frausto

Visita de Eros II (Ribetes y destellos)

Es curioso cómo cuando ves algo siempre del mismo tono semioscuro, ese algo empieza a destellar, como si se negara a permanecer gris ante los ojos.

Anoche te mandé llamar. ¿O es que más bien ya estabas aquí?

Me invitaste a una de tus tertulias. Había un gran número de personas dentro de aquel espacio oscuro, construido con piedras muy viejas y ensambladas sin nada entre sí. Se sentía mucho frío. Había mesas de madera redondas, hechas con tablas de colores grises irregulares, pero no había nada encima de ellas. Se reunían en grupos alrededor de aquellas mesas y la luz ribeteaba las cabezas, organizándose desniveles de estos ribetes dentro de la habitación. Lo demás era negro, sólo se distinguían las piedras del muro por los costados. Yo mantenía una conversación hipócrita con quienes estaban junto a mí, ni siquiera recuerdo quienes eran.

Como no iba a perder el tiempo manteniendo ese histrionismo, me moví hacia donde estaban aquellas cabezas más arriba. Yo sabía que estabas ahí. Pero como pensaba que la hipocresía y las palabras vacías serían más interesantes, te ignoraba. No pude hacerlo más. Cuando me dirigía hacia esas cabezas en lo alto de la sala giré la mía hacia la izquierda. Ya no pude continuar. El ribete se hizo dorado. Eras tú. Vestías todo de negro, en aquel negro espacio, pero el destello me distrajo más. Entonces cambié la dirección. Verte solo dentro de aquel salón habitado por grupos, no sé si me pareció una lástima o una deliciosa oportunidad. Estabas solo, en un extremo de la mesa redonda, al centro de la sala, con un brazo extendido sobre la mesa.

Pero parecías gozarlo. Sabías que lejos de sentirte apartado, te sentías el centro de atención aunque nadie te hiciera caso en ese momento. La mía la conseguiste hace tiempo, y quiero decir "la conseguiste" porque realmente no me interesaba que la tuvieras. Cuando iba caminando hacia ti me mirabas seductoramente, con una sonrisa de sabiduría ególatra. Mas no duró mucho tiempo. Yo sabía que eras frágil de todas maneras. Así que una vez frente a ti, súbitamente te regalé mis brazos. Y fue cuando bajaste la mirada. A los dos nos cubrió la oscuridad de nuestros párpados y nuestro propio calor. Sólo quisimos permanecer así. Cuando abrí los ojos, ahora sí, todos nos miraban. La hipocresía se fugó por un momento e irrumpió el desconcierto.

Ya no podíamos estar ahí. Subimos una escalera de piedra que debió haber tenido otro uso, ya que era estrecha y corta. Salimos por un hueco que había en el techo. Encontramos fuera a mucha gente, pero sabíamos que no queríamos estar con esas personas en esos momentos. Caminábamos. Iba con nosotros uno de tus empleados, lo cual me pareció muy extraño de tu parte. Atravesamos un corredor estrecho en el pretil de un edificio viejo, y llegamos a una especie de frontón de cantera destruido que tenía una puerta en el centro. Detrás únicamente se veía un pirul; sin embargo, la puerta no estaba en tan mal estado. Me parecía increíble que pudiera haber algo más ahí detrás. Y cuando me invitaste a pasar vi uno de los más hermosos jardines que he visto. Con agua, con bugambilias y muchas esculturas. Cerraste la puerta. Ya sólo se escuchaba tu voz. Ahora sí, todo estaba camuflajeado. Ya nadie nos interrumpiría.

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